Cine y series

En el camino

David Pablos

2025



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La carretera mexicana se convierte en el escenario de una masculinidad en crisis dentro de la obra que David Pablos ha presentado en Venecia, un relato que se aleja de los convencionalismos del cine de carretera para adentrarse en la psicología de dos hombres atrapados por su propio aislamiento. Pablos, cuya filmografía previa con títulos como 'El baile de los 41' ya apuntaba su fascinación por los espacios donde el deseo se enfrenta a estructuras rígidas, construye en este largometraje un retrato de la soledad y el riesgo en el norte del país. La historia sigue a Veneno, un joven que comercializa su sexualidad en paradores de camioneros, y a Muñeco, un conductor de larga distancia que acepta llevarlo a bordo, iniciando una travesía donde el peligro y la intimidad avanzan en paralelo. El filme se desarrolla dentro de la dureza de unos caminos secundarios donde la camaradería entre conductores apenas disimula un trasfondo de violencia latente, un territorio hostil que el director filma con una mirada cruda y sin concesiones.

La dinámica entre los protagonistas se establece desde el primer instante como un intercambio de necesidades, una transacción que evoluciona hacia un vínculo más complejo a medida que la carretera se convierte en su único refugio. Veneno, interpretado por Víctor Prieto, camina sobre la cuerda floja de la supervivencia, utilizando su atractivo para conseguir favores y droga para financiar su huida. Muñeco, al que da vida Osvaldo Sánchez, oculta su vulnerabilidad detrás de una coraza de silencio y experiencia. El director construye la progresión de su relación a través de los pequeños detalles que surgen durante la conducción nocturna, como las conversaciones fragmentadas sobre las familias que dejaron atrás o los acuerdos tácitos para compartir el botín de las bolsas de cocaína que transportan. Sin embargo, el pasado de Veneno, revelado en destellos de una estética onírica que contrasta con el naturalismo del presente, introduce una amenaza creciente que pone en peligro cualquier ilusión de estabilidad. La decisión de Pablos de intercalar estos recuerdos estilizados, donde el neón y la cámara lenta dibujan una realidad paralela de esclavitud sexual y poder, añade una capa de tensión que redefine el carácter de su personaje principal.

La película se convierte así en un análisis de las normas de género que rigen el ambiente de los traileros, un entorno donde la hipermasculinidad se impone como un lenguaje común y la homosexualidad se oculta en encuentros furtivos. La relación entre Veneno y Muñeco desafía estas convenciones desde una perspectiva que evita el optimismo fácil, mostrando cómo el miedo a ser descubierto o rechazado condiciona cada uno de sus actos. Pablos aborda la masculinidad hegemónica como un sistema de opresión que afecta a ambos personajes de maneras distintas. Veneno ha aprendido a usar su sexualidad como moneda de cambio en un mundo que lo cosifica, mientras Muñeco se debate entre el deseo y la culpa que siente hacia su familia. Este choque entre la identidad y el entorno social se manifiesta en las escenas de sexo, filmadas sin pudor y como una prolongación natural de su comunicación, donde los juegos de poder y la necesidad de afecto se entremezclan en un equilibrio inestable. La denuncia del machismo no se queda en la superficie, sino que se adentra en las contradicciones de unos personajes que perpetúan la violencia a la vez que la sufren.

La puesta en escena opta por una fotografía que acentúa el contraste entre los espacios cerrados de los camiones y la inmensidad del desierto, una geografía que refleja el aislamiento emocional de sus habitantes. Ximena Amann captura el polvo y las luces de los bares de carretera como parte de un paisaje que parece devorar a quienes lo atraviesan, mientras la música de Andrea Balency se emplea con parsimonia para subrayar la tensión en lugar de aliviarla. La elección de actores no profesionales para algunos papeles secundarios aporta una capa adicional de realismo a un relato que, por momentos, se acerca al documental en su descripción de las rutinas de los camioneros. No obstante, el director comete algunos excesos en la inclusión de los flashbacks, que, aunque visualmente atractivos, interrumpen la fluidez de la narración principal y restan fuerza a la evolución de los protagonistas. A pesar de estos deslices, el filme mantiene una coherencia en su tratamiento de la sordidez, evitando caer en el regodeo gratuito para centrarse en la construcción de sus dos figuras centrales.

La obra de Pablos se inscribe en una tradición de cineastas mexicanos que han utilizado la violencia y la marginación como prismas para retratar la realidad del país, aunque se distancia de ellos al poner el foco en la dimensión afectiva de sus personajes. El desenlace, que recupera la imagen del principio con una amenaza inminente, refuerza la idea de que la espiral de destrucción que envuelve a los protagonistas solo puede detenerse mediante la asunción de las propias responsabilidades. La película plantea un camino de redención que no se resuelve en un final feliz; la posibilidad de un cambio se antoja tan lejana como el horizonte que recorren Veneno y Muñeco. Su visión de la masculinidad como una prisión impuesta por el entorno encuentra en la ruta un espacio de libertad efímera, donde los códigos pueden reescribirse antes de que la realidad los devuelva a su lugar. En este sentido, el trabajo de Pablos resulta un testimonio valiente de unas vidas que transcurren al margen, sin artificios ni moralinas.

Crítica elaborada por Emma Castillo

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