El cine francés ha demostrado en repetidas ocasiones su habilidad para transitar por el género de la comedia dramática con un equilibrio que pocas cinematografías logran. Anthony Marciano, responsable de títulos como 'Play' y 'Los niños', se adentra ahora en el territorio del cine deportivo con 'El sueño americano', una producción que Gaumont distribuye a partir del 18 de febrero y que se presenta como una de las apuestas más interesantes de la temporada. La cinta, que se inspira en la trayectoria real de Bouna Ndiaye y Jérémy Medjana, se aparta deliberadamente de los convencionalismos del género para ofrecer un retrato más contenido de la obsesión y el sacrificio. Marciano, conocido por su querencia hacia las estructuras narrativas poco convencionales, abandona aquí los artificios formales que caracterizaron su trabajo anterior y apuesta por un relato lineal donde el pulso narrativo se sostiene exclusivamente sobre la química entre sus dos intérpretes principales. Este cambio de registro, sin embargo, mantiene cierta continuidad con sus preocupaciones temáticas recurrentes: la amistad como motor existencial y la frontera, siempre difusa, entre el deseo y su materialización.
Bouna y Jérémy, encarnados por Jean-Pascal Zadi y Raphaël Quenard, constituyen un tándem que la cinta presenta con una economía narrativa que roza lo radical. El primer encuentro en una cancha de baloncesto al aire libre basta para sellar un pacto profesional que ninguno de los dos había planeado, una decisión que la película asume sin concesiones a la verosimilitud psicológica. El espectador asiste perplejo a la transformación de un limpiador del aeropuerto de Orly y un dependiente de videoclub en Amiens en aspirantes a agentes de la NBA, una metamorfosis que Marciano despacha en apenas diez minutos de metraje. Esta precipitación inicial, que podría interpretarse como un defecto de construcción, funciona sin embargo como un manifiesto: la película se desentiende de los orígenes y de las motivaciones profundas para centrarse en el proceso, en la mecánica del ascenso, en la engrasada maquinaria del esfuerzo sostenido. Quien busque un estudio de personajes al modo del cine de autor europeo se encontrará con dos figuras deliberadamente esquemáticas, cuyas personalidades opuestas pero complementarias se revelan únicamente a través de su interacción profesional y los reveses que el destino coloca en su camino.
La pareja protagonista recorre la geografía francesa en busca de talentos que puedan abrirles las puertas de la NBA, y Marciano convierte este peregrinaje en una especie de vía crucis empresarial donde cada fracaso fortalece el vínculo entre los dos socios. El guion, que evita los subrayados emocionales, prefiere mostrar la acumulación de deudas, los rechazos de las familias de los jugadores y las negociaciones fallidas como parte de un aprendizaje que ambos personajes asumen con estoicismo, especialmente Bouna, cuyo optimismo inquebrantable y su repertorio de proverbios improvisados funcionan como contrapeso al escepticismo de Jérémy. La película encuentra su centro de gravedad en esta dialéctica entre la fe y la prudencia, pero sin conceder nunca el triunfo definitivo a ninguna de las dos posturas. Esta ambivalencia se extiende al tratamiento del mundo del baloncesto profesional, que aparece retratado con una mezcla de fascinación y desencanto que recuerda a ciertas obras de Frederick Wiseman sobre instituciones cerradas. Las secuencias que muestran los entresijos de la draft, las negociaciones en los vestíbulos de los hoteles y las llamadas telefónicas que deciden el futuro de los jugadores poseen un valor casi documental que contrasta con la puesta en escena, más estilizada, de los momentos de juego.
Las implicaciones sociales de esta historia, aunque la película nunca las explicite, resultan difíciles de ignorar para cualquier espectador atento. El hecho de que dos hombres sin recursos económicos, sin contactos en el sector y con un dominio del inglés que la propia cinta califica de "aproximado" logren imponerse en un entorno tan cerrado como el de los agentes deportivos plantea asuntos incómodos sobre el funcionamiento real del mercado laboral. Marciano sugiere que el desconocimiento de las reglas puede convertirse en ventaja cuando se combina con una audacia que roza la inconsciencia, una idea que la película desarrolla a través de la insistencia de los protagonistas en contactar con figuras como Tony Parker en una etapa temprana de su carrera. Esta estrategia narrativa, sin embargo, acarrea sus propios problemas de credibilidad, y la cinta oscila a menudo entre el realismo de las situaciones económicas (los descubiertos bancarios, los desplazamientos en coche destartalado) y el relato de superación personal que tiende a simplificar la complejidad de los procesos institucionales. La tensión entre ambos registros constituye quizá el logro más notable de Marciano, que consigue mantener un equilibrio inestable durante la mayor parte del metraje.
Zadi y Quenard, que ya compartieron pantalla en 'Pourquoi tu souris?', se convierten en el principal sostén de una estructura que, vista en perspectiva, adolece de cierta irregularidad en su desarrollo. La cámara de Marciano capta su complicidad, que trasciende la mera interpretación, sin necesidad de primeros planos enfáticos. Las secuencias en las que los dos actores repiten sus argumentarios de venta en el interior del coche, o aquellas en las que se enfrentan a las negativas de los jugadores, revelan una sincronía que sostiene el relato incluso en sus momentos más predecibles. Los personajes secundarios, especialmente los femeninos, permanecen en cambio en un segundo plano que roza la caricatura, un aspecto que la crítica ha señalado como uno de los puntos débiles de la propuesta. La banda sonora, que recurre con acierto a temas de The Game, Amerie o The Roots, refuerza la ambientación de principios de los dos mil y sitúa la acción en un contexto cultural que los amantes del hip hop de esa época sabrán apreciar.
Marciano opta por una sobriedad que algunos podrían calificar de excesiva, especialmente si se compara con la exuberancia formal de sus trabajos precedentes. El realizador apuesta por un estilo visual funcional, sin alardes técnicos, donde el encuadre se pone al servicio exclusivo de los actores y de la progresión narrativa. Esta elección, que podría interpretarse como una muestra de modestia, revela sin embargo una confianza absoluta en el material de partida y en la capacidad de los intérpretes para sostener la atención del espectador durante las dos horas de duración. La película evita así los peligros del exceso de estilo, tan común en el cine deportivo, pero paga el precio de una cierta falta de personalidad visual que impide distinguirla de otras producciones francesas de similar factura. A pesar de estas limitaciones, el conjunto funciona con una eficacia que merece ser destacada, y la cinta consigue interesar tanto a los aficionados al baloncesto, que reconocerán los nombres de Batum, Gobert o Wembanyama, como a aquellos que se acercan al género sin conocimientos previos. Y lo hace sin renunciar a la ambivalencia que atraviesa todo el metraje, dejando claro que el verdadero pulso de la historia se juega en la complicidad de sus protagonistas y en la tensión entre la fe y la prudencia, una dialéctica que Marciano maneja con oficio hasta el último minuto.
Crítica elaborada por Estela Schiaffino
