El rugido de un motor y el golpe metálico contra la carrocería abren una noche de neón y violencia en el Detroit de 1977. Así arranca 'Motor City', lo nuevo de Potsy Ponciroli, que ya dejó muestras de su oficio en el western 'Old Henry'. Con guion de Chad St. John, la cinta llega a las salas españolas con un planteamiento que mezcla lo clásico y lo experimental. La apuesta más arriesgada y definitoria consiste en reducir el diálogo a frases sueltas, de modo que la imagen, el sonido y la música se convierten en los principales soportes narrativos. Este enfoque, que en manos de otro podría ser un mero alarde, impregna cada fotograma y exige del espectador que complete los vacíos verbales con la información que le aporta la puesta en escena, convirtiendo la mirada en un ejercicio activo de desciframiento, lejos de una recepción pasiva.
La trama gira en torno a la venganza de John Miller (Alan Ritchson), un obrero al que el gánster Reynolds (Ben Foster) incrimina. La estructura temporal rompe la linealidad para que Ponciroli dosifique la información: primero muestra el violento desenlace que aguarda a Miller y luego retrocede para explicar los motivos de su condena y el origen del conflicto. Este recurso, en lugar de confundir, enriquece un relato que bebe de las fuentes más arcaicas del cine de venganza. El conflicto central se presenta como una pugna de poder y masculinidad tóxica, con la posesión de Sophia (Shailene Woodley) como trofeo disputado. Reynolds, un narcotraficante de gusto estético tan desmedido como su crueldad, incrimina a Miller y le arrebata a su novia, con lo que sienta las bases para un ajuste de cuentas que resulta inevitable desde el primer instante.
El reparto asume el reto de comunicar sin palabras con resultados dispares. Alan Ritchson, como Miller, prescinde de la verborrea y emplea su imponente físico como principal recurso expresivo. Su interpretación se basa en una intensidad contenida que estalla en las escenas de acción, donde su personaje se vuelve una fuerza imparable. Ben Foster, por su parte, compone un villano que se complace en su propia maldad, un narcotraficante con un toque excéntrico que lo hace odioso y fascinante a la vez. Shailene Woodley, en cambio, queda relegada al rol de novia, un personaje que oscila entre la femme fatale y la víctima sin alcanzar la complejidad que el resto del reparto sí consigue. Su ambigüedad, que en otro contexto podría resultar interesante, aquí deriva en una inconsistencia que lastra la comprensión de sus motivaciones, pues su silencio resulta insuficiente para ocultar un arquetipo demasiado trillado. La química entre los actores se resiente por la ausencia de un intercambio verbal que hubiera podido matizar sus relaciones.
Ponciroli, consciente de las limitaciones de su propuesta, convierte el silencio en una ventaja. La banda sonora y el diseño de sonido adquieren un protagonismo absoluto, sustituyen los diálogos para transmitir emociones y hacer avanzar la trama. La selección musical, que abarca desde Fleetwood Mac hasta David Bowie, funciona casi como un narrador adicional, subraya la tensión en las escenas o crea ironía dramática. Este acierto, junto a una fotografía que capta a la perfección la decadencia de una ciudad industrial, dota a la cinta de una personalidad estética muy definida. Pero ese vigor se desvanece en el tramo final, cuando las canciones dejan paso a una partitura orquestal más convencional. Este cambio de registro supone una merma en la energía y en la atmósfera particular que la película había construido, y el desenlace, aunque violento, pierde parte del encanto y la originalidad que lo habían caracterizado.
Las escenas de acción constituyen el principal reclamo de 'Motor City' y, en general, cumplen su cometido. La coreografía de las peleas, en especial el combate a cuchillo en un ascensor entre Ritchson y Pablo Schreiber, destaca por su crudeza y su puesta en escena claustrofóbica. La violencia se muestra sin concesiones, con una dureza que remite al cine de serie B de los setenta, aunque ejecutada con una técnica impecable. Sin embargo, el clímax final entre Miller y Reynolds, que se traslada décadas hacia el futuro, resulta abrupto y desconectado del tono imperante hasta entonces. Este epílogo parece un añadido innecesario que rompe el ritmo y la coherencia narrativa, y deja la sensación de que la cinta se alarga más de la cuenta, a pesar de que su metraje se queda corto de las dos horas. La necesidad de atar todos los cabos con un broche de oro se convierte en un lastre para una historia que funcionaba mejor en su estado más primario y salvaje.
Con todo, 'Motor City' se sostiene sobre una premisa audaz y logra mantener el interés durante gran parte de su metraje gracias a su cuidada estética y a un ritmo narrativo bien medido. Su principal fallo reside en fracasar en el equilibrio entre su ambiciosa idea y la necesidad de contar una historia emocionante, lo que deriva en un desenlace convencional que traiciona la esencia de su planteamiento. La cinta sirve como escaparate para Alan Ritchson, confirma sus dotes como estrella de acción, y demuestra la capacidad de Ponciroli para manejar un relato con un lenguaje innovador. Pero la apuesta por el silencio, aunque valiente, acaba por evidenciar las debilidades de un guion que se apoya demasiado en arquetipos y que, en su empeño por ser diferente, olvida dotar a sus personajes de la complejidad que su propuesta exigía.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
