La adaptación cinematográfica de la novela homónima que Nick Tosches publicó en 2002 llega a las pantallas bajo la batuta de Julian Schnabel, artista plástico convertido en cineasta que ha dedicado buena parte de su carrera a retratar las obsesiones creativas de figuras como Jean-Michel Basquiat, Reinaldo Arenas o Vincent van Gogh. Este nuevo proyecto, que Netflix estrena después de su paso por el Festival de Venecia, supone un giro hacia territorio pantanoso donde el director neoyorquino intenta amalgamar el relato de gángsters con una reflexión sobre la creación literaria, la reencarnación y el poder redentor del arte. La película plantea una estructura dual que alterna dos líneas temporales separadas por siete siglos: la primera, rodada en blanco y negro, sitúa al escritor Nick Tosches en el Nueva York del año 2001, contratado por el mafioso Joe Black para autentificar un manuscrito original de 'La Divina Comedia' que supuestamente ha aparecido en el Vaticano; la segunda, en color, sigue los pasos de Dante Alighieri en la Florencia del siglo XIV mientras compone su obra cumbre y lidia con el exilio político y un matrimonio carente de amor.
Oscar Isaac asume el doble desafío de encarnar tanto al periodista contemporáneo como al poeta medieval, duplicidad que se extiende a otros intérpretes del reparto. Gal Gadot interpreta a Giulietta, la asistente y posterior amante de Tosches, y a Gemma, la esposa de Dante; Gerard Butler aparece como el despiadado sicario Louie en el presente y como el Papa Bonifacio VIII en el pasado; Martin Scorsese, en un cameo extenso, da vida al sabio Isaiah que guía al Dante atribulado durante sus momentos de bloqueo creativo. Esta proliferación de roles compartidos podría sugerir una reflexión sobre la pervivencia de los arquetipos a través del tiempo, pero Schnabel maneja el recurso con tal desorden que la conexión entre las épocas resulta más un capricho formal que una exploración significativa sobre la naturaleza cíclica de la existencia humana. La decisión estética de separar las épocas mediante el uso del blanco y negro para la contemporaneidad y el color para el pasado refuerza la artificialidad del ejercicio, como si el director quisiera subrayar la distancia entre la crudeza del mundo actual y la supuesta vitalidad del pasado, aunque el resultado termina por desdibujar cualquier pretensión de coherencia.
El guion, coescrito por Schnabel junto a Louise Kugelberg, traslada a la pantalla la prosa exuberante y digresiva de Tosches sin lograr domesticar su exceso narrativo. La trama contemporánea funciona como un thriller de baja intensidad donde la autentificación del manuscrito sirve de excusa para un periplo que lleva a los personajes desde Nueva York hasta Palermo, pasando por el Vaticano y París, en una sucesión de localizaciones que el director aprovecha para desplegar su gusto por la composición pictórica. Los asesinatos perpetrados por Louie, ejecutados con una brutalidad que roza lo gratuito, pretenden anclar la historia en el género criminal, pero la violencia se presenta con tal distancia emocional que pierde cualquier capacidad de impacto. La subtrama del Dante histórico, por su parte, se pierde en diálogos de una solemnidad exasperante donde el poeta recibe lecciones de espiritualidad por parte de Isaiah, interpretado por Scorsese con una barba que evoca más a un mago de cuento que a un sabio judío del Medievo. La incorporación de figuras como el rabino Isaiah, que pronuncia sentencias sobre la persecución de los judíos y la necesidad de superar las divisiones religiosas, introduce un componente político que Schnabel maneja con una torpeza que roza la caricatura.
Las interpretaciones navegan entre el esfuerzo contenido y la desmesura absoluta. Isaac despliega su habitual carisma para sostener dos personajes que, pese a compartir rostro, permanecen irremediablemente inconexos: su Dante transmite una melancolía que encaja con la imagen del artista atormentado, pero su Tosches oscila entre la bravuconería callejera y una vulnerabilidad que el guion no termina de justificar. Butler, consciente del tono de la función, opta por una interpretación desaforada que convierte a su sicario en una figura cercana al esperpento, especialmente cuando el personaje revela su afición por robar ropa interior femenina a sus víctimas. Gadot, en cambio, parece perdida entre dos papeles que exigen una profundidad que su registro actoral no alcanza a proporcionar; su Giulietta funciona como mero objeto de deseo del protagonista, mientras que su Gemma queda reducida a un apunte en la biografía del poeta. La presencia de John Malkovich como el capo Joe Black ofrece algunos momentos de ironía contenida, aunque el actor repite los tics de su repertorio habitual sin aportar matices que distingan al personaje.
Schnabel construye su película como un mural donde cada secuencia aspira a la condición de cuadro independiente, pero la falta de cohesión entre ellas convierte el conjunto en un mosaico desordenado. La fotografía de Roman Vasyanov captura con precisión las texturas de cada época, desde la aspereza del Nueva York contemporáneo hasta los paisajes toscanos que sirven de telón de fondo a las andanzas de Dante, pero esta atención al detalle visual no logra ocultar las carencias de un relato que avanza mediante constantes elipsis y saltos temporales que dificultan la comprensión de las motivaciones de los personajes. La banda sonora compuesta por Benjamin Clementine, quien también aparece en pantalla interpretando a un misterioso pianista llamado Mefistófeles, envuelve la acción en atmósferas que pretenden evocar lo sagrado pero resultan excesivamente operísticas, como si el director temiera que el espectador pudiera escapar de la trascendencia que ha querido imprimir a cada fotograma.
La película aborda cuestiones como el papel del artista en la sociedad, la relación entre creación y mercado, o la posibilidad de redención a través del amor, pero lo hace con tal acumulación de referencias literarias y citas de 'La Divina Comedia' que el espectador no iniciado puede sentirse excluido de un diálogo que parece dirigido únicamente a los iniciados. Schnabel demuestra un conocimiento profundo de la obra de Dante, pero su fascinación por el poeta italiano se traduce en una admiración acrítica que impide cualquier aproximación fresca al material original. El tratamiento de la violencia, especialmente en las secuencias donde el sicario Louie elimina a sus objetivos con una indiferencia que roza lo sociopático, plantea interrogantes sobre la banalización del mal que el director no parece dispuesto a explorar más allá de la superficie. La inclusión de la tragedia del 11 de septiembre como telón de fondo de la historia contemporánea añade un elemento de gravedad que Schnabel maneja con una torpeza que raya la insensibilidad, reduciendo el acontecimiento a una simple nota de color en el paisaje neoyorquino que el protagonista contempla sin mayor reacción.
El desenlace, que reúne a los personajes en una Venecia irreconocible donde las reglas de la narración realista se disuelven por completo, confirma la vocación de Schnabel por la grandilocuencia como sustituto de la profundidad. La aparición de Jason Momoa como un mafioso blanco que somete al protagonista a torturas que incluyen el arrancamiento de uñas con los dientes, o la irrupción de un pianista que resulta ser el mismísimo Mefistófeles, llevan la película a un territorio tan alejado de la verosimilitud que resulta difícil tomar en serio cualquier pretensión de significado. Este giro hacia lo fantástico, lejos de enriquecer el relato, evidencia la incapacidad del director para resolver las contradicciones que ha ido acumulando a lo largo de dos horas y media de metraje. El resultado final se asemeja más a un ejercicio de estilo donde el ego del creador ocupa el lugar que debería corresponder al desarrollo de los personajes y la coherencia narrativa.
La recepción de la película en Venecia, donde compitió fuera de concurso, anticipó las divisiones que probablemente acompañarán su estreno en plataformas. Algunos críticos han destacado la audacia de Schnabel para abordar un material tan complejo, mientras que otros han señalado la desconexión entre sus ambiciones y los resultados obtenidos. La decisión de Netflix de distribuir el filme después de un año de espera desde su estreno en el Lido sugiere cierta cautela por parte de la plataforma ante un producto que difícilmente encajará en los parámetros del entretenimiento convencional. La presencia de un elenco repleto de estrellas garantiza un cierto interés inicial, pero la naturaleza críptica del relato y su ritmo errático probablemente limiten su alcance a un público dispuesto a aceptar las rarezas de un cineasta que ha hecho de la desmesura su seña de identidad.
'El manuscrito de Dante' confirma que Julian Schnabel permanece fiel a su visión artística incluso cuando esta se traduce en resultados tan controvertidos como este. El director neoyorquino ha logrado plasmar en la pantalla su particular lectura de la novela de Tosches, pero el tránsito del papel al celuloide evidencia las dificultades de adaptar una obra que ya de por sí desafía las convenciones narrativas tradicionales. La película se sitúa en esa categoría de proyectos donde el riesgo asumido por el creador merece cierto reconocimiento aunque el producto final no termine de funcionar, un territorio donde el fracaso resulta más interesante que muchos éxitos prefabricados. La experiencia de visionado, sin embargo, exige una paciencia que no todos los espectadores estarán dispuestos a conceder ante una película que parece concebida para ser admirada más que comprendida, como si Schnabel hubiera construido un monumento fílmico a la gloria de Dante donde el espectador debe limitarse a contemplar la majestuosidad de la estructura sin preguntarse por su funcionalidad.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
