Cine y series

Chris y Martina El set decisivo

Rebecca Gitlitz

2026



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La pantalla se divide entre el pasado y el presente, entre el blanco inmaculado de la pista y el blanco quirúrgico de las salas de tratamiento. Rebecca Gitlitz construye su documental sobre dos mujeres que llevan décadas habitando el imaginario colectivo, pero que en Chris y Martina: El set decisivo se muestran en una intimidad que el gran público desconocía. La directora, con una trayectoria centrada en el retrato deportivo, opta por una estructura que alterna el metraje de archivo con las conversaciones actuales de las protagonistas, evitando el tono hagiográfico que suele acompañar a este tipo de producciones. El resultado es un trabajo que examina la complejidad de una rivalidad que trascendió lo meramente atlético para convertirse en un fenómeno cultural con implicaciones políticas y sociales de primer orden.

La cinta se abre con Chris Evert sometiéndose a una revisión oncológica, una imagen que rompe con la iconografía de la campeona invencible. Este recurso narrativo establece el eje vertebrador del relato: la enfermedad como campo de batalla contemporáneo, paralelo al césped de Wimbledon o al polvo de ladrillo de Roland Garros. Gitlitz no concede un tratamiento sensacionalista a los diagnósticos de cáncer que ambas padecieron, sino que los integra como parte natural de unas vidas que continuaron su curso. La directora filma a Evert y Navratilova en sus domicilios, en sus rutinas cotidianas, mostrando una normalidad que contrasta con la excepcionalidad de sus trayectorias deportivas. Esta decisión confiere al documental una textura doméstica que humaniza a las figuras legendarias, aunque en ocasiones la cámara se muestra excesivamente deferente con sus sujetos.

El núcleo narrativo de 'Chris y Martina: El set decisivo' reside en la evolución de la relación entre ambas tenistas, desde la amistad inicial hasta la enemistad competitiva y el posterior reencuentro. Gitlitz utiliza las entrevistas actuales para desmontar la mitología construida en torno a su rivalidad, mostrando cómo los medios de comunicación moldearon sus identidades enfrentadas. La americana casta y la checa musculosa, la chica de Florida y la desertora del bloque comunista, la heterosexual y la lesbiana: el documental examina estas dicotomías como construcciones periodísticas que respondían a intereses comerciales y a los prejuicios de la época. Las propias protagonistas reconocen haber interiorizado estas etiquetas, y la directora registra sus reflexiones con una mirada crítica que evita caer en el maniqueísmo. La cinta dedica especial atención al tratamiento que los medios dispensaron a Navratilova por su orientación sexual, comparándolo con la complacencia hacia las parejas sentimentales de Evert.

La dimensión política del documental adquiere relieve en el tratamiento de la deserción de Navratilova. La tenista checoslovaca relata su decisión de solicitar asilo en Estados Unidos, un acto de rebeldía contra un régimen que controlaba todos los aspectos de la vida de sus ciudadanos. Gitlitz filma a la protagonista recordando la soledad del proceso, la incertidumbre sobre el reencuentro con su familia, el peso de una elección que implicaba renunciar a sus raíces. Este relato adquiere una capa adicional de significado al contrastarlo con la experiencia de Evert, que creció en el seno de una familia estadounidense acomodada y nunca tuvo que plantearse su pertenencia nacional. La directora establece así un diálogo entre dos concepciones del éxito y la libertad, dos trayectorias que convergieron en la pista pero partieron de coordenadas vitales radicalmente distintas.

Gitlitz muestra a las protagonistas visionando juntas sus antiguos partidos, una estrategia narrativa que permite desplegar el metraje de archivo sin renunciar a la perspectiva contemporánea. Los comentarios que Evert y Navratilova vierten sobre las imágenes funcionan como una suerte de audición comentada que revela la estratificación de sus recuerdos. La directora registra sus risas, sus incredulidades, sus correcciones mutuas, construyendo una atmósfera de complicidad que desmiente la frialdad que mostraban en la pista. Esta puesta en escena subraya la distancia entre la representación pública y la realidad privada, entre el personaje mediático y la persona. En estos momentos, el documental alcanza su mayor interés, al mostrar a dos mujeres de sesenta años revisando la juventud de sus antagonistas, una operación de memoria que implica tanto reconstrucción como invención.

La estructura temporal del documental plantea, sin embargo, algunos desequilibrios. La primera mitad del metraje se dedica a establecer el contexto histórico y deportivo, con una profusión de datos y fechas que en ocasiones lastra el ritmo narrativo. Gitlitz parece querer satisfacer las expectativas del aficionado al tenis, ofreciendo estadísticas y análisis tácticos que resultarán familiares a los seguidores del deporte. Esta exhaustividad documental contrasta con la mayor libertad formal de la segunda mitad, donde la directora se permite explorar las dinámicas afectivas con más soltura. El documental gana intensidad cuando abandona la crónica estrictamente deportiva para centrarse en las contradicciones personales de sus protagonistas, en los silencios que se instalaron entre ambas durante los años más álgidos de su rivalidad.

La dirección de Gitlitz muestra una preferencia por los planos fijos y las composiciones simétricas, una elección estética que remite a la geometría de la pista de tenis. La cámara observa a las protagonistas desde una distancia respetuosa, sin incurrir en el voyeurismo que a veces caracteriza al documental intimista. Esta contención formal resulta adecuada para un relato que trata de enfermedad y fragilidad, pero también produce cierta frialdad en los momentos que requerirían mayor compromiso. La directora parece más cómoda en el terreno de la observación que en el de la implicación, una distancia que otorga objetividad pero resta calor a los encuentros entre las dos mujeres.

El documental aborda la cuestión de la amistad en el contexto de la competición profesional, un tema que adquiere particular relevancia en el deporte individual. Gitlitz muestra cómo Evert y Navratilova gestionaron la tensión entre su afecto mutuo y su ambición personal, un conflicto que se resolvió mediante la separación estratégica. La directora registra la confesión de Evert sobre su decisión de dejar de jugar dobles con Navratilova, un momento en el que la razón competitiva prevalece sobre el vínculo. Este episodio revela las paradojas de la excelencia deportiva: para alcanzar la cima, las tenistas tuvieron que renunciar a la compañía que les resultaba más valiosa. Gitlitz no juzga esta elección, sino que la presenta como una consecuencia de la lógica del ranking, una lógica que ambas aceptaron y que, con el tiempo, aprendieron a relativizar.

El rol de los entrenadores y preparadores físicos aparece como un factor determinante en la evolución de la rivalidad. La incorporación de Nancy Lieberman al equipo de Navratilova marca un punto de inflexión en la carrera de la checoslovaca, transformando su preparación física y su mentalidad competitiva. Gitlitz muestra cómo esta influencia contribuyó a tensar la relación entre las tenistas, al introducir un elemento de hostilidad que antes no existía. La directora retrata a Lieberman como una figura polarizadora, alguien que inculcó en Navratilova la necesidad de considerar a Evert como enemiga. Este episodio plantea cuestiones sobre el papel de los entrenadores en la construcción de identidades deportivas, sobre cómo las dinámicas de grupo pueden exacerbar las rivalidades individuales.

En su dimensión social, 'Chris y Martina: El set decisivo' examina el papel del tenis femenino en la transformación de los roles de género durante las décadas de los setenta y ochenta. Gitlitz muestra cómo la popularidad de Evert y Navratilova contribuyó a normalizar la presencia de la mujer en el deporte profesional, aunque también evidencia las resistencias que encontraron. La imagen de la tenista como objeto de deseo, la cobertura mediática centrada en su apariencia física, la minusvaloración de sus capacidades atléticas: todos estos elementos aparecen documentados a través del material de archivo y los testimonios de la época. La directora establece un paralelismo entre el trato dispensado a las deportistas y las limitaciones que enfrentaban las mujeres en otros ámbitos profesionales, sugiriendo que el tenis era un campo de batalla más en la lucha por la igualdad.

El documental alcanza su momento más logrado cuando abandona la cronología para detenerse en los gestos mínimos de la amistad recuperada. Las llamadas telefónicas que Evert realizaba a Navratilova durante sus tratamientos, las visitas al hospital, el intercambio de información médica: Gitlitz filma estos episodios con la discreción que merecen, sin estridencias ni subrayados. La directora parece entender que la verdadera historia no reside en las estadísticas de los partidos, sino en estos actos de presencia y cuidado. La cinta se cierra con las dos mujeres declarándose libres de cáncer, un final que podría resultar complaciente pero que la directora maneja con sobriedad, evitando la grandilocuencia que a veces acompaña a estos desenlaces.

Crítica elaborada por Emma Castillo

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