Corría el año 1753 cuando las trece colonias británicas asentadas en la costa este de Norteamérica empezaron a cuestionar la legitimidad de un monarca que gobernaba desde la distancia. Doscientos cincuenta años después, el director Brian Knappenberger y el productor Tom Hanks han querido conmemorar ese despertar colectivo con una serie documental que repasa los albores de Estados Unidos y los conecta con las tensiones políticas del presente. La miniserie, disponible en Netflix desde el 24 de junio, se compone de cinco episodios que transitan desde los prolegómenos de la guerra de independencia hasta la toma de posesión de John Adams, segundo presidente del país, aunque con frecuentes saltos temporales que traen al primer plano imágenes de la lucha por los derechos civiles o del asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. Knappenberger, que ya había abordado la caída de Saigón en 'Turning Point: The Vietnam War', apuesta por un relato que evita el tono triumfalista para mostrar los claroscuros de un proyecto democrático que sigue en construcción.
El hilo conductor de la serie descansa sobre la noción de que el sistema político estadounidense constituye un ensayo, algo sujeto a errores y correcciones, en lugar de un destino manifiesto escrito por manos divinas. Esta perspectiva permite a Knappenberger diseccionar las contradicciones de los padres fundadores sin caer en la hagiografía ni en la condena absoluta. George Washington aparece retratado como un militar ambicioso que medró en el valle del Ohio gracias a intereses inmobiliarios, pero también como el hombre que rechazó la corona que algunos quisieron ofrecerle, sentando así un precedente contra la autocracia. Thomas Jefferson y James Madison son examinados con lupa por su defensa de la libertad mientras poseían esclavos, y el compromiso de los tres quintos, que equiparaba a las personas esclavizadas con fracciones de ser humano para fines de representación política, recibe un tratamiento que subraya su carga de hipocresía fundacional. La serie incluye testimonios de académicos, historiadores y líderes indígenas que matizan la versión tradicional de los hechos, aunque la estructura narrativa se mantiene fiel al relato de los varones blancos propietarios que diseñaron las instituciones del país.
El reparto de voces contemporáneas constituye uno de los aciertos más discutibles del proyecto. Knappenberger ha reunido a figuras de ambos partidos para comentar los acontecimientos del siglo XVIII y proyectarlos sobre la realidad actual. Hillary Clinton analiza las carencias del Colegio Electoral mientras Mike Pence defiende la necesidad de respetar los procesos de certificación de votos, y ambos comparecen junto a Kamala Harris, Nancy Pelosi, Ted Cruz y Rand Paul. Esta amalgama ideológica pretende ofrecer un retrato equilibrado de la política estadounidense, pero el resultado genera cierta incomodidad, porque escuchar a Cruz elogiar a Washington por no ser un político ávido de poder resulta desconcertante cuando se recuerda su alineamiento con la figura presidencial más controvertida de las últimas décadas. De igual modo, Clinton hablando de la importancia del compromiso político adquiere un matiz agridulce para quienes consideran que esa disposición a pactar ha debilitado a su partido. La serie logra así el efecto paradójico de recordar que la polarización actual tiene raíces históricas, pero al mismo tiempo evidencia que la estrategia de neutralidad puede resultar tan irritante como inspiradora.
El tratamiento formal del documental se mueve entre la sobriedad académica y el empaque de producción costosa. Knappenberger recurre a entrevistas con especialistas que desgranan los matices del período, a lecturas dramatizadas de cartas personales de los protagonistas con la voz de Martin Sheen para Washington, y a recreaciones bélicas que evitan el espectáculo gratuito para centrarse en la incertidumbre estratégica de cada batalla. La inclusión de material de archivo de los movimientos por los derechos civiles, las protestas contra la guerra de Vietnam o los disturbios raciales de los años sesenta establece un diálogo visual con el pasado reciente que refuerza la tesis principal de la serie: que cada generación ha tenido que luchar por mantener vivos los ideales de 1776. Sin embargo, esta estructura de espejos temporales funciona mejor cuando conecta episodios concretos, como la relación entre la exclusión de los pueblos indígenas en las negociaciones de independencia y su persistente marginación posterior, que cuando se limita a superponer imágenes sin desarrollar el vínculo causal entre ambos momentos históricos.
El ritmo de los episodios resulta ágil, sobre todo en las entregas iniciales dedicadas a la revuelta colonial y las vicisitudes de la guerra, pero se ralentiza cuando la atención se desplaza hacia los debates constitucionales y el nacimiento del sistema de partidos. Knappenberger concede espacio a la figura de Alexander Hamilton, cuyo talento para diseñar mecanismos financieros y políticos se examina con atención, aunque el documental subraya que el legado del primer secretario del Tesoro contiene tanto luces como sombras, porque su visión centralizadora chocó con los defensores de los estados y sembró las primeras semillas del faccionalismo. La evolución de Washington como personaje constituye el arco más nítido de toda la serie, desde su juventud arrogante y sedienta de reconocimiento hasta su madurez como estadista consciente de que sus actos sentarían precedentes para las generaciones futuras. Los demás padres fundadores aparecen con perfiles menos definidos, y sus contradicciones personales, como la afición de Gouverneur Morris a las mujeres o su pierna de palo, se mencionan con un sentido del detalle que humaniza pero no profundiza en su psicología.
La serie plantea una reflexión constante sobre los límites de la democracia representativa y la fragilidad de las instituciones republicanas. El asalto al Capitolio de 2021 aparece como un recordatorio de que los mecanismos de control y equilibrio diseñados en Filadelfia siguen siendo vulnerables a la voluntad de quienes ocupan el poder, y el testimonio de Mike Pence sobre su decisión de certificar los resultados electorales pese a la presión ejercida por su entonces jefe adquiere una relevancia simbólica que trasciende el mero anecdotario. Los episodios finales abordan el nacimiento de la partidismo tóxico en las mismas salas donde se redactó la Constitución, y la serie sugiere que ese conflicto entre federalistas y antifederalistas contiene las raíces de las disputas actuales, aunque sin establecer una línea recta que simplifique la complejidad histórica. El documental también concede atención a las luchas de las mujeres por el sufragio, que llegaría ciento treinta años después de la declaración de independencia, y al papel de los afroamericanos en la guerra, aunque estos temas ocupan un lugar secundario respecto al protagonismo de los padres fundadores, lo que revela las limitaciones de una aproximación que pretende ser inclusiva pero mantiene su centro de gravedad en la narrativa convencional.
La puesta en escena de las recreaciones históricas busca un equilibrio entre el rigor documental y la fluidez narrativa, con un cuidado especial por los detalles de vestuario y escenarios que evitan el anacronismo. Knappenberger demuestra habilidad para dosificar la información y mantener la atención del espectador mediante un montaje que combina planos detalle de documentos originales con tomas amplias de los campos de batalla, aunque en ocasiones el exceso de testimonios provoca una sensación de saturación que diluye el impacto de las afirmaciones más reveladoras. La elección de narradores anónimos para interpretar a los personajes históricos constituye un acierto porque aleja la serie del star system y refuerza la idea de que la democracia pertenece a la ciudadanía, no a las celebridades, pero la ausencia de rostros reconocibles en los papeles principales contrasta con la abundancia de políticos famosos en el apartado de comentaristas, creando una tensión entre el mensaje igualitario y el reclamo mediático que el propio formato de la serie parece incapaz de resolver.
Crítica elaborada por Estela Schiaffino
