Crónica

Primavera Sound Porto 2026

Jueves

11/06/2026



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Un año más regresamos a nuestro festival favorito de la Península Ibérica, además con una alegría extra, ya que todas las previsiones no solo descartaban la lluvia, sino que anunciaban un tiempo extraordinariamente favorable. Con un cartel de relumbrón, un recinto más que abarcable —al menos en comparación con la edición de su hermano barcelonés— y todas las bondades que ofrece una perfecta visibilidad te coloques donde te coloques en al menos tres de los cuatro escenarios, no cabía duda de que estábamos ante una de esas ediciones que lo tenían absolutamente todo a favor para ser recordadas durante mucho tiempo.

Nuestra jornada comenzó con un Vaiapraia totalmente pletórico. Rodrigo lleva ya muchos años en esto, ofreciendo conciertos de lo más punk, pero siempre manteniendo un lado melódico absolutamente irresistible, y ahora parece que por fin ha llegado el momento del reconocimiento. Acaparando toda la atención sobre el escenario, con su voz gutural y esos momentos de desenfreno que, además, quedan ligados a unas letras de fuerte carga política —aunque nunca panfletaria—, firmó una actuación vibrante y directa. Fue una toma de contacto perfecta con el festival y, además, una manera inmejorable de empezar la jornada sudando desde los primeros compases.

Avanzando hasta el escenario ZYN, The New Eves debutaban en el festival bajo una apariencia de inocencia que poco a poco descubrimos que no era más que una suposición por nuestra parte. El cuarteto se movió en unas coordenadas de pop pastoril, de raíz folclórica y gritos despreocupados, todo ello aderezado por unas cuerdas interpretadas sin ningún tipo de reparo ni contención. La propuesta resultó fresca y jovial durante buena parte de la actuación; sin embargo, fue perdiendo algo de fuelle a medida que avanzaba el concierto y comprobábamos cómo muchos de sus mejores recursos ya habían sido revelados. Aun así, dejaron entrever una personalidad artística lo suficientemente marcada como para despertar la curiosidad de quienes todavía no las conocían.

A estas alturas, Nation of Language está más que capacitado para llevar su propuesta a escenarios gigantes, y lo demostró incluso a plena luz del día. Moviéndose en esa fina línea en la que todo puede sonar retro o completamente vigente dependiendo de cómo se mire, fueron capaces de trasladar la nocturnidad, los neones imaginarios y sus pasos de baile prohibidos a un público que se sabía al dedillo cada una de sus canciones. La química entre Ian Richard y Aidan Noell hizo el resto, reforzando la sensación de que atraviesan uno de los momentos más dulces de su carrera. Su capacidad para conectar con audiencias cada vez más amplias parece no tener techo, y desde luego tienen pegada suficiente para extender esta nueva gira todo lo que quieran.

Con Rusowsky hay poco que decir. Veo el talento, pero me siento mayor. La puesta en escena es la ya habitual: cuatro melenas morenas para la banda y la rubia por delante de Rusowsky. Todos vestidos con gigantescas gafas de sol, rodeados de visuales estrambóticas y acompañados por ese sonido de perreo triste que hizo bailar tímidamente a toda la generación Z que se congregaba frente al escenario. Mucho bby y mucha performance. Todo estaba perfectamente alineado con un imaginario que sus seguidores reconocen al instante. Mientras tanto, 'Malibú' ya juega claramente en la categoría de himno. Biromba, biromba, biromba.

Los estadounidenses de Big Thief aparecieron sin hacer demasiado ruido, con los cuatro integrantes formando un mismo plano visual, eliminando la tradicional figura de frontwoman y relegando la voz de Adrianne Lenker al ala izquierda del escenario. No había visuales, ni escenografía, ni ningún artificio. Nada. Solo un buen puñado de canciones sencillas, cálidas y acogedoras que suenan a viaje por carretera. Una especie de comunión imposible entre Neil Young y Fleetwood Mac. Además, a la banda le concedieron la llamada hora mágica, con el anochecer produciéndose en mitad del concierto, aportando un dinamismo visual que, dada la austeridad de la propuesta escénica, resultaba especialmente necesario. El resultado fue una actuación profundamente intimista, quizá más propia de una sala pequeña que del escenario principal de un macrofestival. Y sí, 'Masterpiece' sigue siendo una auténtica masterpiece.

Lo de Ethel Cain fue, sencillamente, un concierto redondo. El estado de forma en el que se encuentra la artista estadounidense es espectacular, especialmente si tenemos en cuenta su juventud y el hecho de que su techo artístico todavía parece imposible de divisar. Salió con todo desde el primer minuto, disparando 'American Teenager' como carta de presentación. Tras ella, un manto de hojas y decenas de focos apuntando directamente al público contribuían a construir una atmósfera absorbente. Ella, con esa imagen de plañidera contemporánea, proyectaba un caudal de voz capaz de envolverlo absolutamente todo. Desgarradora, luminosa y escapista a partes iguales, parecía bajar a los lugares más profundos para regresar después a la superficie y contarlo. Los seguidores más fieles ocupaban las primeras filas con lágrimas en los ojos, mientras otros muchos disfrutaban del concierto sentados sobre la gran colina verde del escenario Vodafone. Le sentó bien tocar allí. Además, se percibe claramente la influencia y la presencia de muchos de los profesionales que han trabajado junto a Lana Del Rey. Incluso ella parece estar presente de alguna manera, más allá de las pequeñas redecillas personales que puedan existir entre ambas. Sus motivos tendrán.

La vuelta de The xx a los escenarios está siendo un auténtico regalo, y probablemente fue el concierto que más disfruté durante la noche del jueves. El escenario principal se transformó en un espacio completamente monocromático. La icónica cruz gigante flotaba sobre los tres integrantes, mientras la imagen de Romy aparecía proyectada en una gran pantalla a un lado del escenario y la de Oliver en la opuesta. Jamie permanecía detrás, maquinando cada detalle sonoro. El resultado fue un sonido elegante, sofisticado y profundamente sexy. Clásico tras clásico, transmitían esa sensación tan difícil de conseguir de banda plenamente consagrada. Cuando tocaba explorar su faceta más íntima, conseguían que todo el público se sumergiera en la atmósfera. Cuando decidían convertir el recinto en una pista de baile, nadie parecía dispuesto a quedarse quieto. Sobrevolaba además una poderosa sensación de nostalgia, de época Tumblr, de recuerdos compartidos por toda una generación. Demostraron que se puede ser maximalista con muy poco. La única nota discordante fue la decisión de utilizar 'Intro' como tema de despedida, una elección que daba la sensación de funcionar como una golosina de regalo para el público y que, de algún modo, desdibujaba el sentido original con el que fue concebida. Por lo demás, una auténtica delicia.

Cerramos la noche con una Gelli Haha que difícilmente podría haber resultado más divertida. La artista de Los Ángeles desplegó un espectáculo profundamente performativo, disfrutando visiblemente de cada segundo sobre el escenario. Acompañada por coreógrafos y apoyada en una interpretación constante de sus canciones, construyó una propuesta en la que todo parecía formar parte de una peculiar obra de teatro. Lo más interesante es que el espectáculo no se limitaba a acumular ideas extravagantes unas sobre otras. Muy al contrario, cada gesto, cada elemento visual y cada ocurrencia mantenían una correlación directa con las letras que iba interpretando. Al mismo tiempo, la artista alternó con enorme naturalidad influencias que iban desde DEVO hasta la electrónica de pulsión motorik, demostrando que detrás de la aparente locura existe una concepción artística mucho más precisa y calculada de lo que podría parecer a simple vista.


Crónica a cargo de Jorge Rodríguez y Brenda Witt

Jorge R.P.