Último día de una edición que quizá marque un punto de inflexión respecto a todo lo que el festival puede llegar a expandirse. El recinto ha demostrado una gran capacidad para absorber los flujos de público y garantizar la comodidad de los asistentes incluso con el cartel de entradas agotadas. Por eso, queda por comprobar si en el futuro existe margen para seguir creciendo mediante una ampliación física del espacio o si, por el contrario, lo más sensato es dejar que todo continúe funcionando como hasta ahora, preservando unas condiciones de comodidad y una calidad de conciertos que rozan lo óptimo. Por el momento, nosotros lo tenemos claro: si se puede, el año que viene volveremos a repetir.
La jornada arrancó con Aiko el Grupo. El trío cántabro-cordobés, acompañado para la ocasión por Elena, de Shego, a la batería, salió al escenario a las cuatro y media de la tarde bajo un sol abrasador para ofrecer lo que suponía su primer concierto en Portugal. Los más valientes nos refugiamos en las primeras filas; los inteligentes, en cambio, optaron por la sombra junto a las barras. Desde el primer momento se las veía ilusionadas y también algo nerviosas por el estreno. No defraudaron. Mantuvieron intacta esa combinación de euforia y desenfreno a la que nos tienen acostumbrados, acompañada de letras hilarantes, afiladas y tremendamente efectivas. Hubo guitarrazos por todas partes y espacio para presentar nuevos temas de su próximo disco, entre ellos 'Oda a la muerte del amor', canción que ellas mismas definieron como su obra magna. Se percibe claramente una evolución y una madurez cada vez mayor en su forma de escribir y construir canciones. Además, Teresa volvió a demostrar que es una frontwoman espectacular, capaz de sostener el concierto con una naturalidad y un carisma fuera de toda duda.
A continuación llegó el turno de Triángulo de Amor Bizarro, un concierto que parecía concentrar a buena parte del público español veterano presente en el festival. Isa, Rodrigo y Rafael subieron al escenario acompañados por el pianista Joaquín Pascual, colaborador habitual de la banda y responsable, entre otras cosas, de los arreglos de 'El fantasma de la transición'. La gira actual gira en torno a la presentación de 'Mi catedral', un trabajo excelso, repleto de nuevas referencias y matices, que termina de consolidarlos como una banda fundamental dentro de la música española contemporánea. Y la pregunta surge de forma inevitable: ¿es TAB lo más importante que tenemos actualmente en la escena española? Posiblemente sí. El concierto fue claramente de menos a más. Poco a poco, el público fue olvidándose del calor para centrarse únicamente en la música y entregarse al baile. Cuando llegó la traca final de canciones, la sensación era la de estar asistiendo a una banda en plenitud absoluta. Resultaba imposible marcharse de allí sin una sonrisa de satisfacción.
Uno de los momentos más especiales de toda la edición llegó con Criolo, Amaro e Dino. De hecho, y al menos desde un punto de vista estrictamente técnico, probablemente fue el mejor concierto de todo el festival. El proyecto nace de la unión entre el rapero brasileño Criolo, el cantante caboverdiano Dino D'Santiago y el pianista brasileño Amaro Freitas, tres artistas de enorme personalidad que encuentran aquí un espacio común sorprendentemente natural. Desde el rap hasta el jazz, pasando por ritmos zouk y múltiples influencias afroatlánticas, el trío ofreció una actuación poco habitual para un festival de estas características. Hubo espacio para la improvisación, para la emoción y también para la reivindicación. La energía afilada y combativa de Criolo se complementaba de manera magistral con la calidez vocal de Dino y el virtuosismo deslumbrante de Amaro al piano. Además, la formación se completaba con otros cuatro músicos encargados de vientos, teclados y percusiones, aportando todavía más riqueza sonora a una propuesta ya de por sí extraordinaria. El público permaneció conectado de principio a fin. Gustosísimo.
El toque de diva pop del festival lo aportó JADE. Mientras que en la edición de Barcelona este perfil de artista se encontraba mucho más repartido entre nombres como Addison Rae o PinkPantheress, en Portugal toda esa representación parecía recaer sobre sus hombros. Y lo cierto es que defendió el papel notablemente bien. La puesta en escena era bastante escueta, sustentada únicamente por un batería, un músico alternando entre guitarra y teclados y unas visuales más bien discretas. Sobre el papel, aquello podía hacer pensar en un resultado insuficiente, pero terminó ocurriendo justo lo contrario. El concierto tuvo un ambiente muy familiar y, para sorpresa de muchos, no estuvo tan abarrotado como cabría esperar. Había numerosas adolescentes acompañadas por sus padres, bailando y cantando cada canción. Musicalmente, la propuesta combinaba temas pegadizos y divertidos con un pop de claras reminiscencias arianescas, pinceladas de R&B cercanas a RAYE y ciertos momentos de electrónica brillante que remitían a Hannah Diamond. El broche final llegó con 'Angel of My Dreams', el tema que la dio a conocer y que fue recibido como era de esperar: con una auténtica explosión de entusiasmo.
El gran concierto del sábado llevaba el nombre de Massive Attack. Los de Bristol, ya convertidos desde hace tiempo en una institución musical, ofrecieron una actuación tan impactante como incómoda en el mejor de los sentidos. El directo comenzó con una larga introducción audiovisual dedicada a diferentes conflictos bélicos recientes, marcando desde el principio el tono político que atravesaría todo el espectáculo. Durante más de una hora y media, la banda puso banda sonora a un noticiario de un mundo roto. Electrónica, hip-hop, soul, dub y ritmos caribeños se mezclaban en ese cóctel de referencias que les ha permitido construir uno de los lenguajes musicales más personales de las últimas décadas. A lo largo de la actuación fueron apareciendo algunos de los colaboradores históricos del grupo, como Elizabeth Fraser, Horace Andy y Deborah Miller, que se iban repartiendo las canciones del repertorio. Resultaba especialmente impresionante contemplar a Fraser y Miller interpretar estas composiciones con semejante nivel de excelencia y emoción. El concierto terminó prolongándose quince minutos más de lo previsto, algo que nadie pareció lamentar. En líneas generales, fue una de esas actuaciones que consiguen golpearte desde distintos lugares al mismo tiempo: por un lado, las imágenes de crisis humanitarias remueven la conciencia; por otro, una música exquisita y profundamente sofisticada te sacude desde lo emocional.
La nota más curiosa del cierre del festival la protagonizaron MXGPU, el proyecto formado por Moullinex y GPU Panic. Su actuación tuvo lugar dentro de una jaula suspendida en el aire y elevada por una enorme grúa situada frente al escenario Estrella Damm. Al principio, muchos no teníamos demasiado claro qué era exactamente el espectáculo denominado Live Over Porto ni dónde iba a desarrollarse. Sin embargo, en cuanto comenzó a desplegarse toda la infraestructura, entendimos rápidamente qué estaban tramando los portugueses. El despliegue técnico resultaba tan aparatoso como fascinante. Durante los primeros minutos, la altura y el movimiento de la estructura generaban incluso cierta sensación de vértigo. Sin embargo, una vez superada la sorpresa inicial, el espectáculo terminó convirtiéndose en un auténtico disfrute, tanto por la calidad musical del set como por una ejecución visual impecable que sirvió como cierre perfecto para una edición extraordinaria del Primavera Sound Porto.
Crónica a cargo de Jorge Rodríguez y Brenda Witt
