La segunda jornada del festival vino acompañada de un nuevo día de calor constante y de una sucesión de grandes conciertos. Quizá este viernes estaba más marcado que nunca por esos nombres que ya forman parte del ADN del Primavera Sound, artistas que repiten a lo largo de las distintas ediciones pero de los que nunca nos cansamos, consolidando una vez más esa marca tan reconocible y característica que ha definido al festival durante años. Además, el recinto se intuía más concurrido que en ediciones anteriores, aunque seguía manteniendo una de sus grandes virtudes: la comodidad. Sin colas, con espacio suficiente para moverse y una distribución perfectamente asumible, nos dispusimos a recorrer a fondo los cuatro escenarios del festival.
La encargada de abrir nuestra jornada fue Buscabulla. El dúo puertorriqueño debutaba en Europa dejando constancia de por qué se ha convertido en uno de los proyectos que mejor ha sabido refinar sus influencias latinas e integrarlas dentro de un pop ligero, elegante y permanentemente cautivador. Magnéticos sobre el escenario, cercanos y visiblemente agradecidos por la acogida, desplegaron ese carisma que los caracteriza y que hace que todo parezca fluir con absoluta naturalidad. Su actuación tuvo algo de sueño despierto, generando una conexión inmediata con un público que no tardó en dejarse llevar y que incluso se animó a bailar, replicando muchos de los movimientos y gestos que sucedían sobre el escenario. Si esta primera gira europea sirve de indicio, ojalá sea simplemente la primera de muchas visitas futuras.
Poco después llegaba el turno de Mark William Lewis, otro de los artistas que no falló. El británico ofreció un concierto de tintes oscuros y reflexivos, pero también cargado de una energía que quizá no se percibe con tanta claridad en sus grabaciones de estudio. Junto a su banda, nos sumergió en un universo de historias marcadas por el insomnio y la introspección, todo ello interpretado desde una sensibilidad de crooner contemporáneo capaz de acelerar cuando la canción lo requiere y contenerse cuando el momento lo exige. Fue uno de esos conciertos que consiguen generar intimidad incluso a plena luz del día, demostrando además lo bien que es capaz de defender su propuesta en cualquier contexto y sobre cualquier escenario.
A media tarde, en el valle situado bajo la gran cuesta verde del escenario Vodafone, aparecía Noah Lennox, más conocido como Panda Bear, acompañado por una banda de cuatro integrantes. La hora invitaba a la dispersión y daba la sensación de que parte del público estaba pendiente de muchas cosas a la vez, por lo que no nos costó nada alcanzar las “primeras filas”. Y las comillas son importantes, porque este año el festival ha decidido instalar unas barreras VIP en un escenario donde anteriormente no existían, generando una separación entre artista y público que resulta preocupante, especialmente en conciertos de este tipo. En cuanto a la música, el de Baltimore, afincado en Portugal desde hace ya bastante tiempo, siguió fiel a sí mismo: electrónica de aires místicos, texturas psicotrópicas y una sensación constante de estar participando en algún tipo de ritual colectivo. Una propuesta absorbente y personal que, quizás, encuentra un encaje más natural en una sala de aforo reducido que en un escenario de estas dimensiones.
¿Y qué se puede decir de Slowdive que no se haya dicho ya? Pasan los años y los británicos han conseguido algo al alcance de muy pocos grupos: conquistar a varias generaciones diferentes sin perder un ápice de credibilidad. Basta con observar al público para comprobarlo. Ensoñación, guitarras envolventes, ritmos hipnóticos y una sensación permanente de suspensión forman parte de una experiencia que funciona casi como un viaje. Puedes entrar o no entrar en él, pero si lo haces resulta muy difícil querer abandonarlo. Además, tuvimos la suerte de que los programaran en el escenario principal a una hora magnífica, algo que contrastaba claramente con lo ocurrido en la edición de Barcelona. No es sencillo encontrar una banda mítica que conserve semejante estado de forma después de tantos años. Siempre han sabido ir a su aire y, sin duda, esa independencia artística les ha ayudado a mantenerse tan vigentes como respetados. Les quiero muchísimo.
La coincidencia horaria obligaba a elegir entre Black Country, New Road y Viagra Boys, pero nosotros optamos por los primeros. Una vez más quedó patente el enorme cariño que el público portugués siente por ellos. Ya habían pasado por el país el año anterior durante el festival Paredes de Coura y la recepción volvió a ser extraordinaria. También se nota que ellos disfrutan especialmente tocando en Portugal. Sobre el escenario transmiten la sensación de ser un grupo de estudiantes de conservatorio extraordinariamente talentosos, capaces de ejecutar ideas complejas con una naturalidad asombrosa. Sus canciones son largas, cambiantes y llenas de matices instrumentales, con un dinamismo constante que evita cualquier atisbo de monotonía. Sinceramente, no tienen un tema malo. Además, resulta muy interesante observar cómo ha evolucionado su identidad vocal. Mientras que en 'Ants From Up There' la voz masculina actuaba como principal hilo conductor del disco, en su trabajo más reciente, 'Forever Howlong', son las voces femeninas las que asumen el protagonismo y redefinen buena parte de la personalidad del proyecto. Chulísimo.
La presencia masiva de camisetas de Gorillaz desde primera hora de la mañana por todo el recinto y sus alrededores ya anticipaba lo que estaba por venir: un concierto abarrotado y un viernes completamente agotado en cuanto a entradas. La actuación formaba parte de la gira de presentación de 'The Mountain', un disco que ha generado opiniones encontradas y que está profundamente marcado por la espiritualidad y determinadas influencias sonoras hinduistas. Personalmente no pertenezco al grupo de quienes denostan este trabajo, pero sí me parece excesivo que, con una discografía tan rica y extensa como la de Gorillaz, ocho de las diecisiete canciones del repertorio procedieran de este último lanzamiento. Sobre todo porque se percibía claramente cómo el público conectaba y desconectaba del concierto de forma intermitente cuando aparecían esos temas.
Visualmente, la propuesta mantenía la espectacularidad habitual del proyecto. Una enorme pantalla mostraba animaciones y visuales de los miembros virtuales de la banda, mientras bajo ella se desplegaba una nutrida formación de músicos que se veía reforzada constantemente por la entrada y salida de colaboradores invitados. Así, el vocalista de IDLES y Kara Jackson aparecieron para interpretar 'The God of Lying' y 'Orange County', mientras que Yasiin Bey hizo lo propio en 'Stylo' y 'Damascus'. Damon Albarn sigue siendo un artista de talento descomunal, una de esas figuras creativas e insaciables que parecen incapaces de dejar de generar ideas. Sin embargo, si hay algo que ha convertido a Gorillaz en un proyecto verdaderamente único es su extraordinaria capacidad para relacionarse con otros artistas y absorber influencias de cualquier lugar. En esta gira, no obstante, no le estoy viendo tan fino como en otras ocasiones. Lo percibo algo caótico, quizá incluso un poco pasado de revoluciones, como alguien que lleva demasiado tiempo viviendo de vuelta de casi todo.
Crónica a cargo de Jorge Rodríguez y Brenda Witt
