Crónica

Lucrecia Dalt

CentroCentro

11/06/2026



Por -

El ciclo de conciertos LIMO continuaba su interesante trayectoria con Lucrecia Dalt, la artista colombiana que mejor sabe tender puentes entre una música de corte ruidoso y experimental, los textos poéticos y una raíz latina cercana a formas clásicas como el bolero. Con una gran expectación, traducida en un sold out alcanzado meses antes de la cita, caímos rendidos ante un concierto que pareció contener muchos otros en su interior.

Bien secundada en el escenario por Álex Lázaro a la percusión y Cyrus Campbell al contrabajo y bajo eléctrico, la colombiana desplegó junto a ellos un conjunto de atmósferas aguerridas y de grandes contrastes. Los tres músicos evidenciaron una química que nace tanto de su compenetración interpretativa como de una candidez emocional que terminó de redondear la experiencia.

Con una trayectoria tan rica como diversa, Lucrecia Dalt dejó patente las distintas etapas que ha atravesado su carrera hasta el momento, alternando los pasajes más misteriosos y oscuros de la inicial ‘No Death No Danger’ con el derroche de interpretación desnuda a la guitarra clásica de la breve pero certera ‘Amorcito Caradura’. Todo un despliegue de versatilidad estilística que, sin embargo, encuentra una coherencia admirable a través de un entramado de ritmos entrecortados, efectos sonoros y grabaciones ambientales, donde la percusión en directo con elementos inclasificables alcanza un grado de fusión sobresaliente. Un mérito enorme a la hora de jugar con las sensaciones del oyente y desafiar constantemente su percepción de qué está sonando realmente, sin perder nunca de vista esa capa de significado sugestivo que envuelve tanto sus composiciones en castellano como en inglés.

La velada estuvo centrada principalmente en la presentación de su flamante ‘A Danger to Ourselves’, un trabajo que fue desmenuzando para mostrarnos sus costuras y enfatizar el brillo de todas esas texturas sintéticas que emergen a través de las modulaciones vocales, así como los momentos en los que pisa el acelerador de la pedalera para generar mayores dosis de caos. En mitad de todo ello tampoco pasó desapercibida su particular manera de compartir la intimidad mediante imágenes abstractas, pero profundamente reveladoras, como las de ‘Caes’. Contrastes entre narrativas de corte profético y relatos sentimentales revestidos de una oscuridad inusitada. Buen ejemplo de ello fue una ‘Divina’ que sonó especialmente cortante, cargada de una electricidad estática casi palpable gracias a los chirridos de los platos de Álex y la gravedad de la voz de Lucrecia.

Otros momentos destacados llegaron con ‘Agüita con Sal’ y sus percusiones disociativas, revoloteando sobre una base juguetona de efectos casi onomatopéyicos. Todo ello nos devolvía a esas escenas de luz cambiante y a reflexiones relacionadas con la necesidad de medir cuidadosamente cada paso. Sin apenas ser conscientes del tiempo transcurrido, el concierto fue avanzando hacia su resolución con momentos más cercanos al art rock, como sucedió en ‘The Common Reader’. Punteos inquietantes para demostrar cómo la música de Lucrecia suena firme y decidida, pero está construida, paradójicamente, sobre estructuras que parecen levantarse y derrumbarse mil veces dentro de una misma canción.

Tras una ronda de aplausos que seguramente duró más que algunas ovaciones del Festival de Cannes, los tres músicos no optaron por el habitual juego de abandonar y regresar al escenario para los bises. Permanecieron en sus puestos, pacientes, esperando a que remitiera el estruendo para regalarnos ‘No Tiempo’ y ‘Acéphale’, dos interpretaciones con las que culminaron por todo lo alto una actuación sobresaliente. Impecables en todos los aspectos, podemos afirmar que el control de Lucrecia sobre cada uno de los elementos de su propuesta resultó sencillamente fascinante.

Tratando de escribir casi siempre sobre las cosas que me gustan.