El 11 de junio, Lucrecia Dalt ocupará el escenario de CentroCentro con esa caja de herramientas pulida durante veinte años: sintetizadores modulares, pedales de efectos, una voz que sabe volverse susurro o grava. No acudiremos a descifrar un enigma, sino a sentir cómo la música imita la lentitud de un pliegue montañoso o la caída vertical de un socavón. Cada canción funciona como un estrato: se apoya en la anterior, la deforma y la empuja hacia un lugar inesperado. Por eso su concierto en Madrid no es un simple recital. Es una invitación a bajar veinte metros bajo tierra, sentir la humedad en la nuca y descubrir que, allí abajo, el silencio también tiene una textura. Lucrecia Dalt no construye refugios. Construye derrumbes programados, y la belleza está en verlos caer en cámara lenta.
'Disuelta' contiene la pérdida de los bordes. 'Tar' contiene el alquitrán como mañana. 'Edge' contiene el vértigo habitable. 'cosa rara' contiene la rareza como origen. 'no death no danger' contiene la quietud donde el miedo se disuelve. Lucrecia Dalt desplegará estas capas una a una en la terraza del Cibeles. La cita del 11 de junio promete esa corriente que arrastra sin estrépito. Quien asista saldrá con una grieta vertical en la percepción. Y esa grieta, bien mirada, es una forma de plenitud sismográfica.
