El 11 de junio, Lucrecia Dalt ocupará el escenario de CentroCentro con esa caja de herramientas pulida durante veinte años: sintetizadores modulares, pedales de efectos, una voz que sabe volverse susurro o grava. No acudiremos a descifrar un enigma, sino a sentir cómo la música imita la lentitud de un pliegue montañoso o la caída vertical de un socavón. Cada canción funciona como un estrato: se apoya en la anterior, la deforma y la empuja hacia un lugar inesperado.
