El Mad Cool Festival ha cumplido diez años en 2026, y esa cifra redonda ha traído consigo un cartel de primer nivel, pero también una serie de problemas que la organización no ha logrado resolver del todo. El recinto de Iberdrola Music, en Madrid, ha acogido durante cuatro días a un público variado que ha soportado el calor de julio con una paciencia ejemplar. La decisión de reducir el número de escenarios a cinco y de ampliar las zonas de sombra pretendía mejorar la experiencia de los asistentes. Sin embargo, la sombra seguía siendo escasa en muchos puntos, y las largas colas en los aseos y las barras se convirtieron en un quebradero de cabeza cotidiano. La ausencia de cobertura móvil dentro del recinto añadió una capa de dificultad a la hora de localizar a los amigos perdidos entre la multitud. Los solapamientos entre los grandes nombres fueron otra de las quejas recurrentes: cada noche, los asistentes tenían que decidir qué concierto perderse, una sensación que se repetía jornada tras jornada. A pesar de todo, la música ofreció momentos que quedarán grabados en la memoria de los presentes. La aparición sorpresa de Arde Bogotá, la comunión con Nick Cave, el espectáculo visual de Twenty One Pilots y el cierre nostálgico de Pulp fueron algunos de los episodios más destacados. El balance general deja la impresión de que el festival ha crecido en nombre y en convocatoria, pero que necesita ajustar algunos engranajes para que la próxima década comience con mejores prestaciones.
MIÉRCOLES
La primera jornada arrancó con el sol todavía muy alto y con una temperatura que invitaba a buscar refugio en las primeras sombras. Palaye Royale fueron los encargados de abrir el escenario principal, y el trío de Las Vegas no se comportó como una banda de calentamiento. Remington Leith, con su estética punk y su melena bicolor, recorrió el escenario con una energía que contagió a los primeros asistentes. El repertorio, con 'Death or Glory' y 'No Love in LA', sonó a caballo entre el glam rock y la furia de los Stooges, y la banda demostró que domina su caos con precisión. Poco después, las hermanas Villarreal, procedentes de Monterrey, tomaron el relevo en el escenario Region of Madrid. The Warning, que ya habían actuado en el festival dos años antes, regresaron con un sonido más sólido y una seguridad escénica que las ha convertido en una de las bandas de rock alternativo más prometedoras del momento. Daniela Villarreal, pese a confesar que arrastraba un resfriado, no escatimó esfuerzos en 'More' y 'S!CK', y el público respondió con especial entusiasmo cuando sonó 'Qué más quieres', uno de los pocos temas en español de su set. La banda mexicana sonó con una contundencia que sorprendió a quienes no las conocían, y su actuación sirvió para calentar los motores de una noche que prometía ser larga y calurosa.
En el escenario Orange, The Last Dinner Party ofrecieron un espectáculo que combinaba el rock alternativo con una estética teatral muy cuidada. Las cinco londinenses, ataviadas con lazos rojos y vestidos de época, desplegaron un repertorio que incluía 'Agnus Dei' y 'The Feminine Urge', dos canciones que reivindicaban el papel de la mujer en la música con una contundencia que no necesitaba discursos. Abigail Morris saltó de un lado a otro con una energía desbordante, mientras Lizzie Mayland confirmaba su poderío vocal con cada estribillo. La banda, que presentaba su segundo disco 'From The Pyre', convirtió su concierto en una ceremonia veraniega que atrapó a los asistentes desde el primer acorde. Wolf Alice, por su parte, se encargaron de elevar el nivel con un concierto hipnótico. Ellie Rowsell, con su voz capaz de pasar del susurro al grito en cuestión de segundos, lideró a la banda en 'Bloom Baby Bloom' y 'Just Two Girls'. El bajista Theo Ellis aprovechó un respiro para recordar a los asistentes la necesidad de beber agua ante el calor, un consejo que se repetiría a lo largo de los cuatro días. Joff Oddie, el guitarrista, lanzó su instrumento por los aires en un gesto de pura adrenalina que arrancó los aplausos del público.
El momento más comentado de la jornada, sin embargo, llegó en la carpa Mahou Reserva, donde el misterioso grupo Bigger Splash resultó ser Arde Bogotá. La banda cartagenera había tejido una campaña de promoción con coordenadas y pistas en redes sociales, y su irrupción sobre el escenario generó una expectación que desbordó el aforo. Abrieron con 'La torre Picasso', una pieza ambiciosa de ocho minutos que funcionó como una pequeña ópera rock, y cerraron con sus himnos 'Los perros' y 'La salvación'. La actuación, breve pero intensa, dejó claro que la banda sabe jugar con su público y con las herramientas del marketing, y que su nueva etapa, anunciada con el sencillo 'Bigger Splash', promete dar mucho que hablar. Mientras Dogstar, con Keanu Reeves al bajo, atraían a una multitud curiosa al escenario The Loop, Moby ofrecía una propuesta electrónica en el otro extremo del recinto. El músico neoyorquino, que se presentó con el nombre real de Richard Melville, repasó su álbum 'Play' con temas como 'Porcelain' y 'Why Does My Heart Feel So Bad', y no perdió la oportunidad de lanzar un dardo contra el presidente estadounidense Trump entre canción y canción.
El gran acontecimiento de la noche llegó con Foo Fighters. La banda de Seattle, que no actuaba en Madrid desde 2017, desplegó un repertorio de más de dos horas que recorrió toda su carrera. 'All My Life' abrió fuego, y 'The Pretender' y 'Times Like These' mantuvieron la adrenalina en vilo. Dave Grohl, con su melena empapada en agua, se movió por el escenario como un obrero del rock, y su conexión con el público fue inmediata. El recuerdo a Taylor Hawkins, el fallecido batería, apareció en 'Aurora', un momento de recogimiento que antecedió a la explosión final con 'Best of You' y 'Everlong'. La presentación de la banda incluyó un medley con temas de No Use for a Name, Sunny Day Real Estate, The Germs y The Wallflowers, mostrando los orígenes de cada músico. Dave Grohl se sentó a la batería para revivir su etapa en Nirvana con 'Marigold', una canción que compuso en el sofá de Kurt Cobain y que se convirtió en un regalo para los fans más veteranos. El sonido del escenario principal, sin embargo, dejó que desear: la ecualización no hacía justicia a la potencia de la banda, y las voces se perdían en algunos pasajes. La salida del recinto hacia Getafe, además, se convirtió en un embudo que generó importantes aglomeraciones, un problema que la organización debería haber previsto. El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, se dejó ver por el recinto en una visita de carácter privado, un detalle que pasó desapercibido para la mayoría pero que algunos asistentes comentaron en las redes sociales.
JUEVES
El segundo día del Mad Cool cambió por completo el perfil del público. El pop se adueñó del cartel y el recinto se llenó de un público más joven, que llenaba los pasillos entre escenarios con una energía distinta a la del miércoles. CMAT y Renée Rapp abrieron el fuego casi al mismo tiempo. CMAT, la irlandesa Ciara Mary-Alice Thompson, convirtió su concierto en un espectáculo de humor y drama, con una puesta en escena teatral que arrancó sonrisas y aplausos. Renée Rapp, por su parte, apostó por una propuesta minimalista que dejaba toda la responsabilidad en su voz y en la conexión con el público. La cantante estadounidense bromeó sobre el significado de "reina y guapa", un término que sus fans le dedicaban sin cesar, y cerró su actuación con 'In The Kitchen' y 'Snow Angel', dos temas que bajaron el ritmo pero aumentaron la emoción. Lorde, que nunca había actuado en Madrid, era uno de los nombres más esperados de toda la edición. La neozelandesa construyó un concierto que huyó de los grandes artificios para centrarse en la atmósfera y en la interpretación. 'Royals' y 'What Was That' se enlazaron al inicio, y la cantante habló sobre la importancia de vivir el presente y de rechazar las simulaciones de la realidad virtual. Su puesta en escena, con plataformas que la elevaban y pantallas que proyectaban imágenes abstractas, acompañó un repertorio que incluyó la frágil 'Liability' y la explosiva 'Green Light'. El público, sin embargo, no siempre estuvo a la altura: las conversaciones se superpusieron a sus canciones en varios momentos, una falta de atención que ella pareció ignorar con elegancia.
Zara Larsson, en el escenario Orange, convirtió su concierto en una fiesta veraniega. La sueca desplegó un montaje de burbujas, purpurina y tops de mariposa que evocaba el universo de la muñeca más famosa del mundo. Su repertorio se equilibró entre los éxitos de 'So Good' y los temas de su reciente 'Midnight Sun'. 'Lush Life' provocó una reacción eufórica, y la cantante subió a un fan al escenario para bailar con ella, un gesto que se repite en sus conciertos pero que aquí funcionó como un imán para las cámaras. Jennie, la integrante de BLACKPINK, demostró por qué su carrera en solitario despega con fuerza. Su show fue milimétrico: bailarines de primer nivel, una escenografía cuidada al detalle y un repertorio que incluía su remix del 'Drácula' de Tame Impala, algunos temas nuevos y el cierre apoteósico con 'like JENNIE'. La artista surcoreana controlaba cada gesto y cada cambio de luz, y su presencia escénica dejó boquiabiertos a los asistentes. Teddy Swims, por su parte, ofreció uno de los conciertos más emotivos de la jornada. El cantante de soul se quebró al interpretar 'Some Things I'll Never Know', y agradeció entre lágrimas el cariño del público. Sin embargo, su propuesta no logró conectar del todo con un público que prefería las conversaciones a sus baladas, y su versión del 'Jump' de Van Halen pasó prácticamente desapercibida. La Paloma, el grupo madrileño, ofreció un soplo de aire fresco en el escenario Mahou Reserva, pero su presencia resultó minoritaria frente al aluvión de nombres internacionales.
El cierre de la jornada llegó con Florence + The Machine, y la expectación era máxima. Florence Welch apareció como una sacerdotisa de un rito pagano, y su voz y su movimiento convirtieron el escenario en un altar. 'Shake It Out' llegó pronto y metió al público dentro del concierto, mientras 'Hunger', 'King' y 'Howl' se sucedieron sin respiro. La cantante corrió de un lado a otro, pidió ofrendas a los asistentes y dirigió cada momento con una autoridad escénica que pocos artistas poseen. El sonido acompañó su propuesta, y la conexión fue total. La organización, sin embargo, volvió a mostrar sus costuras: la cobertura móvil era inexistente, las colas para los baños se alargaban hasta lo infinito y los solapes entre Lorde y Zara Larsson, o entre Teddy Swims y Boys Noize, obligaron a decisiones dolorosas. The Blaze, que cerraban el escenario Orange, sufrieron además un volumen demasiado bajo que restó fuerza a su propuesta, un detalle que pasó desapercibido para la mayoría, que seguía con la mirada puesta en la figura de Florence Welch. La noche se alargó hasta las dos de la madrugada, y el cansancio empezaba a notarse, pero la calidad de las actuaciones mantuvo el ánimo alto.
VIERNES
El tercer día devolvió el peso de las guitarras al recinto, pero el ambiente estuvo marcado por un acontecimiento extra musical: el partido del Mundial que enfrentaba a España contra Bélgica. Las pantallas del festival retransmitieron el encuentro, y la victoria española generó una oleada de euforia que se mezcló con los conciertos. Halsey fue la encargada de abrir el escenario principal, y su gira 'The Girl In The Tower' ofreció una versión oscura y teatral de su pop. La estadounidense transformó 'Closer' en un tema más rockero, y bajó al público para interpretar 'Colors' rodeada de sus fans. Su actitud, a ratos desafiante, a ratos despectiva, funcionó como un juego, aunque algunos críticos señalaron que el personaje se imponía a la artista. 'Without Me' y 'Nightmare' mantuvieron la intensidad, pero la luz del día todavía no permitía apreciar la escenografía, y la sensación general fue de un concierto correcto pero no redondo. La cantante, que había confesado su trastorno bipolar en varias ocasiones, llevó sus batallas personales al escenario, pero el resultado resultó algo frío para quienes esperaban una conexión más profunda.
Pixies, los padres del rock alternativo, subieron a continuación y repasaron su legado con temas como 'Where Is My Mind?' y 'Here Comes Your Man'. Black Francis, Joey Santiago, David Lovering y Emma Richardson aparecieron sin artificios, con la misma naturalidad con la que llevan cuatro décadas sobre los escenarios. Sin embargo, su actuación dejó una sensación tibia. Las canciones siguen siendo enormes, pero la interpretación careció de la chispa que cabría esperar de una banda con semejante legado. 'Debaser' y 'Monkey Gone to Heaven' sonaron con la crudeza de siempre, pero el conjunto resultó plano, como si los Pixies estuvieran cumpliendo el expediente. Joey Santiago se divirtió jugando con el jack de su guitarra, y Black Francis mantuvo su pose de chamán, pero el público respondió con más entusiasmo a los himnos más conocidos que a los cortes más oscuros del setlist. Sigrid, en el escenario Orange, fue el antídoto perfecto. La noruega derrochó naturalidad y frescura con un look sin maquillaje, shorts vaqueros y zapatillas de deporte. Su presencia escénica, llena de brincos y sonrisas, hizo olvidar el cansancio acumulado. 'Sucker Punch' y 'Kiss the Sky' sonaron con una energía contagiosa, y la cantante aprovechó para hablar de su familia, que estaba presente en el recinto, y de cómo Madrid se había convertido en su segunda casa. La conexión con el público fue total, y su actuación se convirtió en uno de los momentos más celebrados de la jornada.
Kings of Leon, que actuaban en el escenario principal, se encontraron con un público eufórico por la victoria de España. La banda interrumpió su concierto para anunciar el resultado, y la alegría colectiva se desató. 'Use Somebody' y 'Sex on Fire' sonaron como himnos compartidos, y Caleb Followill desgañitó su voz en un set que recorrió su carrera desde 'Find Me' hasta 'Revelry'. El público, sin embargo, notó cierta monotonía en la primera parte del concierto, que se sintió como una espera a los grandes éxitos. El bajo de Jared Followill se adueñó de 'Taper Jean Girl', y la banda demostró que sus clásicos siguen siendo igual de efectivos para las masas, pero la sensación de déjà vu fue inevitable. A Perfect Circle, en el escenario Orange, ofrecieron una propuesta radicalmente distinta. Maynard James Keenan, Billy Howerdel, Greg Edwards, Matt McJunkins y Josh Freese construyeron un set hipnótico, con 'Judith' como broche final. La calidad de sonido fue impecable, y la banda alternó la rigidez industrial con pasajes atmosféricos que atrapaban al oyente. 'Weak and Powerless' y 'The Doomed' sonaron con una precisión que dejó boquiabiertos a los asistentes, y Keenan se movió en la penumbra, dejando que la música hablara por sí misma.
El cierre de la noche llegó con Twenty One Pilots, y el dúo de Columbus demostró por qué su directo es una experiencia única. Tyler Joseph apareció enmascarado y saltó sobre el público en 'The Contract', mientras Josh Dun subía a una estructura metálica para tocar la batería en lo alto. 'Stressed Out' y 'Ride' convirtieron el escenario en una fiesta, y la pirotecnia y el fuego añadieron un componente visual que complementaba la música. La banda no se limitó a tocar: recorrió el recinto, se subió a la valla y convirtió cada canción en un espectáculo total. La conexión con sus fans fue absoluta, y el público respondió con una entrega que pocas bandas consiguen. Interpol, en el escenario alternativo, ofrecieron su post-punk elegante con 'Evil' y 'Slow Hands', pero la mayor parte del público se decantó por el dúo de Columbus, que demostró que su conexión con los fans va más allá de las canciones. La organización, esta vez, no tuvo problemas destacables en la salida, pero la falta de sombra en ciertas zonas volvió a ser un punto débil para quienes llegaron temprano.
SÁBADO
La última jornada del Mad Cool 2026 llegó con un público sensiblemente más adulto y con la sensación de que el cuerpo empezaba a pasar factura. El cartel, sin embargo, ofrecía una recta final de lujo. Jalen Ngonda abrió el escenario con su soul de los sesenta, y su falsete, que recordaba a Marvin Gaye, hizo viajar en el tiempo a los asistentes. 'Hannah, What's the Matter?' y 'Doctrine of Love' sonaron con un groove auténtico, y el músico estadounidense se ganó el aplauso de quienes buscaban un momento de calma antes de la tormenta. The Black Crowes, los hermanos Robinson, ofrecieron una lección de blues rock. Chris Robinson, con ese contoneo de estrella de cine, y Rich Robinson, con su guitarra afilada, repasaron 'Remedy', 'Hard to Handle' y 'She Talks to Angels'. La banda, que cerraba su gira europea, sonó a bourbon y a carretera secundaria, y su actuación fue una de las más celebradas por los amantes del rock clásico. La energía de 'Twice as Hard' puso el broche a un concierto que demostró que los Robinson siguen siendo los reyes del blues rock.
Matt Berninger, el vocalista de The National, ofreció un momento íntimo en medio de la inmensidad del recinto. El cantante se lanzó entre el público y cantó rodeado de fans, rompiendo la barrera física que suele separar al artista del espectador. Su actuación, con temas de su repertorio solista, sirvió para bajar las revoluciones antes del tramo final, y su carisma natural conectó con un público que agradeció la cercanía. 'One More Second' fue uno de los momentos más aplaudidos, y el gesto de mandar a Trump a tomar por saco con elegancia arrancó una sonrisa cómplice. Nick Cave & The Bad Seeds, sin embargo, fueron los grandes protagonistas de la noche. El australiano convirtió su concierto en un ritual de comunión, con 'Red Right Hand' y 'From Her to Eternity' como estandartes. Cave recorrió la pasarela, se apoyó en las manos de los fans, cantó a centímetros de sus caras y canalizó su dolor y su rabia a través de cada canción. 'O Children', 'Jubilee Street' y el emotivo cierre con 'Into My Arms' hicieron que el público contuviera la respiración. Los Bad Seeds, con Warren Ellis al violín, funcionaron como una tormenta perfecta, y la actuación se convirtió en uno de los momentos más especiales de todo el festival.
Kasabian, en el escenario Orange, ofrecieron una descarga de energía con 'Fire' y un repertorio que mantuvo el ritmo durante toda su hora de actuación. Sergio Pizzorno lideró la fiesta con bandera inglesa entre el público, y los pogos y los hombros se sucedieron sin descanso. El gran dilema de la noche llegó con el solape entre David Byrne y Pulp. Byrne, el genio de Talking Heads, montó una obra de arte visual con 'Psycho Killer' y 'This Must Be the Place (Naive Melody)'. Los músicos se movieron sin amplificadores visibles, y la coreografía sincronizada convertía el escenario en un espacio de experimentación constante. 'Burning Down the House' y 'Once in a Lifetime' demostraron que su música sigue siendo tan vanguardista como en los años ochenta. Quienes optaron por Pulp, sin embargo, no se arrepintieron. Jarvis Cocker, con su elegancia y su carisma, lideró un concierto que cumplió con la promesa de las pantallas: "Vais a recordar esta noche para el resto de vuestras vidas". 'Common People' fue coreada por todo el recinto, y 'Disco 2000', 'Babies' y 'This Is Hardcore' repasaron una carrera imprescindible. Cocker, además, comentó el resultado del partido de Inglaterra en medio del show, un guiño que conectó con los aficionados al fútbol. Overpass, la banda británica de indie alternativo, ofreció un concierto breve pero intenso en el escenario Mahou Reserva, y su 'Fall In Love' y 'Union Station' se ganaron el aplauso de un público que los descubría por primera vez. El cierre del Mad Cool 2026 dejó la sensación de que, a pesar de los problemas logísticos y de los inevitables sacrificios, la música había cumplido con su parte del trato, y que el décimo aniversario quedará grabado en la memoria de quienes lo vivieron.
Crónica elaborada por Emma Castillo
