Con poco más de una semana de antelación, pero con las pistas muy sencillas para desvelar el misterio, Interpol llegaban a Madrid un día antes de su actuación en el festival Mad Cool bajo el nombre de Iron City, tema que formará parte de su próximo LP de estudio ‘This Mirror Weights A Ton’. A modo de rodaje previo, calentando motores para lo que será la gira de presentación de este nuevo disco donde debuta en directo el batería Urian Hackney, los norteamericanos se pegaron un baño de masas en las distancias cortas, evidenciando como los años pasan pero su público sigue igual atento a sus pasos que siempre. Si bien es cierto que quizás esperábamos descubrir algo más de este disco que está en camino, lo que ocurrió es que apostaron por una recopilación de buena parte de sus grandes éxitos, de modo que tan solo sonaron ‘Wings on Fire’ y ‘See Out Loud’ como aperitivo de esta nueva entrega, resultando paradójico como precisamente ‘Iron City’, estrenada a penas 48 horas antes en streaming quedó fuera del setlist.
Sobre las tablas, Paul Banks volvió a mostrar su impecable virtuosismo a la guitarra con esos riffs densos, que siempre ganan a base de lograr repeticiones hipnóticas, a la par de dejar constancia de su buen castellano fruto de haber vivido una temporada en Madrid. Caracterizándose por esa oscuridad latente que convive en todo el repertorio del grupo, no dudaron en arrancar con una ‘Untitled’ con la que desprender la primera capa de su particular atmósfera, ese manto de reverb y bajos que ya es seña de identidad. Desde el primer acorde, la sala se convirtió en una caja de resonancia donde cada matiz ganaba en contundencia, y Banks, con esa mezcla de desapego y entrega que le caracteriza, manejaba los tiempos con la parsimonia de quien sabe que el eco es tan importante como el golpe. Kessler, a su derecha, se movía en ese equilibrio entre la contención y el arrebato, arañando las cuerdas con esa elegancia nerviosa que convierte cada riff en un latido que se alarga hasta volverse casi físico. Y al fondo, el debutante Hackney, lejos de mostrarse tímido, insuflaba una pegada más orgánica y sucia a los temas, como si hubiera estado toda la vida en ese engranaje, dando a clásicos como ‘Evil’ o ‘Rest My Chemistry’ un empuje que, sin traicionar el original, los hacía respirar con otro pulmón. La oscuridad no era solo lumínica, sino que se instalaba en los intersticios de cada canción, y el público, entregado, acompañaba ese viaje con un respeto que rayaba la devoción, coreando al unísono estribillos que parecen escritos para ser gritados en salas pequeñas.
Fue en los bises donde el concierto alcanzó su punto de ebullición más alto, porque ‘Roland’ y ‘Slow Hands’ no son simples canciones, sino artefactos que activan algo primario en cualquier seguidor de la banda. La primera, con ese riff que parece un mecanismo de relojería desquiciado, desató una oleada de saltos y gritos que hizo temblar el suelo. La segunda, con su cadencia pegajosa y ese solo de guitarra que Kessler despliega como un lazo, puso el broche con una euforia que pocas veces se da en conciertos de una formación que, por edad y trayectoria, podría permitirse el lujo de la distancia. Sin embargo, Interpol no se guardaron nada, y Banks, entre canción y canción, soltó algún que otro “gracias” en un castellano medido pero cálido, como recordando sus días madrileños, mientras el sudor y la reverberación lo empapaban todo. La sensación al salir era la de haber presenciado algo más que un simple calentamiento para el festival: una declaración de principios, una demostración de que, con o sin nombre falso, su músculo sigue intacto y su capacidad para hipnotizar, inalterable.
Porque, al final, lo que quedó en el aire de aquella sala fue la certeza de que Interpol, pese a los años y los cambios de formación, siguen siendo dueños de un sonido que no admite imitadores y que en directo adquiere una dimensión casi ceremonial. La apuesta por un repertorio clásico, lejos de ser un recurso cómodo, se reveló como un acto de generosidad hacia unos seguidores que han crecido con esos temas y que, en el fondo, necesitaban reencontrarse con ellos en un entorno que no fuera el de un macrofestival. Y si el nuevo disco promete ser una vuelta de tuerca, la velada sirvió para recordar que el verdadero tesoro de la banda está en esa capacidad de construir puentes entre la oscuridad y la luz, entre la frialdad de los estudios y la calidez de un público que respira al unísono. Iron City o Interpol, da igual: la música, cuando suena así, no necesita ninguna máscara.
