Crónica

Primavera Sound Barcelona 2026

Sábado

06/06/2026



Por -

El sábado ya por fin tuvimos el tan deseado sol desde primera hora de la tarde, y qué mejor manera de abordar la última jornada que con The Sophs, un grupo que ha empezado a hacer ruido en los medios —incluso han protagonizado alguna portada— a raíz de su disco de debut.

Para empezar, saludo desde aquí al guitarrista que llevaba un chándal completo de Adidas —que conste que no nos pagan— de la selección española de fútbol. Y no lo comento tanto por el hecho en sí, sino porque empezaba a hacer calor del bueno. Ole tú.

Por otro lado, Ethan Ramon, el cantante de este sexteto, bailaba endiablado, con aspavientos y molinillos al más puro estilo sacamantecas, y es que, charlando entre nosotros, convenimos en que estos muchachos sonaban con más picante en directo que en el estudio.

Quizás lo que más me atrae del festival sea cuando apuestan por grupos noveles, les vemos crecer y, cuando pasan los años, subes la voz y afirmas rotundamente: «Pues yo los vi allí». Cuando digo allí me refiero siempre a escenarios pequeños y poco concurridos, como el mítico bautismo de Disclosure en el Pitchfork en 2013.

Fiel a la liturgia de estos lares, el grupo de Los Ángeles se estrenó por estas tierras con musculosas interpretaciones de 'Goldstar', 'I'm Your Fiend' o 'Sweat', un tema por el que habría matado Julian Casablancas. Por cierto, si buscáis un disco fresquito para este verano ya podéis escuchar 'Goldstar'. No les vamos a perder de vista, por si acaso.

Y siguiendo con debuts interesantes, no podemos pasar por alto el de Gelli Haha, otra angelina que venía a hacernos bailar con su pop desenfadado y multicolor y a ofrecernos uno de los mejores recitales de los tres días. O, como mínimo, el más divertido.

Acompañada por varias bailarinas uniformadas de rojo, que parecían sacadas de un espectáculo de natación sincronizada, Angel —que es lo que pone en su DNI— contagió ese buen rollo y frescura que empapan 'Switcheroo' y puso a todo el mundo a bailar. Bueno, los críticos musicales no bailan, solo mueven el tronco. Imposible no dejarse secuestrar por el bamboleo de su cantante, las piruetas con el aro, los cubiletes de colorines... Todo un circo montado sobre el escenario que aflojó la sonrisa de quienes allí estábamos, y más cuando suenan pepinazos de la talla de 'Tiramisu'. Necesitamos más pop matriarcal.

Antes de irnos a comernos el verdadero turrón de la noche en las llanuras de Mordor, vimos de soslayo a Smerz y la verdad es que esperábamos mucho más. Ofrecieron un show anodino y sin gracia, y no tanto por su sonido, que también, sino por una actitud de «pasaba yo por aquí, he subido y he cogido el micro». Me reservo el escarnio porque creo que no tuvieron una buena tarde; mejor será repescarlas en otro momento.

Ahora sí, apalancados en la parte derecha del escenario Estrella Damm, nos disponíamos a hacer genuflexiones ante el gran Kevin Shields y los suyos: My Bloody Valentine salían al escenario.

Hay momentos que se te quedan clavados, y uno de ellos fue la primera vez que los vi en 2009. Recuerdo experimentar su sonido como algo casi físico, violento; tenías la sensación de estar presenciando algo muy serio. Aquellos que han estado alguna vez en un concierto suyo ya saben que se las traen con el volumen. De hecho, minutos antes iba palpando el bolsillo para comprobar que no me había olvidado los tapones e incluso, en el chat de WhatsApp de la mañana, varias personas enseñaban sus recién adquiridos protectores auditivos.

Pero esta vez no iba a hacer falta, porque fue un concierto de menos decibelios, pero con los mismos matices, con las pantallas mostrando a la banda en tonos rojos y azules, en clara alusión al eterno 'Loveless', y con la banda hierática, ejecutando a la perfección cada nota; ese sonido crepitante que mana de la guitarra de Shields. Casi puedes tocar esa electricidad que va formando volutas de ruido.

Sin material nuevo que presentar —ya me dirás qué cojones hacen todo el día—, la banda acudió a los clásicos, a ese maridaje de dream pop y noise que han imitado mil bandas: 'When You Sleep', 'Soon', 'Only Shallow' y otras que ya han adquirido el mismo estatus, como 'Only Tomorrow' o 'Wonder 2'.

Para el recuerdo nos quedará un 'You Made Me Realise' impregnado de puro napalm, un auténtico pandemonio de tres minutos de muralla de ruido elegido para dar por finiquitada su actuación. Insobornables.

Lo de The xx fue también muy grande. Posiblemente mi actuación favorita de todo el festival y, sin duda, la que mejor sonó. Yo no sé si era por Jamie xx, por el grupo o por el técnico de la mesa de sonido, pero aquello sonó impecable.

A estas alturas el grupo funciona como una auténtica célula creativa disgregada en varios proyectos en solitario que crean auténtica magia cuando se juntan. Verlos en directo es comprobar que, tras tantos años, sigue existiendo una química innegable, y esto se traslada a su directo, apoyado en este caso por unos visuales elegantes en blanco y negro.

Si tuviera que elegir un adjetivo que describiera su hora y pico de actuación sería emocionante. Un repertorio intachable: desde la seminal 'Crystalised' —vaya intro, por favor— hasta la íntima 'Islands', con ese bonito juego de voces entre Romy y Oliver; la melancolía de 'Shelter' o el himno nocturno de 'I Dare You'.

La primera parte del show se centró en tocar esos éxitos del grupo para después presentar los temas más populares de sus carreras por separado, siendo el primero Jamie xx con su destilación de 'I'll Take Care of U' de Gil Scott-Heron, aunque luego apostaría por material propio con el trip de 'Treat Each Other Right'.

La carta dance no tardó en llegar con 'Loud Places', con la voz de Romy, quien repetiría protagonismo con el pelotazo de 'Enjoy Your Life', extraído de su disco en solitario 'Mid Air'. Por su parte, Oliver eligió hábilmente 'GMT', aliñada con el remix que le hizo su compañero de grupo. Toda una cadena de favores.

Creo que fue uno de los directos donde la gente menos habló. Parecía que nadie se atrevía a romper el embrujo, la magia que estos tres artistas son capaces de conjurar; esa tensión constante entre la pista de baile y esa melancolía minimalista que solo ellos saben crear. Ya son leyenda. Enormes.

Todavía no tengo muy claro si me gustó el show de Gorillaz. Somos conscientes de que Damon Albarn siempre fue el tío más listo del britpop, auténtico culo inquieto que ha picoteado de estilos y grupos —¿alguien recuerda The Good, the Bad & the Queen?— e incluso ha sido el embajador de la música de Mali. Todo eso está muy bien, pero ¿es realmente tan bueno Gorillaz como quieren hacernos creer? Probablemente no.

La sensación es que todavía no han sacado un disco redondo, sin relleno. Esta carencia se soluciona en sus directos picoteando de los sencillos de su discografía. Y les funciona.

La sensación del show fue más bien la de una 'Noche de fiesta' con continuos featurings, donde lo mismo tenía cabida 'DARE', cantada por Little Simz, que salía el rapero Yasiin Bey en los temas 'Stylus' y 'Damascus' o Moonchild Sanelly meando el cucú mientras canta 'With Love to an Ex'; todo ello acompañado de los habituales cartoons que se proyectaban en las pantallas.

Una miríada de músicos sobre el escenario, luces, proyecciones, muchos inputs por segundo, muy de acuerdo con ese público —y estos tiempos— que han hecho del FOMO y de su déficit de atención la hoja de ruta de muchos espectáculos. No te puedes aburrir ni un segundo.

He de reconocer que como espectáculo es fantástico, y también admirar cómo Albarn ha elegido un vehículo tan aparentemente inofensivo para introducir consignas y puyitas reivindicativas. No en vano salió al escenario llevando una chaqueta de camuflaje con un pin del Che Guevara y un gorro rojo.

El grueso del setlist se centró en su mejor disco en años, 'The Mountain', del que cayeron, entre otras, 'The Happy Dictator', con imágenes de Sparks en las pantallas, y 'The Hardest Thing' —¿se puede quitar alguien ese silbido de la cabeza? ¡Yo no!—, aunque también trazó lazos con el pasado mediante '19-2000', 'On Melancholy Hill' y 'Feel Good Inc.'.

Para el final reservaron el clásico 'Clint Eastwood', que contó con la voz de Kevin Mercer, del no menos clásico trío de hip hop De La Soul: todo palmas, todo alegría. Gorillaz ha creado un microcosmos de luz, sonido e imágenes que, tras veinticinco años, sigue funcionando.

Lo de Kneecap es muy fuerte: de tocar en sala el año pasado a escenario grande este; de ser casi unos perfectos desconocidos a ocupar la letra grande del cartel. En pocos meses la fiebre por este trío de Belfast no ha hecho más que aumentar, y esto se nota cuando a las tres y pico de la madrugada tienes a gran parte de los asistentes del festival rendidos a tus pies. Incluso Grian Chatten no quiso perdérselo y les ayudó con los versos de 'Better Way to Live'.

Venían a presentar su reciente 'Fenian', en el que se apoyaron para dar inicio a su concierto con 'Éire Go Deo' y 'Smugglers & Scholars', para poco a poco introducir temas de su primer disco, todo ello empapado de puyas políticas, desde el primer ministro británico hasta el líder del partido de extrema derecha Reform UK y también, cómo no, subrayando su apoyo a Palestina.

Pero esto no fue un mero panfleto político. Aquí hubo punk, hip hop del bueno y hasta algo de rave; una hora sin pausa que, a base de los raps de Mo Chara y Móglaí Bap, y siempre apoyados en el musculoso soundsystem de DJ Próvaí, dio al público el combustible suficiente para aguantar a esas horas de la madrugada.

Con solo dos discos ya han creado un símbolo de resistencia bajo el pasamontañas con la bandera irlandesa y no, no es una estrategia de marketing. Estos tíos van en serio. Queremos partido político ya.

Ruben

Oriundo de La Línea pero barcelonés de adopción, melómano de pro, se debate entre su amor por la electrónica y el pop, asiduo a cualquier sarao música y a dejarse las yemas de los dedos en cubetas de segunda mano. Odia la palabra hipster y la gente que no calla en los conciertos.