Con el cielo aún resfriado, cubierto de espesas nubes, nos dispusimos a disfrutar de una jornada más normal ante la casi nula probabilidad de lluvia. Pero no empecé con buen pie. Confiado en que la caseta de prensa estaba ubicada en el mismo emplazamiento que el año pasado, fui directo al mismo sitio... y no estaba. Tras varias vueltas y preguntar en barras —muy amable todo el personal este año, hay que reconocerlo—, por fin me chivaron dónde estaba. Pero lo dejé para luego, que en ese momento estaba sonando Slowdive.
Entre una cosa y otra, ayer no había pisado Mordor y, nada más ubicarme entre el gentío, pude comprobar horrorizado el mal sonido del escenario Revolut. Prácticamente no se escuchaba la voz de Rachel Goswell, que ejercía de perfecta sacerdotisa con su túnica negra y su tiara de flores. En 'Shanty' y 'Star Roving' tuvimos que rumiar la letra en nuestro subconsciente: no había manera de apreciar qué cantaban. Tampoco creo que les ayudaran las dimensiones del escenario, aunque otras veces no habían supuesto ningún hándicap. Fue un concierto antipático, sin química ni magia entre sus miembros. Neil Halstead se situó en un extremo del escenario y de ahí no salió, y tampoco es que los demás miembros estuvieran muy flamencos, precisamente. Qué pena, porque manejaron un gran repertorio: 'Kisses', 'Catch the Breeze', 'Alison'..., pero no era el día. Lo mejor fue ver la camiseta de Texas Is the Reason que llevaba Christian Savill.
Una de las grandes sorpresas de la jornada fue el reencuentro con Rilo Kiley, una banda prácticamente desmantelada desde finales de los dos mil, aunque su cantante, la extraordinaria Jenny Lewis, nos había visitado junto a The Postal Service en 2013. Nadie diría que el proyecto se reactivó en 2025 viéndoles tocar. Con una envidiable conexión y fluidez, no parece que hayan pasado diecisiete años sin pisar juntos un escenario. Aprovechando su reciente recopilatorio de grandes éxitos, se han lanzado a girar para recordarnos su importancia en el indie rock de principios de milenio, que en algún momento de la historia incluso musicalizó series y películas.
No hubo aquí un puro ejercicio de nostalgia ni el todo-por-la-pasta típico de estas reuniones codiciosas. No; aquí más bien hubo una celebración entre amigos y seguidores para rememorar clásicos siempre cercanos al protoindie de Fleetwood Mac, como 'The Execution of All Things', 'Spectacular View', 'Does He Love You?' o 'Portions for Foxes', con la que cerraron. Jenny, coqueta, con unas gafas amarillas de Celine y un vestido floral a juego, incluso jugó con una cámara pequeña que sostuvo entre sus manos a modo de selfi musical, y siempre cerca del libro de autoayuda de Wayne Dyer, al parecer una especie de amuleto para su gira. Y doy fe de que funcionó. Uno de los conciertos del festival.
Ya lo sabíamos. Sabíamos que el jueves todo iba a orbitar alrededor de la actuación de The Cure, y no era una afirmación exagerada si teníamos en cuenta que tenían contratadas dos horas y media de concierto en la explanada mayor del festival. La leyenda a derribar era el mayestático y pantagruélico concierto de 2012, que rozó las tres horas y del que hemos bromeado cuarenta veces desde entonces, afirmando que todavía están tocando los bises. Por otro lado, esta vez suponía su primer concierto desde noviembre de 2024, ya sin el teclista Perry Bamonte, fallecido hace solo unos meses.
Un concierto que se abrió sombrío con el opresivo 'Alone', contenido en su último trabajo, pero, a modo de metáfora climática, el tenebroso comienzo fue dando paso a claros por los que iba filtrándose la luz en clásicos como 'Pictures of You', 'High', 'Lovesong', 'A Night Like This' e incluso recuperando 'Burn', incluida en la banda sonora de El cuervo, todas ellas arropadas por un excelente sonido donde personalmente destacó el bajo, que peinaba toda la hierba artificial de Mordor.
Robert Smith se basta a sí mismo para atraer todas las miradas, sin artificios ni bailes, quizás porque sabe que ha creado un icono pop solo con su pelo encrespado y el eyeliner corrido, además de demostrar que vocalmente está en plena forma. Dividido el show en tres actos, tras el empacho de éxitos de la primera parte, el grupo se centró en un tramo más contenido, recordando temas menos obvios como '2 Late', 'alt.end', 'Mint Car' o 'Wrong Number', alternando magistralmente la luz con la oscuridad, pero siempre ganando en cualquiera de las dos opciones. Quizás ese sea el secreto de su éxito.
Para la última parte echaron mano del fondo de armario pop para exhibir un auténtico atracón de hits: 'Lullaby', 'Friday I'm in Love', 'Close to Me', 'Why Can't I Be You?', con su delicioso sonido tan ochentero, y la referencial, incombustible y eterna 'Boys Don't Cry', que nos hizo de nuevo ser un poquito mejores personas. Uno de esos conciertos de los que, al pasar los años, dices: «Yo estuve allí». Qué lástima que la mayoría del público fuera extranjero, porque echamos de menos cantarles la famosa canción del sketch de Muchachada Nui: «Vamos, Robert, sal a bailar, que tú lo haces fenomenal...». Joder con los guiris.
Ya en plena madrugada, Skrillex salía al escenario Revolut para ofrecernos su dubstep de garrafón y de discoteca de Magaluf. Si la actuación de The Cure fue comedida y sin atrezo innecesario, la del americano fue totalmente lo contrario: llamaradas —seguro que alguna británica salió con las pestañas chamuscadas—, chorros de humo, láseres... Apostó por una sesión que basculó entre los ritmos latinos y el dubstep con algo más de pedigrí (Blawan, Four Tet), aunque evidentemente también tiró de temas propios como 'Soma', 'Noche Without You' o 'Thistle'.
Mucho más auténtico me pareció el bolo de Viagra Boys, con un Sebastian Murphy rabioso y con esa barriga a punto de borrar las rayas de su chándal Adidas. Pura actitud sobre el escenario.
—¡Hola, cabrones! Ok, let's fucking party! —saludó al público antes de arrancar 'Slow Learner' con ese saxo tan punzante y juguetón.
Siguió con 'Waterboy', más rock sucio y punk a ralentí, y remató estos primeros minutos con el infeccioso 'Punk Rock Loser', con esa pose más propia de un guiri de Benidorm que de una estrella de rock. Lo dicho: pura actitud.
Los suecos venían a representar esa cuota de punk rock que ha calado en los últimos años entre el público. Si el año pasado fueron Idles y este año les tocó a ellos, no cabe duda de que defendieron esa parcela con un show enérgico y lleno de mala leche. Por lo visto cerraron con 'Sports'. Qué pena que ya los pies no me dieran para más y me cogiera de camino a los tornos de salida.
