Steven Hall ha recorrido la música con una paciencia que pocos artistas se permiten. Bajo el alias de Nirosta Steel, este escocés afincado en Estados Unidos ha construido un edificio sonoro que tarda décadas en levantarse, y que ahora se presenta bajo el título 'My Skyscraper'. Hall ha sido durante años una figura periférica pero esencial en la escena neoyorquina, estrechamente vinculado al desaparecido Arthur Russell, con quien compartió sesiones de grabación y también una filosofía creativa basada en la fluidez y la ausencia de jerarquías entre ensayo, directo y estudio. La publicación de este doble álbum, que reúne material grabado entre principios de los ochenta y el año pasado, supone el primer intento serio de recoger su producción solista, aunque Hall nunca ha mostrado interés por considerar algo como definitivo.
La cronología es un concepto extraño para este doble álbum: una misma canción puede aparecer en versiones radicalmente distintas sin que ninguna se imponga como la auténtica. 'First Love' se presenta aquí como un eco lo-fi apenas esbozado y también como una pieza disco pulida hasta el brillo. Esta dualidad no es un capricho. Revela el método de trabajo de Hall: cada interpretación es un estado de ánimo, un momento vital que merece su propia grabación. Las letras transitan por el deseo sin complejos, la noche como territorio de encuentro y los recuerdos afectivos de relaciones que se niegan a desaparecer, con un tono que oscila entre la confesión susurrada y la exclamación festiva, como en 'Yhema', donde su falsete se convierte en un instrumento más dentro de la maraña de sintetizadores y percusiones electrónicas.
El sudeste asiático no es un simple motivo decorativo en este proyecto. Su influencia cala en la propia noción del tiempo de las canciones. Cuando canta en mandarín en 'Mohan', la lengua modifica la textura de su voz y abre posibilidades melódicas que el inglés no le concede y esa flexibilidad lingüística se extiende a su manera de entender la composición como un organismo vivo, siempre sujeto a mutaciones. En 'Go for the Night', compuesta junto a Arthur Russell, la orquestación de metales y guitarras crea una atmósfera de anticipación que captura ese instante previo a la salida nocturna, cuando todo está por decidirse y la promesa de un encuentro basta para justificar el movimiento.
Más de veintidós minutos de improvisación con Russell a la batería se reparten entre 'Fresh Feeling' y 'Special Weakness', las dos piezas más extensas y en ellas se aprecia la sincronía casi telepática que ambos desarrollaron. La guitarra de Hall golpea las cuerdas con una percusividad que debe más al funk que al folk, mientras Russell mantiene un pulso infalible que parece ignorar la existencia del metrónomo. Esta sección del disco se aproxima al trance, a esa repetición hipnótica que ambos exploraron bajo la influencia del gamelán y las músicas drones y que conecta directamente con la idea budista de habitar el presente sin aferrarse a lo que ya ha sonado.
Hall no renuncia al humor ni a la obscenidad en sus letras. Sin embargo, mantiene la delicadeza de sus arreglos. 'Boss Trix (Benny's Song)' ejemplifica esa tensión entre lo procaz y lo melódico, con unas cuerdas que envuelven una confesión tan explícita como afectuosa. Esta capacidad de sostener lo contradictorio define el carácter del disco. No elige entre el garaje punk, la sofisticación disco o el intimismo acústico. Los yuxtapone como si todas esas tradiciones formaran parte de un mismo paisaje sonoro. El resultado se asemeja a la obra de algunos creadores que trabajan con el sampleado y el collage, aunque Hall parte siempre de interpretaciones propias y no de materiales ajenos.
Que 'My Skyscraper' vea la luz ahora, a través del sello Ulyssa, sitúa a Hall en una posición que durante décadas le fue esquiva: la del protagonista de su propia historia. Que este reconocimiento llegue cuando el artista se acerca a los setenta años añade una capa de significado a un proyecto que nunca quiso cerrarse y que ahora se ofrece como un rascacielos de plantas desiguales donde cada piso conserva las marcas del tiempo. La voz de Hall, ese susurro que se torna canto sin estridencias, funciona como el hilo conductor que impide que el conjunto se desmorone en su diversidad de estilos y su manera de frasear, cercana al habla, establece una intimidad que pocas obras de semejante envergadura logran mantener. Esa voz, que nunca se impone, es el armazón que permite que el rascacielos se sostenga sin necesidad de un plano definitivo, en consonancia con esa filosofía de la fluidez que Hall compartió con Russell y que impregna cada uno de estos cortes.
Conclusión
Nirosta Steel condensa cuatro décadas de grabaciones en un proyecto que rehúye la noción de obra cerrada y abraza la mutación constante, poniendo las acciones a las que conduce el deseo en el centro del disco.

