La espera ha sido larga, aunque el goteo de actividad en directo durante estos ocho años mitigaba la sensación de paréntesis definitivo. Basement, formación británica que siempre ha coqueteado con la disolución, construye su trayectoria sobre ceses y retornos que, lejos de erosionar su conexión con el público, la han fortalecido. El quinteto publicó sus primeros trabajos a principios de la década pasada, se separó justo cuando el eco de ‘Colourmeinkindness’ comenzaba a expandirse y regresó para firmar ‘Promise Everything’ y ‘Beside Myself’, este último bajo el paraguas de una multinacional que diluyó parte de su crudeza. La génesis de ‘WIRED’ parte de ese desencanto con las estructuras industriales y de un renacido impulso por recuperar el control creativo. La pandemia empujó a sus miembros a plantearse la continuidad, y el guitarrista Alex Henery llegó a considerar su salida, momento que el vocalista Andrew Fisher interpretó como una señal inequívoca para reafirmar la vigencia del proyecto. Sobre esa encrucijada vital se levanta un álbum que funciona como reafirmación colectiva.
El regreso a Run For Cover simboliza esa voluntad de retomar las riendas en un entorno que ya conocían, aunque el sonido del grupo ha mutado hacia una expresión más musculosa y directa. Donde antes había texturas emo que se demoraban en la melancolía, ahora comparece una urgencia post-hardcore que bebe tanto del rock alternativo de los noventa como de cierta aspereza punk. John Congleton, responsable de la producción, imprime una crudeza deliberada a las guitarras, que crujen y se retuercen en canciones como ‘Time Waster’, donde los riffs se encadenan con una pegada seca que sostiene la interpretación de Fisher. La batería de James Fisher opera como un anclaje preciso que permite que los desarrollos armónicos respiren, mientras el bajo de Duncan Stewart engrasa las transiciones entre estrofas y estribillos. La mezcla renuncia a cualquier pulido superfluo y abraza una saturación que potencia la sensación de inmediatez, algo que se percibe en la manera en que las voces se incrustan entre las capas de distorsión sin perder claridad. Esa decisión técnica casa con el trasfondo anímico del disco, donde la fragilidad comparece siempre escoltada por una determinación que impide el desmoronamiento.
El bloque lírico se ha desplazado desde la autorrecriminación hacia una autoafirmación que, sin incurrir en triunfalismos, dibuja un proceso de aprendizaje personal. Fisher articula situaciones de desgaste afectivo y las aborda desde una óptica que rehúye el lamento pasivo. En ‘Deadweight’ entona “You are the clearest water / And I can see right through you” con una frialdad que desenmascara vínculos tóxicos, mientras la instrumentación se ralentiza en el estribillo para generar un contraste deliberadamente incómodo. ‘Broken By Design’ explora la asunción de que ciertos lazos nacen condenados al fracaso y transforma esa certeza en un relato agridulce donde la gratitud por lo vivido desplaza al resentimiento. ‘The Way I Feel’ se sitúa en el instante previo a un posicionamiento vital, ese umbral donde conviven el vértigo y la convicción de alzar la voz. La escritura evita el tono sentencioso y opta por reflejar los claroscuros de quien conquista una seguridad trabajada a base de tropiezos, un matiz poco habitual en un género que suele idealizar la catarsis como fin último.
La arquitectura del álbum alterna momentos de alta tensión con remansos que modulan el ritmo global sin perder cohesión. ‘WIRED’ condensa en poco más de dos minutos y medio una agresividad que se retroalimenta de un riff insistente y una línea vocal que se eleva hasta el grito contenido. ‘Pick Up The Pieces’ acelera el pulso con una cadencia cercana al hardcore melódico y lanza la sentencia “Compromise is suicide / We must create or die”, convertida en eje conceptual del proyecto. Frente a esa intensidad, ‘Head Alight’ introduce una cadencia más envolvente, con reverberaciones que expanden el espacio sonoro y permiten que la voz de Fisher se desenvuelva en un registro más sosegado. ‘Embrace’ construye su atmósfera desde una base casi shoegaze que envuelve una letra centrada en la gestión de la pérdida amorosa, y ‘Longshot’ se apoya en una instrumentación desnuda que otorga peso a las palabras. ‘Summer’s End’ clausura la colección con una melodía amplia que mira hacia delante, subrayando la voluntad de entenderse sin necesidad de grandilocuencias.
La manera de tocar refleja una maduración técnica que no deriva en virtuosismo innecesario, lo que hace es derivar en una ejecución más consciente de los silencios y las dinámicas. Ronan Crix y Henery intercambian líneas de guitarra que se superponen sin atropellarse, creando una masa sonora densa donde cada nota ocupa su lugar. La sección rítmica absorbe influencias del rock alternativo estadounidense que bandas como Superheaven o Narrow Head han sabido actualizar, pero Basement la tamizan a través de su propia urgencia británica. El empaque sonoro remite a una interpretación de estudio que captura la electricidad del directo, sin artificios que suavicen la aspereza de las tomas. Esa filosofía de registro casa con un contenido que defiende la creación como acto de resistencia frente a las lógicas mercantiles que casi los desintegran. ‘WIRED’ testimonia la capacidad del grupo para convertir la fricción en motor expresivo, un movimiento que los sitúa en un punto de equilibrio entre la rabia primigenia de sus inicios y la sabiduría que otorga haber estado varias veces al borde del punto final.
Conclusión
Basement nos entregan un disco que convierte las fricciones internas en combustible para un sonido que rehúye las medias tintas, reflejando cómo la expresión artística actúa como mecanismo para procesar los desengaños acumulados.

