Maya Bon y Ryan Albert han dado un gira radical en su nuevo trabajo bajo el alías de Babehoven. En este disco han decidido grabar rodeados de gente, un cambio de método que sostiene buena parte de lo que este álbum busca transmitir. Si antes el proceso podía entenderse desde una mayor distancia, aquí la banda comparte espacio, toca sin auriculares y prescinde de realizar numerosas tomas para registrar las canciones prácticamente como suceden en una habitación. Esa decisión adquiere todavía más peso después de que, en 2024, una parálisis en una cuerda vocal dejara a Bon sin poder cantar durante meses. La experiencia reordena su manera de entender el oficio y hace que cada actuación tenga ahora el valor de algo que puede desaparecer. De ahí que la fragilidad y el disfrute convivan constantemente en estas canciones. Mientras las letras miran de frente los incendios de Los Ángeles y las guerras que llegan a través de la pantalla del móvil, la música reivindica el placer de estar juntos, tocar y registrar lo que todavía pueden hacer.
La apertura, 'You're a Liar', establece desde el principio esa convivencia de impulsos. Un violín de lo más solemne dibuja un paisaje campestre y luminoso, mientras Bon admite que desea amar a alguien en quien pueda confiar para, inmediatamente después, gritar que le han mentido. La contradicción no funciona aquí como un simple recurso lírico, pues termina convirtiéndose en una de las claves del álbum. Querer y desconfiar, enocntrar alguien en quién refugiarse y sospechar de él, disfrutar del presente mientras algo amenaza con romperlo. Buena parte de las canciones están habitadas, precisamente, por un tú al que se interroga, se observa y se mide. Ese diálogo sostenido hace que incluso los momentos más expansivos conserven cierta tensión.
En 'When You Look at Me', por ejemplo, la voz insiste en que quiere a esa persona todo el tiempo y que se siente sola todo el tiempo. Ambas afirmaciones conviven hasta anularse, dejando al descubierto cuánto puede pesar la mirada ajena cuando se convierte en medida de uno mismo. La imagen de que el otro es agua mientras ella es bosque prolonga esa distancia. Las raíces están en el sótano y, aunque ambos compartan un mismo espacio, cada uno parece pertenecer a un lugar diferente. Algo parecido sucede en 'Jess Has a Place', donde la voz advierte a alguien sobre su propio deterioro y acaba repitiendo "But you had it coming". El reproche, sin embargo, no necesita elevar el tono. Llega con una calma extraña, como si la discusión hubiera terminado antes incluso de empezar, y esa combinación de afecto, advertencia y sentencia reaparece en distintos momentos del disco. Frente a ella, los estribillos amplios y concebidos para ser coreados en directo introducen una respuesta física. La melodía abre las canciones justo cuando las palabras las aprietan.
Esa tensión entre lo que se siente y lo que se percibe encuentra otro cauce en la confusión entre sueño y vigilia. Bon se sometió a nueve sesiones de ketamina para tratar una depresión, y de esa experiencia parecen surgir algunas de las imágenes más desplazadas del álbum, aquellas en las que la realidad deja de avanzar de forma lineal y empieza a funcionar por asociaciones. En 'Am I in a Dream', esa sensación alcanza uno de sus puntos más claros porque el desconcierto deja de ser únicamente interior. Mientras Bon enumera conversaciones con amigos, la voz de Ella Williams insiste en que la casa arde y que la ciudad está en llamas. La contradicción resulta especialmente significativa. La vida cotidiana puede continuar con cierta tranquilidad en el valle del Hudson mientras, al mismo tiempo, el mundo exterior se incendia. Por eso la duda sobre lo que se está viendo o escuchando adquiere una dimensión mayor. Ya no se trata únicamente de distinguir entre sueño y vigilia, sino de decidir qué realidad merece nuestra atención cuando todas parecen suceder a la vez.
A partir de ahí, la naturaleza funciona simultáneamente como lugar en el que perderse amablemente y como amenaza. En 'Monster', alguien camina por la nieve mientras contempla ciudades hundirse, de modo que el paisaje abierto deja de ser necesariamente un lugar seguro. En 'Something True', en cambio, la casa familiar concentra objetos y espacios cargados de pasado. El armario donde se fumaba, la puerta que se cruzaba a medianoche y los rincones asociados a una relación que empieza a desaparecer. Así, lo exterior y lo doméstico terminan reflejándose. El mundo puede arder mientras una vida aparentemente tranquila continúa, pero también una casa puede conservar las huellas de algo que ya no existe. En ambos casos, la percepción se convierte en el terreno donde se libra el conflicto y donde Bon intenta distinguir entre aquello que permanece y aquello que está a punto de desaparecer.
Por eso 'Pelorus' resulta un cierre especialmente adecuado. La canción toma su nombre de un río de Tolkien y recoge una orden de Aragorn. Bajar la espada porque ya no queda nadie contra quien luchar. Después de un disco atravesado por la sospecha, el miedo y la necesidad de interpretar constantemente lo que ocurre alrededor, esa imagen introduce otra posibilidad. Dejar de combatir por un instante. Sobre guitarras que brillan como luz sobre el agua, la banda encuentra una quietud que hasta entonces había aparecido de forma intermitente y permite que el álbum respire antes de terminar.
Lo que sostiene este trabajo, en definitiva, es la convivencia de esas fuerzas aparentemente incompatibles. Bon y Albert observan el desastre sin apartar los ojos, pero al mismo tiempo reivindican el derecho a cantar con ganas, a grabar con amigos y a disfrutar de aquello que todavía permanece al alcance. La convalecencia de Bon, lejos de convertirse únicamente en el centro narrativo del disco, termina condicionando una forma distinta de relacionarse con la música. Estar presentes, compartir el espacio y asumir que cada canción también puede ser una celebración de la posibilidad de hacerla. A lo largo de catorce canciones, el álbum oscila así entre el miedo y el juego, entre la sospecha y el cariño, entre la amenaza exterior y el comfort de una habitación llena de músicos. Su dicha no ignora lo que cuesta estar vivo. Precisamente por eso tiene sentido que, frente a todo lo que podría silenciarla, elija sonar.
Conclusión
Babehoven convierten 'I See Them, I See Me' en un canto a la mirada compartida, donde ver al otro y verse a uno mismo abre un espacio de encuentro y cuidado.

