Cine y series

Vivir la tierra

Huo Meng

2025



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La aldea china que retrata 'Vivir la tierra' permanece anclada en unas coordenadas temporales muy concretas, las de 1991, aunque el cineasta Huo Meng evita cualquier subrayado histórico que pudiera desviar la atención hacia el acontecimiento puntual. El realizador, que ya había llamado la atención con su primera obra, prefiere ahora desplegar un relato de vocación coral donde el paso de las estaciones ordena los acontecimientos y donde la mirada de un niño de diez años, Xu Chuang, sirve de hilo conductor para asistir a los ritos que componen la existencia de una familia extensa dedicada al cultivo del trigo. La decisión de los padres del pequeño de emigrar a Shenzhen en busca de un futuro mejor lo convierte en un observador privilegiado de las costumbres que todavía gobiernan el pueblo, aunque también en un testigo de las primeras grietas que el progreso comienza a abrir en ese modo de vida centenario. Huo Meng construye su relato con una paciencia que nunca deriva en lentitud, porque cada secuencia acumula pequeños conflictos que revelan la fragilidad de unos lazos que se tensan ante la escasez y la falta de perspectivas.

La cámara, manejada por Guo Daming, prefiere los planos generales que integran a los personajes en el paisaje, pero también se acerca a los rostros cuando la emoción amenaza con desbordar la contención que impone la rutina. El director demuestra un dominio notable del tempo narrativo, pues consigue que el espectador perciba el peso de las horas de trabajo en el campo sin necesidad de subrayar el esfuerzo con primeros planos demasiado insistentes. La elección de rodar en la provincia de Henan, con actores locales que hablan el dialecto de la zona, aporta una verosimilitud que refuerza la impresión de estar ante un documento etnográfico, aunque la puesta en escena nunca renuncia a una cierta elegancia formal que distancia el film del mero realismo costumbrista. El guion, escrito por el propio Huo Meng, evita los grandes giros dramáticos y prefiere acumular pequeños incidentes que, sumados, dibujan el retrato de una comunidad que se enfrenta a la desaparición de sus señas de identidad. La banda sonora de Wan Jianguo apenas interviene en los momentos clave, pero cuando lo hace subraya con acierto la solemnidad de los funerales o la extrañeza que provoca la llegada de un tractor, ese artefacto que simboliza el fin de una era y que los campesinos contemplan con desconfianza. El realizador maneja con inteligencia el contraste entre la vida colectiva, donde las decisiones se toman en asamblea familiar, y la soledad de aquellos personajes que, como la joven Xiuying, ven cómo sus deseos quedan subordinados a la necesidad de preservar el equilibrio del clan.

La presión demográfica y las políticas de control de natalidad atraviesan la trama de manera explícita, porque el régimen de un solo hijo por familia se convierte en una amenaza constante para las mujeres que esperan un tercer vástago, como ocurre con una de las tías del protagonista. El cineasta muestra sin ambages las inspecciones médicas a las que son sometidas las campesinas, una intromisión estatal que revela hasta qué punto la vida privada queda expuesta al escrutinio de las autoridades locales. La boda de Xiuying, arreglada para salvar a su hermana de una multa onerosa, se presenta como una ceremonia ruidosa y colorida que esconde una derrota íntima, porque la joven sacrifica sus aspiraciones románticas en el altar de la supervivencia familiar. Huo Meng retrata con claridad la jerarquía patriarcal que rige las relaciones dentro de la aldea, donde las decisiones sobre el matrimonio o la herencia recaen en los varones de más edad, mientras que las mujeres, incluso las más lúcidas como la bisabuela Li Wang, deben conformarse con ejercer una influencia indirecta a través de la palabra o el reproche. La figura del tío Tuanjie encarna la autoridad masculina que se ejerce con dureza, aunque también con una cierta torpeza que revela la incapacidad de esos hombres para adaptarse a un mundo que cambia sin pedir permiso.

El realizador no idealiza la tradición ni la condena, sino que muestra sus contradicciones a través de episodios cotidianos, como el trato que recibe Jihua, el primo con discapacidad intelectual, cuya existencia oscila entre la compasión y el desprecio, entre los cuidados de su madre y las palizas que recibe de su propio padre cuando la paciencia se agota. La escuela, ese espacio que debería representar la promesa de un porvenir diferente, se convierte en un escenario de humillación para Chuang, que sufre el acoso de sus compañeros y la indiferencia de unos maestros más preocupados por recaudar el trigo que los alumnos deben entregar como parte de su formación. El cineasta muestra con crudeza los rituales funerarios que jalonan el año, desde la exhumación de los huesos del bisabuelo hasta el sepelio de la anciana que muere después de una larga vida de trabajo, y en esas ceremonias se percibe la pervivencia de unas creencias que mezclan el culto a los ancestros con una resignación estoica ante la muerte. La radio que anuncia la caída de la Unión Soviética o la guerra del Golfo apenas altera la rutina de unos campesinos que escuchan esas noticias como si llegaran de otro planeta, pero Huo Meng establece una conexión sutil entre esos acontecimientos lejanos y la transformación que se avecina, porque el fin del bloque comunista anuncia también el fin de un cierto orden económico que había protegido a las comunidades agrarias de la competencia salvaje del mercado. La aparición de los primeros objetos modernos, como la televisión que muestra un culebrón sobre trabajadoras migrantes, provoca una fascinación ambivalente entre los aldeanos, que intuyen que esas imágenes contienen la clave de un futuro al que tal vez no tendrán acceso.

El personaje de Xu Chuang funciona como un prisma a través del cual se refractan las contradicciones de un mundo que se desvanece, porque su condición de niño dejado al cuidado de parientes le otorga una perspectiva privilegiada para observar sin participar del todo en las disputas de los adultos. La relación que mantiene con su bisabuela, esa anciana de noventa y un años que fuma y regaña sin cesar, le proporciona un anclaje afectivo en un entorno que a menudo le resulta hostil, y ambos comparten una complicidad que trasciende las diferencias generacionales. El vínculo con Xiuying, su tía joven, adquiere matices de protección mutua, porque el niño intuye la tristeza que ella oculta detrás de su aparente fortaleza, mientras que ella encuentra en él un confidente que no juzga sus deseos de escapar del destino que le han asignado. La evolución de Chuang a lo largo del año que dura la película se mide en pequeños gestos de madurez, como su decisión de entregar la carta de Xiuying al maestro del que está enamorada, un acto de lealtad que le convierte en cómplice de un amor imposible. El niño también aprende a convivir con la crueldad cuando presencia el trato que recibe Jihua, y su compasión hacia el primo maltratado revela una sensibilidad que lo diferencia de los demás muchachos de la aldea.

La enuresis que padece, y que provoca las burlas de sus compañeros, se convierte en un síntoma de su inseguridad y de su dificultad para encontrar un lugar estable en una familia que lo acoge sin llegar a considerarlo del todo suyo. El cineasta maneja con sutileza la evolución de este personaje, porque no lo convierte en un héroe ni en una víctima, sino en un testigo que asimila las lecciones de la vida rural sin perder del todo la esperanza en un porvenir diferente, aunque ese porvenir se dibuje en el horizonte con los mismos contornos borrosos que los edificios de Shenzhen que sus padres mencionan en sus cartas. La mirada de Chuang, que apenas se muestra en primeros planos, se convierte en la lente a través de la cual el espectador contempla las costumbres y los conflictos de la comunidad, y esa distancia narrativa permite que el relato adquiera una dimensión casi documental, aunque la belleza de las imágenes y la precisión de la puesta en escena revelen la mano de un artífice que controla cada encuadre.

La estructura episódica del film, que avanza con la regularidad de las estaciones, permite a Huo Meng explorar distintos aspectos de la vida aldeana sin forzar una trama principal que pudiera resultar artificial. Cada secuencia, ya sea un funeral, una boda, una pelea vecinal o una discusión familiar, aporta una pieza al mosaico de una existencia que se desarrolla bajo el signo de la necesidad y la escasez. El realizador muestra con claridad que la economía de subsistencia apenas deja margen para el ocio o la reflexión, y que cada decisión, desde el matrimonio de una hija hasta la compra de un tractor, se toma con la mirada puesta en la supervivencia colectiva. La película se convierte así en un fresco de una época y un lugar que el progreso estaba a punto de barrer, y esa vocación de crónica se ve reforzada por el cuidado puesto en la reconstrucción de los objetos y las vestimentas de la época. La llegada de los topógrafos que buscan petróleo en los campos de cultivo introduce una nota de inquietud que anticipa el conflicto entre la explotación agraria y los intereses industriales del Estado, aunque los campesinos todavía no alcanzan a comprender del todo las consecuencias de ese nuevo tipo de intrusión.

El cineasta maneja con inteligencia la ambigüedad de ese momento histórico, porque los aldeanos no son presentados como víctimas pasivas de un destino inexorable, sino como personas que intentan negociar con las autoridades y adaptarse a las nuevas circunstancias sin perder del todo su identidad. La película adquiere así un tono de elegía contenida, porque Huo Meng no se regodea en la nostalgia ni denuncia con estridencia la desaparición de un modo de vida, sino que prefiere mostrar la complejidad de unas relaciones humanas que se mantienen a flote a pesar de las adversidades. El final del film, con el tractor atascado en el barro y los miembros de la familia empujando para sacarlo, se convierte en una metáfora de esa resistencia cotidiana que define a la comunidad, aunque la cámara se aleje lentamente para recordar que esos esfuerzos individuales se inscriben en un paisaje más amplio que ya no les pertenece del todo. El cineasta deja abierta la cuestión del destino de Chuang, pero sugiere que el niño, al igual que sus parientes, tendrá que encontrar su lugar en un mundo donde la tierra deja de ser el centro de la vida para convertirse en un recurso más entre muchos otros. La obra de Huo Meng, en ese sentido, trasciende el retrato local para convertirse en una reflexión sobre el precio del progreso y la fragilidad de las comunidades que quedan atrapadas entre la tradición y la modernidad.

Crítica elaborada por Estela Schiaffino

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