Daniel Lieff asume la dirección de 'Quince días' partiendo de la novela homónima de Vítor Martins, con un guion elaborado por Vitor Brandt y Ray Tavares que traslada a la pantalla el universo de un adolescente cuya única aspiración durante las vacaciones consiste en refugiarse en sus aficiones para escapar del acoso escolar que padece. La producción de Conspiração Filmes desembarca en Netflix después de un breve paso por las salas cinematográficas, y lo hace con la responsabilidad de adaptar un material que ha funcionado como referente dentro de la literatura juvenil LGBTQIAPN+ en Brasil. Lieff construye una propuesta que evita deliberadamente los mecanismos del sufrimiento como motor narrativo, optando por una aproximación que sitúa el afecto y las pequeñas conquistas cotidianas en el centro de la experiencia adolescente. Esta decisión coloca al realizador en una posición incómoda dentro del panorama del cine queer contemporáneo, puesto que renuncia a los conflictos de gran calado que tradicionalmente han definido este tipo de relatos para abrazar una escala menor donde lo extraordinario emerge de lo aparentemente trivial.
La premisa que articula el relato resulta deliberadamente sencilla: Felipe, un joven con sobrepeso y aficiones vinculadas a la cultura pop, ve alterada su rutina estival cuando su madre acepta hospedar a Caio, el vecino del que lleva años enamorado en secreto, durante quince días. Este planteamiento, que en otras manos podría derivar hacia la comedia de enredos convencional, adquiere en el tratamiento de Lieff una densidad inusual al centrar la atención en la progresión orgánica de los vínculos afectivos. La relación entre ambos protagonistas avanza a través de conversaciones aparentemente intrascendentes y miradas que se sostienen más allá de lo necesario, construyendo una intimidad que rechaza cualquier aceleración narrativa. El realizador demuestra una comprensión precisa del tempo adolescente, esa mezcla de urgencia y timidez que caracteriza los primeros acercamientos románticos, y traslada esa ambivalencia a la puesta en escena mediante planos que privilegian el rostro de los intérpretes y los espacios domésticos como escenario principal de la acción.
La elección de Miguel Lallo y Diego Lira como protagonistas supone uno de los aciertos más notables del proyecto, especialmente considerando el extenso proceso de selección que describe el director, con más de cuatrocientos candidatos para el papel de Felipe. Lallo transmite con eficacia esa vulnerabilidad que oscila entre el deseo de pasar inadvertido y la necesidad imperiosa de ser visto, mientras que Lira construye un Caio que funciona como contrapunto luminoso sin caer en la idealización del personaje popular. La química entre ambos sostiene los momentos de mayor tensión romántica, aquellos en los que la cámara se detiene en el descubrimiento mutuo de las cicatrices que cada uno arrastra. La preparación con una coordinadora de intimidad permitió a los actores abordar las escenas de contacto físico con una precisión coreografiada que, paradójicamente, otorga mayor naturalidad al resultado final, estableciendo una distancia saludable entre la interpretación y la vivencia personal que protege a los intérpretes mientras profundiza la credibilidad de sus personajes.
La dimensión política de 'Quince días' reside precisamente en aquello que omite o minimiza. Lieff decide despojar a su historia de los elementos traumáticos que suelen acompañar las narrativas de descubrimiento sexual en el cine, especialmente cuando el protagonista presenta un físico que se aparta de los cánones hegemónicos. Esta apuesta por la ligereza como forma de resistencia supone una declaración de principios que cuestiona la necesidad de representar el sufrimiento para validar las experiencias queer en la pantalla. La presencia de Sandra, la madre de Caio, con sus actitudes homófobas, introduce el único elemento de conflicto familiar explícito, aunque su arco argumental se resuelve con una rapidez que resta contundencia a su impacto. Este tratamiento superficial de los antagonistas podría interpretarse como una concesión al tono amable que domina el conjunto, pero también como una elección consciente que rechaza otorgar espacio a la violencia cuando existen otras formas de tensión narrativa igualmente válidas. El entorno visual que envuelve la historia refuerza esta apuesta por la luminosidad, con una fotografía que baña los interiores de colores cálidos y evita cualquier estridencia que pudiera contaminar la atmósfera acogedora que Lieff pretende construir.
La adaptación del texto original plantea inevitablemente cuestiones sobre la fidelidad al material literario, aunque la película parece menos interesada en reproducir escenas concretas que en capturar el tono y la sensibilidad que convirtieron la novela en un fenómeno editorial. La duración de cien minutos permite un desarrollo pausado de las relaciones, aunque algunas subtramas familiares quedan en un segundo plano que las priva de la profundidad que merecerían. El personaje de Rita, interpretado por Débora Falabella, funciona como un soporte afectivo fundamental para Felipe, pero su arco personal apenas se esboza, dejando la sensación de que ciertas líneas narrativas podrían haber enriquecido el conjunto si hubieran recibido una atención más sostenida. Esta elección de priorizar el romance juvenil sobre los conflictos intergeneracionales responde a la naturaleza misma del material original, aunque plantea interrogantes sobre las posibilidades del relato que el filme apenas roza. La resolución de las tensiones familiares mediante cambios de actitud que ocurren con rapidez excesiva otorga al desenlace un tono de cuento de hadas que contrasta con la sutileza mostrada en otras secciones, generando un desequilibrio que el conjunto no termina de resolver del todo.
Crítica elaborada por Mario Lozano
