Sébastien Marnier construye en 'Paolo' un artefacto incómodo donde la política municipal sirve como excusa para radiografiar una pasión destructiva. La serie, estrenada en HBO Max, adapta libremente la novela 'Mimi' del propio realizador y se apoya en un reparto encabezado por Jérôme Niel y Yoann Gasiorowski. La propuesta evita el retrato convencional del arribista para centrarse en la metamorfosis de un hombre común que confunde la cercanía con la pertenencia. Marnier, conocido por 'Irréprochable' y 'L'heure de la sortie', filma con anamórfico para desajustar la realidad cotidiana y convertir los espacios en territorios hostiles. La puesta en escena renuncia al efectismo y apuesta por una tensión que se instala en los silencios, en las miradas que duran un segundo de más y en unos encuadres que oprimen a los personajes contra los bordes del plano. El resultado es un thriller psicológico de siete episodios que disecciona las fracturas sociales desde dentro, sin aspavientos y con una frialdad que resulta más perturbadora que cualquier golpe de efecto.
Paolo Da Costa transporta pianos en una localidad cercana a Reims y prepara su boda con Winnie, una existencia gris que acepta por costumbre más que por convicción. El reencuentro fortuito con Téophane Tolbiac, antiguo compañero de aula convertido en escritor laureado y candidato a la alcaldía, activa una fascinación que pronto muta en necesidad. La serie describe ese proceso con minuciosidad clínica: primero la curiosidad, después la admiración, más tarde la obsesión y finalmente una violencia sorda que lo contamina todo. Marnier evita reducir la relación a una simple lucha de clases, aunque las diferencias materiales sean evidentes. Téophane representa el éxito, el reconocimiento y una posición privilegiada que Paolo contempla desde la distancia. La trama avanza mediante gestos cotidianos que adquieren un peso creciente: una visita inesperada, un favor malinterpretado, una presencia que se vuelve asfixiante. La campaña electoral funciona como catalizador de esa deriva, mostrando cómo los rituales políticos y las hipocresías de la vida pública alimentan el deseo de pertenecer a un mundo vedado.
Jérôme Niel compone a Paolo desde la contención, alejándose de su registro cómico habitual para construir un personaje opaco, de movimientos rígidos y silencios prolongados. Su interpretación sostiene la transformación del protagonista sin recurrir a explicaciones psicológicas explícitas, dejando que el espectador intuya la fractura interna a través de detalles físicos: una mandíbula tensa, una fijeza incómoda, una respuesta que llega ligeramente desajustada. Yoann Gasiorowski encarna a Téophane con una seguridad serena que resulta tan atractiva como ambigua, alguien acostumbrado a moverse entre las convenciones sociales y que puede ocultar más de lo que muestra. La serie se nutre de esa dualidad y evita convertir a ninguno de los dos en arquetipo. Magalie Lépine-Blondeau, Guslagie Malanda y Salif Cissé completan un reparto que sostiene la tensión con precisión. La política municipal, con sus actos en salas polivalentes y sus pequeñas traiciones, proporciona un marco verosímil para explorar la dominación social, la búsqueda de reconocimiento y la manera en que la admiración puede convertirse en una fuerza corrosiva.
La dirección de Marnier trabaja la atmósfera como un personaje adicional, logrando que el malestar se extienda por cada secuencia. La fotografía anamórfica distorsiona los rostros y los espacios, creando una sensación de inestabilidad que acompaña la progresiva pérdida de control de Paolo. La banda sonora de Pyrit subraya determinados momentos con insistencia, aunque la fuerza de la puesta en escena radica en su capacidad para sugerir más de lo que muestra. La serie encuentra su mejor terreno en las zonas grises: Paolo puede resultar compasivo y monstruoso en cuestión de minutos, del mismo modo que Téophane puede ser protegido por su entorno sin ser completamente consciente de ello. La estructura de siete episodios permite que la relación entre ambos hombres se deteriore con lentitud, convirtiendo cada capítulo en una pieza de un mecanismo que avanza hacia un desenlace inevitable. 'Paolo' examina la obsesión como síntoma de una carencia más amplia, esa que conecta con las aspiraciones frustradas y los lugares que cada individuo cree merecer.
Crítica elaborada por Andrés Gómez
