Un actor encasillado por un detective de ficción arrastraba una condena profesional que define su retiro en una isla mediterránea durante la primavera de 1959, cuando un temporal aísla a los huéspedes de un hotel exclusivo y el hallazgo de una turista inglesa muerta en una habitación cerrada por dentro activa la maquinaria del enigma clásico. La miniserie 'El problema final', dirigida por un equipo que traslada a la pantalla la novela de Arturo Pérez-Reverte, se apoya en la figura de Basil, interpretado por José Coronado, para construir un artefacto de cuatro episodios que reproduce las convenciones del misterio de cuarto sellado, el círculo cerrado de sospechosos y el detective improvisado que arrastra el peso de un personaje previo. La propuesta de Netflix se presenta como un entretenimiento de fin de semana, con un reparto coral que incluye a Maribel Verdú, Martiño Rivas, María Valverde y Gonzalo de Castro, y con una traslación geográfica que mueve la acción desde un islote griego cercano a Corfú hasta unas Baleares sin identidad propia, un cambio que responde a la necesidad de justificar un elenco castellano y un rodaje en España.
La trama se sostiene sobre un mecanismo de relojería que el guion de Marisol Farré, Alberto Macías y Carlos Molinero activa con oficio, aunque sin apartarse de las reglas del género. Basil, retirado de los focos tras encarnar a Sherlock Holmes en el cine, se encuentra ante un crimen que ya no pertenece a un guion y debe emplear las deducciones que aprendió para la pantalla en un escenario donde todos los presentes son sospechosos. La muerte de Elisa Mander, inicialmente interpretada como suicidio, va revelando contradicciones y detalles menores que obligan a reconstruir los hechos, mientras el encierro forzado por la tormenta impide la llegada de nuevos personajes y delimita el abanico de posibles culpables. La serie juega con el espectador a través de conversaciones que esconden pistas, miradas que delatan tensiones y relaciones que adquieren tanto peso como las pruebas materiales, en una estructura que recuerda a los pasatiempos de salón propios de la narrativa de Agatha Christie y Arthur Conan Doyle. El personaje de Basil evoluciona desde la nostalgia de un intérprete encasillado hacia una figura que descubre los límites de su propio método, asistido por un escritor que ejerce de Watson improvisado y que aporta una mirada complementaria sobre el caso.
La dirección apuesta por una ambientación de época que resulta acartonada en la mayor parte del metraje, con una puesta en escena que prioriza la reconstrucción de los años cincuenta por encima de la creación de una atmósfera propia. El ejercicio metaliterario y metacinematográfico que Pérez-Reverte desplegaba en la novela pierde mordiente en la traslación audiovisual, donde el relato se inclina hacia lo convencional y confía el peso de la función a la presencia de intérpretes como Coronado, Verdú o Valverde. El último episodio, sin embargo, emplea con ingenio los recursos de la ambientación para cerrar el caso de una forma que recupera parte del interés perdido. Las implicaciones morales del relato se concentran en la idea de que el conocimiento libresco de un detective ficticio sirve de brújula en una situación real, aunque el guion evita extraer consecuencias sociales o políticas del encierro y de la condición de los personajes, limitándose a administrar las sospechas con eficacia.
La miniserie se dirige a los aficionados al misterio que aprecien la mentalidad juguetona del autor y la recreación del cine de los cincuenta y sesenta, pero su propuesta se queda en un divertimento que reproduce los clichés del género sin aportar una mirada personal. La figura de Basil funciona como eje de una narración que reflexiona sobre el encasillamiento artístico y la dificultad de separar la ficción de la realidad, un tema que el guion aborda con corrección pero sin sacarle todo el partido que la premisa permitía. El reparto cumple con solvencia y sostiene el interés de un relato que avanza hacia una resolución coherente con las reglas que él mismo establece, aunque la ausencia de riesgo en la puesta en escena y la fidelidad excesiva al modelo clásico limitan el alcance de una producción que aspiraba a algo más que a ser un pasatiempo doméstico.
Crítica elaborada por Mario Lozano
