Cine y series

American Horror Story: 13

Ryan Murphy, Brad Falchuk

2026



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La decimotercera entrega de la antología televisiva ideada por Ryan Murphy y Brad Falchuk se adentra en un territorio donde la mitología acumulada durante quince años se convierte en el principal motor narrativo. La temporada, titulada '13', recupera rostros emblemáticos como Jessica Lange, Sarah Paulson, Evan Peters, Angela Bassett y Kathy Bates, quienes vuelven a interpretar a personajes de etapas pretéritas para configurar un relato que funciona como un mosaico de referencias cruzadas. La propuesta parte de una idea ambiciosa: reunir a figuras de 'Murder House', 'Coven', 'Freak Show', 'Cult' y 'Apocalypse' en una única línea argumental dominada por la presencia del número trece y por la figura de un anciano llamado Mr. Nas, cuya identidad verdadera se convierte en el eje de un enigma que los guionistas dosifican con deliberada parsimonia. La dirección de Murphy y su equipo apuesta por un tono que mezcla el horror sobrenatural con el humor negro y la autoconsciencia fan, lo que genera una atmósfera donde la intriga convive con el guiño constante al espectador veterano. Esa estrategia, sin embargo, produce un efecto dual: quien conoce la serie al detalle encuentra un terreno fértil para la especulación, mientras que quien se aproxima por primera vez queda sumido en un laberinto de nombres y sucesos sin anclaje previo. La temporada se sostiene sobre un pacto implícito con la audiencia fiel, y ese pacto condiciona tanto las virtudes como las carencias del conjunto.

La trama principal sigue a Ben DeSoto, un cuidador de enfermos terminales que padece triscaidecafobia, un miedo irracional al número trece, y que tras sobrevivir a un accidente aéreo acepta un empleo nocturno en un lujoso ático neoyorquino propiedad de Mr. Nas, un hombre de ochenta y siete años con rasgos físicos inquietantes y una afición inquietante a vomitar bilis negra. Constance Langdon, el personaje que Lange interpretó en la primera temporada, ejerce como cuidadora diurna y ejerce de puente entre el pasado y el presente de la franquicia. A medida que Ben descubre que su paciente posee cola, cuernos y una conexión directa con masacres simultáneas en otros puntos del país, la serie despliega un entramado donde los muertos regresan, las brujas de Nueva Orleans perciben una amenaza inminente y un club llamado Club Hell se revela como puerta de acceso a un plano infernal. La trama avanza mediante episodios breves, de menos de treinta minutos, que priorizan la acumulación de personajes sobre el desarrollo de conflictos concretos, lo que provoca que la sensación de progreso argumental resulte intermitente. La estructura fragmentaria se apoya en la nostalgia como motor emocional, y esa dependencia del recuerdo del espectador condiciona la eficacia de cada revelación.

Los personajes que transitan por esta temporada arrastran consigo las huellas de sus etapas anteriores, y esa continuidad constituye uno de los pilares más sólidos de la propuesta. Constance Langdon conserva su lengua afilada, su politically incorrect humor y una capacidad de manipulación que Lange ejecuta con soltura, aunque el guion la obliga a repetir información en exceso, lo que lastra el ritmo de algunas secuencias. Cordelia Goode, interpretada por Paulson, asume el papel de centinela que detecta la llegada de una fuerza maligna, mientras que Madison Montgomery aporta el contrapunto cínico y descreído. Evan Peters desdobla su presencia en Tate Langdon y Kai Anderson, y esa dualidad permite explorar dos registros opuestos: la vulnerabilidad inquietante del primero y la frialdad calculadora del segundo. La incorporación de Elizabeth Short, la Dalia Negra, como figura sacrificial introduce una dimensión histórica que conecta el horror ficcional con crímenes reales, y ese gesto otorga a la temporada un poso de gravedad que trasciende el entretenimiento. La evolución de los personajes resulta limitada, pues la mayoría actúa como pieza de un mecanismo coral que prioriza el ensamblaje sobre la transformación individual.

Las implicaciones morales y sociales de '13' se articulan en torno a la idea de sacrificio y redención. Constance sostiene que sus hijos están vivos y prosperan, lo que contradice el destino trágico que conocimos en temporadas anteriores, y esa mentira piadosa sugiere una reflexión sobre la culpa materna y la necesidad de reescribir el pasado. La presencia de Mr. Nas como figura demoníaca que se alimenta de muertes violentas remite a una crítica del poder absoluto y de la devoción ciega que genera, y esa lectura política adquiere relieve cuando se observa que sus cuidadores lo veneran como si de una deidad se tratase. La temporada también explora la idea de comunidad a través de las brujas de 'Coven', cuyo vínculo se presenta como un contrapeso a la soledad de Ben y a la disfuncionalidad de los Langdon. El tratamiento del fan service como estrategia narrativa plantea una cuestión sobre la relación entre las obras y sus seguidores, pues la serie recompensa la fidelidad con guiños constantes y castiga la ignorancia con confusión. Esa dinámica convierte la temporada en un artefacto para iniciados, y esa condición limita su alcance sin restarle interés para quien acepta las reglas del juego.

La dirección de Murphy y Falchuk apuesta por una puesta en escena recargada, con decorados fastuosos, iluminación contrastada y una fotografía que subraya la sordidez de los espacios cerrados. Los episodios dirigidos por el equipo habitual de la serie mantienen un ritmo pausado en los primeros compases y aceleran en los desenlaces, lo que genera una sensación de desequilibrio estructural. La música y el diseño sonoro acompañan con eficacia los momentos de tensión, aunque en ocasiones subrayan en exceso lo que la imagen ya comunica. La decisión de dividir la temporada en episodios breves favorece la acumulación de cliffhangers, pero también provoca que algunas subtramas queden desdibujadas. La dirección de actores permite que Lange y Paulson brillen en sus respectivos registros, mientras que Pollari cumple como protagonista sin alcanzar la intensidad de sus compañeros. La temporada se presenta como un ejercicio de nostalgia que exige complicidad, y esa demanda condiciona la recepción de una propuesta que oscila entre el homenaje y la confusión.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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