Red Chillies Entertainment, la compañía productora de Shah Rukh Khan, trasladó a Netflix la posibilidad de crear un thriller judicial anclado en el polvo de Haryana, desembocando en un pacto que dio como lugar 'La Fuerza del deber'. En ella, la dirección de Pulkit, responsable del crudo retrato de 'Bhakshak', afronta aquí la figura del agente de la ley arrinconado por un sistema que castiga a quien intenta servirlo con honradez. El largometraje, titulado originalmente 'Kartavya' y estrenado a mediados de mayo de 2026, presenta a un policía local, Pawan Malik, cuya existencia se fractura entre el juramento a su uniforme y las presiones de un árbol genealógico podrido por el clasismo. La presencia de Saif Ali Khan en el papel principal proporciona un anclaje físico y verbal a un personaje que podría haber resultado arquetípico. La propuesta navega por terrenos pantanosos: la explotación sexual de menores bajo cobertura religiosa, la violencia de las asambleas aldeanas que legislan con escopetas y la dificultad de ejercer un cargo público cuando los poderes fácticos dictan sentencia. Cada uno de estos temas recibe una declaración de intenciones más que un análisis quirúrgico, pero el filme al menos se atreve a señalarlos sin edulcorantes.
La estructura narrativa divide la atención de un modo incómodo entre la investigación criminal y el drama doméstico. Pawan recibe la orden de proteger a una periodista que destapa las tropelías de Anand Shri, un líder espiritual con garras afiladas. El asesinato de la informante a los pocos minutos de su llegada arrastra al oficial a una cacería sin red. Mientras tanto, en su hogar, su hermano menor ha escapado con una joven de casta inferior, lo que activa el mecanismo de honor del progenitor, un hombre dispuesto a ejecutar a su propio hijo para limpiar una mancha imaginaria. El guion escrito por el propio Pulkit establece un paralelismo evidente: ambas tramas giran en torno a la desprotección de los débiles, ya sea un chico explotado en un ashram o una pareja de enamorados perseguida por las horcas vecinales. Sin embargo, la transición entre un conflicto y otro resulta abrupta, como si dos películas distintas lucharan por ocupar la misma hora y cuarenta y ocho minutos. La evolución de Pawan consiste en ir perdiendo piezas sucesivas de su fe en las instituciones: primero descubre que su superior encubre al gurú, después comprueba que su padre prefiere la muerte de un hijo a la deshonra, y finalmente entiende que ni su compañero de fatigas, el sargento Ashok, merece su confianza ciega.
El reparto secundario funciona como una línea de apoyo tenue. Rasika Dugal interpreta a Varsha, la esposa cuya función se reduce a escuchar lamentos y preparar tés, un desperdicio notorio para una actriz acostumbrada a papeles de mayor densidad. Sanjay Mishra, en cambio, maneja con oficio al suboficial Ashok, ese amigo leal que oculta una verdad mucho más amarga. La revelación de que Ashok entregó al joven Harpal a los esbirros del gurú constituye el momento de mayor impacto dramático, precisamente porque la traición nace del rostro más bonachón. El director Pulkit maneja con inteligencia ese instante de quiebre: el espectador asume que el mal procederá siempre del cacique religioso o del padre autoritario, pero el guion reserva la puñalada definitiva para quien parecía inofensivo. Por desgracia, esa astucia puntual no se extiende al resto del metraje, dominado por una puesta en escena funcional que evita cualquier riesgo. Las persecuciones en vehículo policial, las reuniones en comisarías con fluorescentes parpadeantes y los diálogos en los que un personaje explica al otro lo que ya sabe lastran el ritmo de un relato que aspiraba a la tensión del thriller clásico.
El tratamiento del antagonista religioso exhibe las costuras más endebles del proyecto. Saurabh Dwivedi, periodista de profesión y novel en la interpretación, se enfrenta al rol de Anand Shri con una colección de tics que pretenden transmitir amenaza: una sonrisa beatífica, un tono de voz pausado y una mano que acaricia el brazo de un adolescente mientras sus ojos prometen tormento. La dirección no acierta a dotar a esta figura de una psicología reconocible; el personaje existe únicamente como disparador de los actos violentos, un mero engranaje dentro del mecanismo argumental. El filme menciona la trata de menores y los abusos sexuales en el interior del recinto sagrado, pero apenas los muestra, prefiriendo sugerirlos a través de miradas sombrías y portazos. Esta contención, quizá impuesta por el deseo de evitar la crudeza gratuita, termina por restar urgencia a la denuncia. 'La fuerza del deber' habla de monstruos pero los mantiene a una distancia prudencial, como si temiera mancharse las manos con su propia materia. El joven Yudhvir Ahlawat, encargado de dar vida a Harpal, el muchacho obligado a apretar el gatillo, consigue transmitir el vértigo de quien sabe que su vida vale menos que el plato de comida que recibe a cambio de su silencio. Sus lágrimas, cuando rompe a llorar en el calabozo, contienen más verdad que todos los discursos moralistas del guion.
El desenlace intenta rescatar la hondura perdida mediante una última escena que merece ser comentada. Pawan, después de conocer que su propio padre ordenó el asesinato de su hermano para preservar el honor mancillado, se dirige al anciano con una pistola en la mano. El diálogo final, “en la búsqueda de mi deber, me he convertido en ti”, clausura la historia con un cinismo que el resto del filme no había preparado suficientemente. El oficial no encuentra una salida luminosa ni una catarsis redentora; sencillamente ejecuta a quien queda por ejecutar y asume su metamorfosis en aquello que detestaba. Pulkit filma ese instante con una planificación austera, sin música orquestal ni primeros planos extáticos, dejando que la parquedad de Saif Ali Khan hable por sí sola. La crítica de la violencia estructural se completa así con un gesto paradójico: la única forma de detener la cadena de asesinatos consiste en añadir otro eslabón. Quien espere una moraleja edificante o una salida honorable para el policía honrado se encontrará con un espejo empañado. El resto del metraje, sin embargo, no alcanza esa misma crudeza ni esa valentía para contradecir las reglas del género. 'La fuerza del deber' se queda en tierra de nadie: demasiado áspera para el consumo familiar y demasiado tímida para el espectador habituado a los referentes más incómodos del cine social indio, como las obras de Anubhav Sinha o el primer Prakash Jha.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
