Cine y series

El choque

Gareth Johnson

2026



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Gareth Johnson, realizador británico con una trayectoria centrada en el documental de sucesos, firma para Netflix un trabajo que examina un caso real ocurrido en Strongsville, Ohio, en 2022. La cinta reconstruye los hechos que llevaron a Mackenzie Shirilla, entonces de 17 años, a estrellar su coche contra una pared de ladrillo a 161 kilómetros por hora. En el viaje fallecieron Dominic Russo, su pareja, y Davion Flanagan, amigo de ambos. Lo que en un principio parecía un accidente trágico derivó en una investigación por homicidio premeditado. Johnson estructura el relato en tres bloques: los hechos, la instrucción policial y el juicio, intercalando material de archivo, grabaciones de la escena y testimonios de los afectados. La cámara se mantiene fría, casi clínica, y esa distancia marca el tono del metraje.

El documental disecciona la relación entre Shirilla y Russo como un vínculo asfixiante, descrito por amigos como posesivo y repleto de peleas. Las conversaciones de texto recuperadas muestran a una joven que amenaza con estrellar el vehículo si su novio la abandona. Esa amenaza se cumple una madrugada de julio, cuando el coche acelera en línea recta sin pisar el freno. Johnson no recrea el impacto de forma sensacionalista; lo muestra a través de una cámara de seguridad lejana y de las fotografías del siniestro. La verdadera violencia aparece en los datos de la caja negra: acelerador al fondo durante varios segundos, volante recto, ausencia de reflejo. El guion escupe los números con precisión quirúrgica, y el espectador asiste a la construcción de una acusación que convierte una conducta juvenil errática en un patrón de control mortal.

El retrato de Mackenzie Shirilla se dibuja mediante sus propios vídeos de TikTok y las declaraciones de su círculo. La cinta muestra a una adolescente que fuma porros delante de la cámara, se maquilla con esmero y posa con gafas de sol enormes mientras lanza insultos al aire. Ese material, presentado sin edulcorar, alimenta la teoría de la fiscalía sobre una personalidad narcisista y carente de remordimientos. Sin embargo, Johnson deja espacio para la versión de la defensa: una supuesta crisis por deshidratación y un trastorno del sistema nervioso que habría provocado un desvanecimiento al volante. El director no resuelve esa contradicción, sino que la expone con crudeza. Lo interesante es cómo el montaje yuxtapone las lágrimas de Shirilla en el estrado con los mensajes de texto donde bromea sobre la muerte semanas después del siniestro. Esa yuxtaposición genera una incomodidad constante, porque el relato no dictamina sentencia, pero la acumula ladrillo a ladrillo.

La evolución de los personajes secundarios resulta tan reveladora como la de la acusada. La madre de Shirilla, Natalie, aparece en varias entrevistas defendiendo a su hija con una fe ciega, incluso cuando se conocen los correos electrónicos en los que ambas intentan cerrar un contrato de moda mientras las víctimas aún esperan el entierro. El padre de Davion Flanagan, por el contrario, canaliza su rabia hacia la creación de una beca para estudiantes de peluquería, un gesto que Johnson filma con respeto, sin subrayados musicales. La hermana de Russo, por su parte, pronuncia frases cortas, secas, como si cada palabra le costara un esfuerzo físico. El director concede a estos dolientes el mismo tiempo que a los peritos forenses, y esa ecuanimidad convierte la cinta en un artefacto extraño: no es un alegato contra la violencia juvenil, ni un manual de prevención, sino un acta notarial del desastre.

La dirección de Johnson evita los ralentíes dramáticos y la banda sonora manipuladora. Opta por un montaje seco, donde los silencios y los planos fijos sobre los restos del coche hablan por sí mismos. El uso del bodycam de los policías aporta una autenticidad incómoda: se oyen las sirenas, las respiraciones agitadas de los agentes, el crujido de la chapa al ser cortada. Esa elección formal conecta con el trabajo de realizadores como Andrew Jarecki, aunque Johnson prescinde del narrador en off y deja que los documentos legales y las grabaciones originales lleven el peso del relato. La cinta se permite un único alarde de estilo: la repetición de la palabra “acelerador” en cuatro idiomas distintos, subtitulada sobre el silencio de la sala del tribunal. Ese momento condensa la tesis del filme: la técnica forense desnuda la mentira, pero no calma el dolor.

Las implicaciones sociales del caso trascienden los hechos particulares. 'El choque' plantea hasta qué punto una adolescente criada en la cultura de la exposición permanente puede confundir la atención con el afecto, y la posesión con el amor. La cinta también interroga la responsabilidad de los padres que financian coches potentes y no supervisan el consumo de estupefacientes. El juicio se celebró ante un juez sin jurado, y eso permite a Johnson centrarse en la letra pequeña de la ley de Ohio, donde la premeditación se deduce de la ausencia de frenada. Los abogados discuten sobre milisegundos y umbrales de toxicología, y el espectador se da cuenta de que la justicia, en este caso, funciona como una calculadora: suma evidencias, resta coartadas y divide culpas. El documental no moraliza, pero deja claro que la libertad de Shirilla depende ahora de una interpretación jurídica sobre los plazos de apelación y la existencia de un año bisiesto.

La cinta se cierra con un plano fijo de la fachada del edificio Plidco, donde el agujero del impacto ha sido reparado pero la sombra del ladrillo nuevo delata la herida. Johnson no añade texto explicativo ni datos posteriores. Deja que la imagen respire durante casi treinta segundos, y luego corte a negro. Esa elección resume la mirada del director: fría, precisa, sin concesiones al consuelo. 'El choque' no intenta hacerse querer; se limita a mostrar los restos de una relación tóxica y a preguntarse, sin decirlo, si la cultura de la validación instantánea puede acabar matando a alguien. La respuesta queda fuera de la pantalla, en manos de quien observa.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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