Cine y series

Berlín y la dama del armiño

Álex Pina

2026



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En el vasto catálogo de Netflix, las despedidas de los personajes que atrapan a la audiencia suelen llegar envueltas en un ruido promocional ensordecedor. Álex Pina y Esther Martínez Lobato, artífices de este universo que comenzó con un atraco a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, retoman las riendas de su creación para ofrecer un cierre al personaje más carismático de aquella aventura. La nueva entrega del spin-off dedicado a Andrés de Fonollosa traslada la acción a una Sevilla de postal, donde el sol abrasador y los patios de azulejos se convierten en el telón de fondo de una operación que busca más la venganza que la simple acumulación de un botín. Lejos de la planificación milimétrica de los golpes anteriores, esta tira de ocho episodios apuesta por un ritmo de persecución constante y una estética de videoclip que, a ratos, esconde la fragilidad de su propia arquitectura narrativa.

La temática central de la serie gira alrededor de un encargo envenenado que el Duque de Málaga, un coleccionista con ínfulas de grandeza, propone a la banda. El objetivo consiste en hacerse con 'La dama del armiño' de Leonardo da Vinci, pero muy pronto se revela que el cuadro es una excusa para un ajuste de cuentas más personal. El guion construye un mecanismo de dobles traiciones donde el honor entre ladrones y la obsesión por el arte chocan contra la fría codicia del poder adinerado. La trama explora la moral particular de un grupo que se considera a sí mismo como una especie de Robin Hood hedonista, aunque en esta ocasión el robo sirve para demostrar superioridad intelectual sobre un antagonista que encarna la corrupción de la élite sevillana. Las implicaciones políticas aparecen difusas, reducidas a una crítica superficial al dinero viejo y a la falta de escrúpulos de quienes acumulan patrimonio sin respetar su valor cultural.

El desarrollo de los personajes ocupa casi tanto metraje como la preparación del atraco. Berlín muestra una faceta más vulnerable, atrapado entre su ego desmedido y la aparición de Candela, una carterista con mal genio que interpreta Inma Cuesta. La química entre ambos provoca que la trama amorosa se coma gran parte de la tensión del golpe principal. Las relaciones de pareja dentro de la banda, como la crisis de Keila y Bruce o la ruptura definitiva entre Cameron y Roi, se convierten en lastres que interrumpen la fluidez del relato. El director Albert Pintó maneja una cámara inquieta que busca la inmediatez del impacto visual, utilizando fondos musicales constantes y cortes abruptos para simular una urgencia que el argumento no siempre sostiene. Esta decisión estética recuerda a la energía superficial de las producciones de Guy Ritchie, donde el estilo primaba sobre la solidez del entramado.

La evolución de los secundarios se limita a cumplir con su función de arquetipos: la experta en tecnología con dudas existenciales, el soldado leal, la joven impulsiva. La verdadera novedad reside en la construcción de Candela, un personaje que irrumpe en la pantalla con la fuerza de un vendaval y que obliga a Berlín a replantearse su aislamiento emocional. Sin embargo, esta incorporación también introduce un cliché recurrente en la ficción española para el público global: la mujer de carácter explosivo, dueña de un desparpajo folclórico y una conexión telúrica con la tierra. La dirección maneja los escenarios sevillanos como un parque temático, mostrando la Giralda, la Plaza de España y los bares de tapas con una luz de catálogo turístico que empalidece cualquier atisimo de conflicto social real en la ciudad. La serie se siente más cómoda en el artificio de los ensayos del robo que en el desarrollo de las consecuencias morales de sus actos.

La trama principal, que prometía un juego de espejos entre el ladrón y su cliente, se diluye en tramas paralelas que buscan estirar la duración hasta el límite. Los giros de guion se acumulan sin un orden interno sólido, creando una sensación de vértigo que funciona como un espejismo de profundidad. Los ocho episodios, especialmente el último que supera la hora y veinte minutos, contienen un exceso de metraje que permite divagar a los personajes sobre la necesidad de abrazar cada instante, un leitmotiv repetitivo que sustituye al desarrollo dramático. La serie se despide de Pedro Alonso con una pirotecnia visual deslumbrante, pero con un motor narrativo que patina al intentar equilibrar la acción y el sentimentalismo. 'Berlín y la dama del armiño' se consume con la misma facilidad que un capítulo de una serie de temporada estival, dejando en el paladar el regusto de una función de flamenco para turistas donde el cante jondo se ha quedado en un susurro comercial.

Crítica elaborada por Andrés Gómez

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