El true crime se ha convertido en uno de los géneros más rentables de la plataforma, e 'Instinto maternal' llega al catálogo como un ejemplo más de esa fascinación contemporánea por el mal doméstico. Dirigida por Jessica Dimmock, realizadora con una trayectoria previa en producciones como 'Thoughts & Prayers' o 'Captive Audience', este largometraje documental aborda el asesinato de Reagan Simmons-Hancock en la pequeña localidad texana de New Boston durante octubre de 2020. Dimmock construye su relato a partir de una estructura que comienza prácticamente al final de los acontecimientos, con la detención de Taylor Parker por la policía estatal, para luego retroceder y desentrañar la maraña de engaños que caracterizó la vida de la perpetradora. La elección narrativa resulta efectiva porque sitúa al espectador ante el dato más impactante desde el primer minuto, aunque ese recurso también revela cierta dependencia del golpe efectista que caracteriza a muchas producciones del género en la actualidad.
La historia que subyace a 'Instinto maternal' presenta una complejidad psicológica que trasciende el mero relato policial, adentrándose en territorios más perturbadores relacionados con la construcción de la identidad y la necesidad patológica de reconocimiento. Taylor Parker, la figura central del documental, aparece retratada como una mujer que modificaba su personalidad en función de las personas que la rodeaban, siempre con el objetivo de ocupar el centro de atención y recibir adoración. Esta caracterización, alimentada por los testimonios de antiguas amistades y conocidos, dibuja el perfil de alguien que vivía al día, cometiendo acciones sin considerar las consecuencias que para cualquier otra persona resultarían disuasorias. Parker afirmaba proceder de una familia acaudalada mientras mantenía una relación con Wade Griffin, un cazador de cerdos de una pequeña comunidad del este de Texas, y en cuestión de meses le comunicó que esperaba un hijo. El documental muestra cómo Parker exhibía su supuesta barriga en redes sociales, disfrutando de la admiración ajena mientras quienes la observaban percibían que algo no encajaba en aquella historia.
Lo que hace particularmente inquietante este caso es la progresión lógica del engaño hacia la violencia extrema, una escalada que el documental desglosa con meticulosidad aunque quizá con excesivo énfasis en los aspectos más sensacionalistas. Cuando se aproximaba la fecha del supuesto parto, Parker necesitaba encontrar una solución, y esa búsqueda la llevó a cometer un crimen que Dimmock presenta con crudeza pero sin caer en el morbo gratuito. El asesinato de Reagan, que esperaba su segunda hija, y el posterior arrancamiento del bebé mediante una cesárea improvisada constituyen el núcleo atroz sobre el que pivota todo el relato. La directora maneja con oficio la información, dosificándola para mantener el interés y evitando revelar demasiado pronto la naturaleza exacta del crimen, aunque esta estrategia pueda interpretarse como una manipulación de la expectativa del espectador más que como un respeto hacia la memoria de las víctimas.
La elección de Dimmock de centrar gran parte del metraje en la figura de Taylor Parker, sus mentiras y sus manipulaciones, plantea cuestiones éticas sobre el tratamiento del criminal en el true crime contemporáneo. Mientras el documental dedica extensos pasajes a desentrañar la personalidad de la asesina, la presencia de Reagan Simmons-Hancock y su familia ocupa un espacio secundario que resulta desproporcionado. El padre y la madre de Reagan, junto con su esposo Homer, aparecen en pantalla compartiendo su dolor, pero el tiempo concedido a sus testimonios parece insuficiente frente a la exploración casi antropológica de la mente de Parker. Esta descompensación refleja un problema estructural del género, que con frecuencia convierte a los perpetradores en protagonistas absorbentes mientras las víctimas quedan relegadas a un plano testimonial. El propio Griffin, que fue objeto de las mentiras de Parker durante meses, ofrece una perspectiva valiosa sobre cómo el engaño puede sostenerse cuando existe el deseo de creer, pero incluso su relato sirve principalmente para iluminar la psicología de la mujer que lo manipuló.
La construcción visual y sonora del documental sigue los cánones establecidos por el género, con una fotografía que alterna imágenes de archivo, reconstrucciones parciales y entrevistas frontales a los implicados. La decisión de incluir material proveniente de las redes sociales de Parker, donde posaba orgullosa con su vientre postizo, añade una capa de inquietud al retratar la performatividad de la mentira en la era digital. Sin embargo, el montaje resulta convencional y carece de la audacia formal que caracteriza a los documentalistas más arriesgados, optando por una narrativa lineal que, aunque eficaz, no aporta nuevas perspectivas al tratamiento del crimen real en la pantalla. La banda sonora cumple su función subrayando los momentos de mayor tensión, pero recurre a los mismos códigos musicales que ya se han convertido en lugar común en este tipo de producciones, lo que resta originalidad al conjunto.
El contexto social en el que se desarrollan los hechos merece una atención que el documental apenas esboza. La comunidad de New Boston, descrita como un lugar donde la confianza entre vecinos era la norma, se enfrenta al trauma de descubrir que el mal puede anidar en el corazón de alguien aparentemente ordinario. Parker logró durante meses engañar a quienes la rodeaban porque nadie quería creer que una mujer pudiera fingir un embarazo con tanta elaboración. Los testimonios recogidos por Dimmock revelan que varias personas sintieron intuiciones o sospechas, pero callaron por educación o por miedo a entrometerse en la vida privada ajena. Ese silencio colectivo, ese respeto mal entendido hacia la intimidad, se convierte en uno de los temas secundarios más inquietantes del documental, porque sugiere que la tragedia podría haber sido evitada si alguien hubiera alzado la voz con suficiente firmeza.
El tratamiento de la salud mental en 'Instinto maternal' resulta especialmente problemático, porque el documental nunca aborda explícitamente la posible existencia de un trastorno psicológico en Parker, dejando que el espectador extraiga sus propias conclusiones sin proporcionar herramientas diagnósticas o perspectivas clínicas. Esta omisión puede interpretarse como una decisión responsable para evitar el sensacionalismo psiquiátrico, pero también como una evasión de la complejidad que subyace a acciones tan aberrantes. La ausencia de expertos que contextualicen el comportamiento de la asesina convierte el retrato en algo más superficial de lo que podría haber sido, reduciendo la explicación a una cuestión de personalidad narcisista sin profundizar en las causas que llevaron a Parker a construir una realidad paralela tan elaborada. Esta carencia de análisis psicológico resta profundidad a un caso que, por su propia naturaleza, exigía una mirada más atenta a los mecanismos mentales que permiten que la ficción personal anule por completo la percepción de la realidad.
La duración del documental, cercana a los noventa minutos, resulta adecuada para el desarrollo de los acontecimientos, aunque ciertos pasajes dedicados a las mentiras previas de Parker podrían haberse condensado para dar más espacio a las consecuencias del crimen. El momento en que se revela la naturaleza exacta del asesinato, cerca del final del metraje, produce el impacto buscado, pero también revela una estrategia de ocultación informativa que podría considerarse manipuladora. La directora parece consciente de que la crudeza del hecho central necesita ser dosificada para mantener el interés, pero al hacerlo sacrifica parte de la veracidad documental en favor del efectismo narrativo. Esta tensión entre el deber informativo y la necesidad de mantener la atención del espectador constituye el dilema ético fundamental del true crime, y 'Instinto maternal' transita por ese terreno sin resolver la contradicción, limitándose a recorrer los caminos ya trazados por otras producciones similares. La decisión de Dimmock de priorizar el relato de la mentira frente al del duelo deja un regusto incómodo, porque convierte el sufrimiento ajeno en un mecanismo de suspenso mientras las víctimas reales ocupan un segundo plano del que difícilmente pueden salir.
Crítica elaborada por Mario Lozano
