Pete Ohs, cineasta estadounidense afincado en Polonia, firma su cuarta propuesta fílmica con un método de trabajo que convierte la escritura en un proceso colectivo junto al reparto. Esta colaboración abierta, que el director denomina 'collaboradoodle', otorga a los intérpretes la condición de coautores y moldea un relato que transcurre durante setenta y un minutos en los márgenes de Varsovia. La ciudad polaca se transforma en un escenario donde tres viajeros y una habitante local entrecruzan sus trayectorias durante unos días que deberían haber sido unas vacaciones convencionales. La irrupción de un volcán en erupción retiene a la pareja protagonista más tiempo del previsto y desencadena una serie de acontecimientos que alteran la naturaleza de sus vínculos. Ohs filma con una economía de medios que recuerda al cine independiente estadounidense de los noventa, pero incorpora una voz en off en polaco que funciona como narrador omnisciente y confiere al conjunto un aire de fábula contemporánea.
Bethany y Rob llegan desde Londres con planes desiguales. Él guarda un anillo en el bolsillo y ha organizado cada comida, cada paseo y cada reserva con la precisión de quien ansía controlar el entorno para que todo salga conforme a lo proyectado. Ella camina a su lado con una distancia que las imágenes capturan sin necesidad de diálogos. La cámara de Ohs se detiene en sus hombros encogidos, en su mirada que se desvía hacia las ventanas de los edificios, en sus dedos que juegan con el teléfono mientras Rob habla de restaurantes. Cuando Bethany abandona la cama para dirigirse al piso de Nel, la película activa un mecanismo de fuga que se repetirá a lo largo del metraje. La florista polaca, interpretada por Lena Góra, representa para Bethany una versión anterior de sí misma, aquella que conocía en viajes escolares y noches de excesos. Pero Nel también ha cambiado, mantiene una relación intermitente con Ula y atiende su negocio con una rutina que la ancla a la realidad cotidiana. El reencuentro despierta en ambas la memoria de encuentros pasados que coincidían con erupciones volcánicas, una casualidad que ellas interpretan como un designio del universo.
La película construye su tensión alrededor de la indiferencia de los fenómenos naturales frente a los dramas humanos. Los volcanes estallan sin atender a las crisis sentimentales de los personajes, y esa desconexión entre la escala geológica y la pequeñez de las relaciones personales constituye el eje sobre el que Ohs articula su relato. Bethany atribuye a la naturaleza una intención que esta carece, convirtiendo una coincidencia meteorológica en una señal que justifica sus decisiones. Esta lectura errónea del azar revela un rasgo de su personalidad que la película examina con distancia crítica: la tendencia a proyectar significados grandiosos sobre acontecimientos fortuitos. Rob, por su parte, observa el comportamiento de su pareja sin comprender las razones de su frialdad, y su desconcierto se manifiesta en mensajes de voz cada vez más desalentados que ella escucha sin responder. El personaje de Jeremy O. Harris, Claude, un pintor estadounidense instalado en Varsovia, funciona como catalizador de las conversaciones sobre el azar y la pertenencia, y su presencia en la trama introduce reflexiones sobre el extrañamiento que produce vivir en un país ajeno.
Ohs despliega un estilo visual que prescinde de los grandes planos para centrarse en primeros términos que capturan las vacilaciones de los personajes. La fotografía, obra del propio director, convierte los espacios interiores en lugares de tránsito donde los personajes esperan, beben o conversan sin llegar a ningún destino claro. La narración en off, pronunciada por Jacek Zubiel, aporta un contrapunto irónico a las acciones de Bethany, describiendo sus pensamientos con un tono que oscila entre la complicidad y la distancia. Esta estrategia narrativa, que Ohs toma prestada del cine de la Nueva Ola francesa, subraya la artificiosidad del relato y recuerda al espectador que está observando una construcción, no un documento realista. Los planos de Varsovia muestran una ciudad de hormigón y graffiti, alejada de las postales turísticas, donde los personajes se mueven como figuras que no terminan de encajar en el paisaje.
El conflicto central de la película radica en la imposibilidad de recuperar versiones pasadas de uno mismo. Bethany busca en Nel una identidad que cree haber perdido, la de una joven impulsiva que vivía sin ataduras. Pero cada reencuentro confirma que ambas han envejecido, que sus vidas han tomado rumbos distintos y que la complicidad de antaño no puede replicarse en el presente. Nel comprende esta verdad antes que Bethany, y su actitud oscila entre la acogida afectuosa y la reserva de quien sabe que la intensidad de aquellos encuentros juveniles pertenece a otra época. Rob, ajeno a esta dinámica, intenta aferrarse a un plan que su novia sabotea de forma pasiva, cancelando reservas o desapareciendo en medio de la noche. La película muestra con precisión la asimetría de sus deseos: él quiere sellar un compromiso formal, ella quiere mantener abiertas todas las posibilidades. Esa disparidad genera un malentendido que la cinta no resuelve con estallidos melodramáticos, sino con el reconocimiento silencioso de que cada personaje necesita avanzar por caminos separados.
Charli XCX interpreta a Bethany con una contención que contradice su imagen pública de estrella del pop. Su trabajo actoral se basa en los pequeños gestos, en la manera de apartar la mirada o de inclinar la cabeza cuando suena el teléfono de Rob. La cantante británica no intenta robar el foco de la película, y su presencia se integra en el conjunto sin que la cinta se convierta en un vehículo para su carisma. Esta elección, consciente por parte de Ohs, permite que el relato conserve su tono de estudio de personajes más que de lucimiento individual. Lena Góra, por su parte, aporta a Nel una solidez que contrarresta la evasión constante de Bethany, y su interpretación sugiere una madurez que la protagonista todavía no ha alcanzado. Will Madden encarna a Rob con una vulnerabilidad que evita caer en la caricatura del novio abandonado, mostrando a un hombre cuyo principal defecto consiste en no haber entendido a la mujer que ama.
La decisión de Ohs de rodar de forma cronológica y con un guion abierto a las aportaciones del reparto impregna la película de una frescura que a veces deriva en cierta ligereza estructural. Las escenas se suceden sin un desarrollo dramático marcado, y los momentos de mayor intensidad, como la recitación del poema de Byron por parte de Bethany, conviven con secuencias de conversaciones banales que podrían haber sido podadas en el montaje. El director opta por una duración breve que impide que esta dispersión se convierta en un problema, aunque algunos personajes secundarios, como Ula o la hermana de Nel, permanecen en un segundo plano que la película no termina de desarrollar. La voz en off, que al principio funciona como un recurso eficaz para compensar la parquedad de los diálogos, se vuelve redundante en ciertos pasajes donde las imágenes ya han transmitido la información que el narrador repite.
La película aborda, sin proclamarlo, la dificultad de conciliar el deseo de libertad con la necesidad de estabilidad. Bethany rechaza el matrimonio no por una oposición ideológica al compromiso, sino porque intuye que aceptar la propuesta de Rob significaría clausurar una parte de sí misma que todavía quiere explorar. Su fuga hacia Nel representa más una huida de la domesticidad que una elección amorosa, y la cinta sugiere que esa búsqueda de una intensidad perdida termina chocando con la realidad de que los años han transformado a ambas mujeres. El personaje de Nel encarna esa contradicción: acoge a Bethany porque valora su amistad, pero también mantiene una relación con Ula que demuestra que la vida sigue su curso incluso cuando la amiga londinense no está presente. La película reconoce que el deseo de detener el tiempo para recuperar una versión juvenil de uno mismo es una ilusión que la madurez termina disipando.
Ohs construye un relato que oscila entre la comedia de costumbres y el drama de relaciones, y el resultado queda en un territorio intermedio que agradará a quienes busquen un cine de observación más que de acción. La decisión de mantener la erupción volcánica fuera de plano, solo mencionada por los personajes y por la narración, subraya la distancia entre el cataclismo geológico y el pequeño desastre afectivo que vive la pareja. Esa elección formal refuerza la tesis de la película sobre la indiferencia de la naturaleza frente a las preocupaciones humanas, y conecta con una tradición cinematográfica que ha explorado la desconexión entre el paisaje y los sentimientos de los personajes. La ciudad de Varsovia, con sus bloques de viviendas y sus bares subterráneos, se convierte en un escenario que no juzga ni consuela, simplemente existe como telón de fondo de una historia de desencuentros.
Crítica elaborada por Estela Schiaffino
