Cine y series

Dulce sabor a muerte

Eli Roth

2026



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Eli Roth ha dedicado dos décadas a intentar llevar a la pantalla esta historia de un vendedor ambulante de helados que convierte a los niños en asesinos despiadados. El cineasta, conocido por su predilección por el gore extremo en títulos como 'Hostel' o 'Cabin Fever', ha fundado su propia distribuidora, The Horror Section, para estrenar un largometraje que ninguna gran compañía quiso financiar. El resultado se presenta sin clasificación por edades, lo que ya advierte sobre la naturaleza de un producto que aspira a recuperar el espíritu de las películas de explotación de los setenta. Roth, que también interpreta un papel secundario, demuestra que su obsesión por los efectos prácticos y las mutilaciones sangrientas sigue intacta, aunque esta vez el contexto parece especialmente problemático por la edad de los protagonistas. El director estadounidense, cuyas obras anteriores ya habían provocado polémica por su tratamiento de la violencia, aquí lleva sus inquietudes creativas hacia un terreno donde el humor negro y el terror más visceral compiten por dominar la narrativa.

El argumento se desarrolla en Bayleen Bay, una comunidad que respira la atmósfera idealizada de los cuadros de Norman Rockwell, donde los días transcurren entre partidos de béisbol y tardes soleadas. La llegada de un camión de helados conducido por un hombre de sonrisa perpetua y aspecto inquietante, interpretado por Ari Millen, altera por completo la tranquilidad del lugar. Sus productos, con nombres tan sugerentes como Lamerón de Langosta o Remolino de Serpiente, contienen una sustancia que transforma a los menores en criaturas zombificadas con los labios manchados de colores artificiales. Lo que sigue es una carnicería sistemática donde los pequeños, ahora desprovistos de toda empatía, ejecutan a sus padres y maestros con una creatividad macabra que utiliza herramientas domésticas, electrodomésticos e incluso objetos escolares. El vendedor, que apenas pronuncia palabra, actúa como un flautista de Hamelín moderno, observando con satisfacción cómo sus engendros siembran el caos sin ensuciarse las manos directamente. La premisa, que podría haber servido para una sátira social afilada, se queda en un ejercicio de estilo donde la excusa argumental resulta secundaria frente al despliegue de efectos especiales.

La estructura narrativa se sostiene sobre un grupo reducido de supervivientes, encabezado por Jared, un niño con intolerancia a la lactosa que, paradójicamente, su condición digestiva lo convierte en el único capaz de resistir el embrujo. Su hermana Lizzie, una adolescente preocupada por su popularidad en redes sociales, y otros compañeros de clase conforman el bando de los no contaminados, aunque sus personalidades apenas se dibujan más allá de rasgos superficiales. El guion, coescrito por Roth y Noah Belson, introduce una subtrama sobre una maldición familiar vinculada al pasado del pueblo, pero la revelación llega tan tarde y con tan poca convicción que resulta difícil tomarla en serio. La película dedica sus esfuerzos a coreografiar asesinatos cada vez más extravagantes, desde decapitaciones con sierras de mano hasta extracciones cerebrales con sacabolas, mientras los adultos caen con una estupidez que roza el absurdo. Los niños infectados, que muestran una alegría perturbadora mientras cometen sus atrocidades, representan una versión retorcida de la inocencia perdida, aunque el filme nunca profundiza en las implicaciones de esa transformación, prefiriendo el impacto visual a cualquier reflexión sustancial.

Las implicaciones morales que subyacen a esta premisa resultan especialmente incómodas al considerar la edad de los personajes principales. Roth parece consciente del escándalo potencial y utiliza el humor como escudo, pero la estrategia se revela insuficiente cuando la repetición de los gags sangrientos anula cualquier efecto cómico. La película plantea, aunque sin desarrollarlo, una crítica a la educación autoritaria y al abuso de poder institucional, especialmente en una escena donde un sacerdote explica el origen sobrenatural del vengador, relacionado con un escándalo de abusos en la iglesia católica. Sin embargo, esta referencia a temas delicados se diluye en el torrente de vísceras y extremidades cercenadas, dejando la sensación de que Roth utiliza asuntos graves como mera coartada para justificar su festival de brutalidad. La decisión de convertir a los niños en verdugos y a los adultos en víctimas indefensas invierte los roles tradicionales del género, pero el director desaprovecha esta oportunidad para examinar las dinámicas de poder familiar o la transmisión intergeneracional de la violencia. En lugar de eso, prefiere acumular cadáveres hasta que el espectador pierde la cuenta y, con ella, cualquier interés por lo que pueda ocurrir.

Millen, cuyo trabajo en 'Orphan Black' demostró su capacidad para personajes complejos, aquí se ve reducido a una presencia estática que se limita a sonreír y repartir helados mientras sus criaturas hacen el trabajo sucio. El actor canadiense compone una figura inquietante, pero la falta de diálogos y la ausencia de motivaciones claras lo convierten en un antagonista olvidable, muy lejos de los villanos icónicos que han marcado la historia del terror. Roth, que se reserva un papel como el padre de los protagonistas, ofrece una interpretación que bordea la caricatura, con frases que pretenden ser ingeniosas pero que caen en el terreno del humor involuntario. El reparto infantil, encabezado por Charlie Zeltzer, cumple con las exigencias físicas de las escenas de acción, aunque sus limitaciones actoriales se hacen evidentes en los momentos que requieren matices dramáticos. La química entre los jóvenes supervivientes resulta aceptable, pero el guion no les proporciona material suficiente para construir personajes memorables, reduciéndolos a arquetipos funcionales dentro del engranaje de la matanza.

La dirección de Roth se caracteriza por un uso generoso de los planos detalle que enfatizan la textura de las heridas y la consistencia de los fluidos corporales, una elección que revela su admiración por el cine de género más extremo. El realizador demuestra habilidad técnica al coordinar secuencias complejas donde múltiples personajes ejecutan acciones violentas simultáneamente, pero esa pericia se desperdicia en un contexto narrativo que avanza a trompicones. La fotografía, con su paleta de colores vivos y luminosidad artificial, contrasta con la oscuridad temática del argumento, creando una disonancia que podría interpretarse como ironía visual pero que termina resultando desconcertante. La banda sonora, que incluye una canción interpretada por Snoop Dogg durante los créditos finales, intenta insuflar energía a un conjunto que se agota antes de llegar a su ecuador. Roth maneja el ritmo con altibajos, alternando momentos de frenesí sanguinario con pausas donde la exposición argumental se vuelve tediosa, sin lograr mantener un tono coherente que justifique sus excesos.

El tratamiento de los niños como agentes activos de la violencia plantea cuestiones sobre los límites éticos del entretenimiento, especialmente cuando el filme parece regodearse en el sufrimiento de figuras parentales y educativas que, aunque estereotipadas, representan la autoridad contra la que los jóvenes se rebelan. La película sugiere una analogía entre la contaminación de los helados y la influencia corruptora de los medios de comunicación o el consumo de sustancias, pero abandona esta línea de pensamiento tan pronto como la introduce. El supuesto mensaje sobre la venganza generacional y la perpetuación del trauma queda enterrado bajo una montaña de extremidades cercenadas y rostros desfigurados, lo que convierte cualquier pretensión de significado en un mero adorno superficial. Roth, que ha declarado en múltiples ocasiones su intención de recuperar la crudeza del cine de explotación, logra su objetivo en términos puramente formales, pero olvida que aquellos clásicos solían poseer una conciencia política o social que trascendía sus límites presupuestarios. 'Dulce sabor a muerte' se queda en la imitación de las formas sin comprender su espíritu, ofreciendo un espectáculo que satisface las demandas más básicas del género pero carece de la profundidad que distinguiría una obra perdurable.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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