El regreso al instituto de Elle Woods supone un viaje a la Seattle de 1995, donde la protagonista de 'Una rubia muy legal' afronta su adolescencia lejos del sol californiano. Laura Kittrell, creadora de la serie, articula ocho episodios alrededor del desarraigo geográfico y emocional que experimenta una joven acostumbrada al lujo de Beverly Hills cuando su padre, cirujano plástico, se ve envuelto en un escándalo profesional. Esta premisa, que traslada a la heredera de la comedia romántica de los 2000 a la capital del grunge, sostiene una estructura narrativa que bebe directamente del cine adolescente de los noventa, aunque con resultados desiguales.
La mudanza a la lluviosa ciudad convierte a Elle (Lexi Minetree) en un elemento discordante entre compañeros que visten franelas, escuchan Nirvana y militan en causas sociales. La serie explota este contraste visual y cultural para construir una tensión que recuerda a las comedias de instituto clásicas, donde la recién llegada debe demostrar su valía más allá de las apariencias. Sin embargo, el guion tropieza al presentar Seattle como un estereotipo monolítico, donde cada estudiante parece salido de un catálogo de la escena alternativa, lo que reduce la complejidad de un entorno que, en realidad, albergaría matices. El empeño por subrayar la oposición entre la frívola Elle y sus serios compañeros resulta tan evidente que resta sutileza a la propuesta, convirtiendo lo que podría ser una reflexión sobre la diversidad en un enfrentamiento maniqueo.
Minetree asume el peso de interpretar a una versión juvenil del icónico personaje que Reese Witherspoon convirtió en referente feminista. Su trabajo, que imita con precisión las inflexiones vocales y los gestos de su predecesora, ofrece una continuidad física que satisface a los seguidores de la franquicia, aunque esa misma fidelidad limita su capacidad para aportar una identidad propia a la adolescente. La actriz desprende energía y optimismo, cualidades que encajan con la esencia de Elle, pero la escritura de los diálogos le exige un esfuerzo constante para sostener una ingenuidad que, a ratos, resulta forzada. Los momentos en que la protagonista muestra destellos de inteligencia o perspicacia surgen con poca frecuencia, desperdiciando oportunidades para demostrar que esa aparente superficialidad oculta una mente aguda, precisamente el eje sobre el que giraba la película original.
El elenco secundario aporta capas de interés a una trama que, sin ellos, carecería de textura. June Diane Raphael, en el papel de Eva Woods, construye una madre que transita entre la frivolidad y la preocupación genuina por su hija, dotando a la relación familiar de una calidez que la serie explota en sus momentos más conseguidos. Tom Everett Scott interpreta al padre con una torpeza entrañable que, aunque funcional, queda relegada a un segundo plano ante la fuerza de los personajes femeninos. Entre los adolescentes, Chandler Kinney encarna a la antagonista con una dureza que, en los primeros episodios, parece unidimensional, para ganar profundidad conforme avanza la temporada. El difunto James Van Der Beek, en su última aparición televisiva, presta su carisma a un político local que entabla amistad con Eva, añadiendo un componente de intriga adulta que complementa las peripecias escolares.
La dirección de Pete Chatmon, Sammi Cohen y Stacie Passon maneja con soltura los códigos visuales que separan los dos mundos que habita Elle. La fotografía de Shasta Spahn y Tobias Datum oscila entre la saturación de color que envuelve a la familia Woods en California y los tonos fríos y desaturados que dominan Seattle, una elección estética que refuerza el aislamiento de la protagonista. La banda sonora, con temas de Soundgarden y Garbage en la cabecera, remite constantemente a la década en que se sitúa la acción, aunque este recurso se emplea con tal insistencia que roza la caricatura, como si la serie temiera que el espectador olvidara el contexto temporal. La decisión de estirar la historia a ocho episodios, en lugar de condensarla en un formato más breve, provoca que ciertas subtramas, como la investigación del fraude escolar, se alarguen sin justificación.
El principal problema de la serie reside en su relación con la película de 2001, a la que funciona como precuela. El arco de Elle en 'Una rubia muy legal' consistía en descubrir su capacidad para triunfar en un entorno hostil, pero esta versión adolescente ya resuelve ese conflicto al adaptarse a Seattle y desarrollar una conciencia social que la película presentaba como un aprendizaje novedoso. Esta contradicción cronológica obliga a los espectadores a elegir entre aceptar una discontinuidad narrativa o imaginar que la joven olvida sus experiencias previas al llegar a Harvard. Los guionistas intentan sortear el obstáculo mediante referencias sutiles a la trama original, como el uso del papel perfumado rosa o la aparición de Bruiser, pero estas concesiones al fan service no ocultan la tensión interna del relato.
La exploración de temas como el clasismo, el activismo estudiantil o la solidaridad femenina ocupa un lugar central en el discurso de la serie. Elle se enfrenta a compañeros que la menosprecian por su origen adinerado y su gusto por la moda, pero logra conectar con ellos al involucrarse en causas como la defensa de los trabajadores del instituto o la investigación de una malversación de fondos. Este giro hacia un compromiso social, que la sitúa como defensora de los más desfavorecidos, moderniza el personaje para un público contemporáneo, aunque el tratamiento de estas cuestiones resulta superficial. La serie plantea dilemas morales, como la delación de la secretaria que roba para ayudar a estudiantes necesitados, pero resuelve estas situaciones con una ligereza que resta gravedad a las injusticias que pretende denunciar.
La comedia, género al que pertenece la serie, aparece diluida entre las tramas dramáticas y los enredos sentimentales. Los chistes más acertados surgen del choque cultural entre Elle y sus nuevos compañeros, como cuando intenta adaptarse al gusto local adornando una camiseta de Nirvana con lentejuelas, o cuando confunde el nombre de una banda punk con una referencia a la moda. Sin embargo, estos hallazgos se alternan con diálogos planos que apenas provocan sonrisas, y la falta de un ritmo cómico sostenido convierte la visión de la serie en una experiencia irregular. Los guionistas parecen priorizar la construcción de un universo emocionalmente cálido sobre la eficacia del humor, elección que aleja la obra del tono ligero y desenfadado que definía a su predecesora.
Los personajes secundarios adolescentes, aunque cumplen funciones arquetípicas dentro del género, reciben un desarrollo que evita la mera caricatura. Dustin, el activista de espíritu libre, oculta una sensibilidad que aflora en sus interacciones con Elle, mientras que Liz, la música introvertida, experimenta una evolución que la lleva a reconocer los prejuicios que albergaba contra la recién llegada. Estas relaciones, construidas a lo largo de los episodios, ofrecen una visión de la adolescencia como un periodo de descubrimiento y superación de diferencias, aunque el resultado final peca de optimista y resuelve los conflictos con una facilidad que desentona con la complejidad real de los vínculos humanos. La serie apuesta por un final que cierra la mayoría de las tramas abiertas, aunque deja espacio para una segunda temporada que podría profundizar en las implicaciones políticas y sociales apenas esbozadas.
'Elle' se sitúa en esa franja de producciones que buscan capitalizar el éxito de franquicias consolidadas, ofreciendo a los seguidores de 'Una rubia muy legal' una oportunidad de reencontrarse con un universo familiar. Su principal virtud reside en la interpretación de Minetree, que sostiene con oficio un personaje icónico, y en la química entre los miembros del reparto, que otorga calidez a escenas que, de otro modo, resultarían insulsas. Sus carencias, derivadas de una escritura que prioriza el mensaje sobre la eficacia narrativa y de una duración excesiva para una historia que apenas da para tres capítulos, lastran un proyecto que podría haber brillado con una mayor ambición formal y una confianza más firme en la inteligencia de su protagonista.
Crítica elaborada por Mario Lozano
