'Prometido el cielo' sitúa a tres mujeres subsaharianas en Túnez, un país que las recibe con recelo y hostilidad. La directora Erige Sehiri, conocida por su anterior trabajo en el terreno documental y por 'Bajo las higueras', construye un relato coral que se desarrolla en los márgenes de una sociedad que margina a quienes considera foráneos. La cinta, que abrió la sección Un Certain Regard del festival de Cannes, se aproxima a la migración intraafricana con una mirada atenta a las dinámicas de poder, género y supervivencia que atraviesan a sus protagonistas. Sehiri despliega un estilo que bebe del neorrealismo, filmando las calles de Túnez con una cámara que observa sin juzgar, capturando la cotidianidad de unas vidas que luchan por hacerse un hueco en un entorno que las empuja constantemente hacia el borde.
Marie, Naney y Jolie comparten una vivienda y un destino común de desplazamiento, aunque sus situaciones legales y personales dibujan matices distintos. Marie, interpretada por Aïssa Maïga, ejerce como pastora de una iglesia subterránea que ofrece consuelo espiritual y ayuda material a la comunidad migrante, pero su papel de guía moral choca con la precariedad de su propia existencia, dependiente de un arrendador que explota su vulnerabilidad. Naney, personaje que encarna Déborah Christelle Naney, sobrevive en la ilegalidad mediante pequeños trapicheos, mientras su anhelo de reunirse con su hija marfileña se convierte en el motor de sus acciones, a menudo temerarias. Jolie, estudiante de ingeniería con papeles en regla, representa la paradoja de quien, pese a cumplir con los requisitos legales, padece el mismo racismo estructural que sus compañeras, como evidencian los taxis que no se detienen o el acoso callejero que ambas sufren. La llegada de Kenza, una niña rescatada de un naufragio, añade una capa de fragilidad y urgencia a esta hermandad forjada en la adversidad, aunque el guion, firmado por Sehiri junto a Anna Ciennik y Malika Cécile Louati, tiende a diluir su presencia conforme avanza el metraje, desperdiciando una oportunidad narrativa que podría haber tensado aún más los lazos del grupo.
La política de hostigamiento hacia los subsaharianos, que el gobierno tunecino intensifica a lo largo del relato, se convierte en el telón de fondo que uniforma las experiencias de las tres mujeres, borrando temporalmente sus diferencias ante la amenaza común de la expulsión. Sehiri retrata con crudeza cómo el estado y ciertos sectores de la población construyen un relato de exclusión, alimentando bulos como la acusación de que los migrantes comen gatos domésticos, una calumnia que resuena con otras campañas de desinformación globales. La cinta subraya que la discriminación no distingue entre la migración económica forzosa y la movilidad por estudios, pues Jolie, a pesar de su estatus regular, enfrenta la misma violencia simbólica que Naney en los controles policiales o en el rechazo cotidiano. Esta igualdad en la desgracia, sin embargo, revela también fisuras entre las protagonistas, especialmente en torno a las estrategias de supervivencia: mientras Marie aboga por la perseverancia y la fe, Naney apuesta por la transgresión como única vía para cambiar su suerte. La película plantea, así, un conflicto tácito entre la resignación y la rebeldía, dos polos que conviven en un espacio doméstico que se convierte en fortaleza y, a la vez, en prisión.
El estilo directorial de Sehiri, heredero de su formación documental, privilegia los planos abiertos y la luz natural, otorgando a las escenas callejeras un aire de verdad que contrasta con la artificialidad de los interiores, donde las conversaciones íntimas adquieren un peso casi teatral. La música de Valentin Hadjadj subraya los momentos de tensión sin llegar a invadir el relato, mientras la fotografía de Frida Marzouk envuelve los rostros de las actrices en una paleta cálida que mitiga, apenas, la dureza de los acontecimientos. La evolución de Naney, quizás el arco más nítido, culmina en un parlamento desgarrador sobre la futilidad de su esfuerzo, una escena que condensa la tesis de la obra: la perseverancia, por sí sola, no garantiza la recompensa. La crítica hacia la iglesia de Marie, que retiene parte de las ofrendas de sus fieles, introduce una ambigüedad moral que enriquece el retrato de una comunidad donde la solidaridad y la explotación caminan a veces de la mano. No obstante, el filme cojea al tratar a Kenza como un mero catalizador inicial, perdiendo la oportunidad de explorar su trauma y su posible influencia en la dinámica grupal, lo que deja la sensación de un conjunto mayor que la suma de sus partes, pero con costuras visibles que impiden una cohesión absoluta. La directora tunecina demuestra su oficio al dosificar el ritmo y alternar los espacios cerrados con la vorágine urbana, aunque ese dominio técnico no siempre se traduce en una impronta emocional sostenida, pues el metraje de 92 minutos discurre con una fluidez que, en ocasiones, sacrifica la densidad de los conflictos planteados. El personaje de Noa, el amigo ciego de Marie, sirve como voz de la razón, aunque Sehiri carga el simbolismo de manera excesiva, aproximándose a una caracterización que roza lo folclórico y desentona con el realismo que domina el resto de la propuesta.
La construcción de la identidad migrante en África, lejos de las rutas europeas que acaparan la atención mediática, centra el discurso político de 'Prometido el cielo', un espacio donde las protagonistas negocian su pertenencia en un país que las considera ciudadanas de segunda. La película evita el maniqueísmo al mostrar a personajes tunecinos como Foued, cómplice de Naney, cuya ambigüedad refleja la complejidad de las relaciones entre autóctonos y recién llegados, lejos de la uniformidad del odio o la caridad. Las tensiones raciales y de género se entrelazan en cada encuentro, desde la negativa del taxista hasta la condescendencia del arrendador, configurando un entramado de microagresiones que la cámara de Sehiri registra con una precisión casi clínica. Esta atención al detalle, sin embargo, a veces deriva en un exceso de situaciones que, aunque verídicas, restan impulso a la trama principal, diluyendo la urgencia narrativa en favor de un retrato ambiental que, si bien valioso, lastra el ritmo de la segunda mitad del metraje. Las tres actrices principales sostienen el peso de la historia con registros diferenciados, destacando la contención de Maïga frente a la explosividad de Naney, cuyo duelo interno por la hija ausente se convierte en el eje afectivo más logrado, mientras Ky imprime a Jolie una dignidad silenciosa que contrasta con su vulnerabilidad ante el sistema.
Crítica elaborada por Emma Castillo
