El pasado tiene una forma peculiar de regresar, no como un eco distante, sino como una presencia que nunca se desvanece del todo. En ‘Ad Vitam’, esa persistencia adquiere una forma violenta, ineludible, que se infiltra en los momentos más cotidianos. ¿Qué ocurre cuando la estabilidad que hemos construido se desmorona en un instante, dejando al descubierto lo que creíamos enterrado? La película dirigida por Rodolphe Lauga no ofrece respuestas fáciles, sino que plantea preguntas que resuenan en la memoria colectiva de una sociedad obsesionada con el control y la seguridad.
Ambientada en un París que combina la frialdad del acero con la calidez de lo humano, la historia se centra en Franck Lazarev, un exmiembro del GIGN que vive intentando dejar atrás un pasado plagado de decisiones moralmente ambiguas. El secuestro de su esposa, Léo, por un grupo armado desata una cadena de eventos que lo obliga a sumergirse en un oscuro entramado de conspiraciones. Lauga no se limita a narrar una persecución física, sino que disecciona los estragos psicológicos que las lealtades rotas y los secretos estatales imprimen en sus protagonistas.
Guillaume Canet encarna a Lazarev con una intensidad contenida que evita caer en el estereotipo del héroe de acción. Su interpretación ofrece una gama de matices que refleja tanto la resolución de un hombre dispuesto a sacrificarlo todo como las fisuras de una psique al borde del colapso. Frente a él, Stéphane Caillard aporta un contrapeso emocional esencial como Léo, dotando al conflicto de un matiz más íntimo. Sin embargo, los momentos en los que se exploran sus motivaciones se sienten insuficientes en un guion que prioriza el avance de la trama sobre el desarrollo profundo de ciertos personajes secundarios.
La narrativa de ‘Ad Vitam’ avanza con el ritmo implacable de un reloj, cargada de tensión y giros inesperados. Lauga mantiene un control admirable sobre la estructura del relato, tejiendo elementos aparentemente dispares en una red de intrigas que se revela con precisión quirúrgica. Aunque algunos de los giros podrían parecer forzados, el director logra mantener al espectador en una constante sensación de incertidumbre. La película se convierte así en una reflexión sobre la fragilidad de las certezas y la naturaleza ilusoria del poder.
Visualmente, el trabajo de Christophe Brachet y Vincent Mathias en la fotografía es impecable. La cámara no solo captura la acción, sino que la transforma en una experiencia sensorial que amplifica la vulnerabilidad de los personajes. Los tonos apagados y las sombras dominan la paleta visual, reflejando el estado de ánimo sombrío de la narrativa. Por su parte, la banda sonora de Amine Bouhafa, con su minimalismo calculado, intensifica los momentos de mayor tensión sin distraer del drama central.
En el plano temático, ‘Ad Vitam’ aborda cuestiones que trascienden la acción inmediata: la relación entre la memoria personal y colectiva, la ética de los secretos de Estado, y el costo emocional de la violencia estructural. Sin sermonear, Lauga invita a una contemplación sobre la desconexión entre el deber y el deseo, planteando preguntas sobre los límites de la lealtad y la identidad.
No obstante, la película no está exenta de carencias. Aunque la dirección y la actuación principal destacan, algunos elementos del guion se sienten subdesarrollados. Los antagonistas, por ejemplo, carecen de una motivación que vaya más allá del arquetipo del villano conspirador, lo que reduce el impacto emocional de ciertas escenas clave. El resultado es un thriller que, aunque efectivo, deja espacios donde podrían haberse explorado con mayor profundidad los dilemas éticos de sus personajes.
‘Ad Vitam’ es una propuesta sólida dentro del género del thriller de acción, que combina entretenimiento con una reflexión sobre los lazos humanos y los efectos corrosivos de la violencia. Sin embargo, al intentar equilibrar sus ambiciones narrativas con las exigencias de una producción de ritmo acelerado, la película se queda a medio camino entre el espectáculo y la introspección.
