Estel Díaz, directora con trayectoria en series como 'Bienvenidos a Edén' y 'Red Flags', asume el salto al largometraje con una propuesta que sitúa el duelo juvenil en el epicentro de un espacio alternativo donde la danza y la música urbana funcionan como válvula de escape. La cineasta, que también firma el guion junto a Núria Dunjó, construye un relato que parte de la pérdida repentina de un hermano para explorar cómo la protagonista, Lola, reinterpreta su propia existencia a través del descubrimiento de un entorno que desconocía. Este espacio, denominado El Búnker, se presenta como un lugar abandonado que un grupo de jóvenes ha transformado en punto de encuentro para batallas de baile y fiestas clandestinas, y es allí donde la joven halla no solo pistas sobre la vida que llevaba su hermano Nico, sino también una comunidad que la acoge y la impulsa a retomar su relación con el movimiento.
El arco narrativo de Lola, encarnada por Zoe Bonafonte, transita por las fases del duelo con una contención que evita el melodrama, aunque el guion resuelve los conflictos internos con una celeridad que resta densidad a su evolución. La investigación sobre las circunstancias de la muerte de Nico funciona como motor inicial, pero pronto se diluye en favor de las coreografías y la integración de la protagonista en El Búnker. Allí conoce a personajes como el que interpreta Marc Soler o la cantante Ruslana, que debuta en la interpretación con un registro desenfadado y natural, y Omar Banana, cuya presencia aporta frescura al conjunto. Sin embargo, varios de estos secundarios quedan dibujados con trazos gruesos, con motivaciones que apenas se esbozan y que convierten sus historias en meros acompañamientos de la evolución de Lola, lo que provoca que el espectador desee conocer más de unos jóvenes que prometen pero que el metraje, de noventa minutos, no termina de desarrollar.
La dirección de Díaz demuestra oficio en el manejo de la puesta en escena, con una cámara que se integra en las secuencias de baile y captura la energía de las competiciones, pero esta destreza técnica no consigue ocultar la previsibilidad de un guion que transita por carriles conocidos dentro del género de drama juvenil con música. La película recurre a una estética de videoclip que resulta atractiva, con una iluminación de neones y un vestuario que apuesta por la provocación a través de prendas ajustadas y transparencias, elementos que forman parte de la identidad visual del grupo pero que también generan una imagen deliberadamente sugerente. La banda sonora, con temas de Bad Gyal, La Zowi y Mushkaa, conecta con el público al que se dirige, aunque esta selección musical, por sí sola, no logra elevar un relato que carece de la fuerza emotiva suficiente para trascender lo anecdótico.
Más allá del drama personal, la película introduce un discurso sobre la gentrificación y la apropiación de espacios urbanos por parte de grandes corporaciones, una capa temática que la directora incorpora para dotar de contenido político a la narrativa. El Búnker, como enclave ocupado y autogestionado, representa una resistencia simbólica frente a un sistema que tiende a homogeneizar y comercializar los entornos urbanos. Esta crítica anticapitalista, aunque pertinente y actual, se desarrolla con una ligereza que impide que adquiera la relevancia que merece, quedando subordinada al componente espectacular de las coreografías y las batallas de baile. Díaz, que en sus declaraciones defiende el lema de que lo político y lo festivo no están reñidos, consigue plasmar esa intención, pero el equilibrio se inclina más hacia el entretenimiento que hacia el análisis social, de modo que el mensaje político funciona como un apunte más que como un eje vertebrador del relato.
La película aborda también la salud mental adolescente, un asunto que la directora ha cuidado con asesoramiento del novelista Nando López, experto en temáticas juveniles. La muerte del hermano de Lola y el proceso de duelo que atraviesa la protagonista podrían haber ofrecido una exploración más detallada de cómo los jóvenes gestionan la pérdida cuando carecen de herramientas para procesarla. Sin embargo, el filme opta por una vía luminosa que, aunque honesta, simplifica la complejidad de un estado anímico que merecería mayor atención. El mensaje de ayuda al final de los créditos revela una conciencia por parte de la producción sobre la responsabilidad de retratar estas situaciones, pero esa intención no siempre se traduce en una representación lo suficientemente matizada de las contradicciones y las dificultades que acompañan al duelo en la adolescencia.
El reparto joven cumple con solvencia, especialmente Bonafonte, que sostiene el peso dramático con una interpretación medida y creíble, y Ruslana, cuya frescura ante la cámara sorprende para tratarse de su primer trabajo actoral. Las coreografías de Anna Macau aportan ritmo y dinamismo, y consiguen que cada secuencia de baile comunique el estado interior de los personajes, un acierto que evita que el movimiento sea un mero adorno visual. Pese a estos puntos fuertes, la película de Estel Díaz se queda en un terreno convencional, con un desarrollo argumental que avanza sin sobresaltos y unos conflictos que se resuelven con previsibilidad. El resultado es un filme que entretiene y que cumple con los códigos del género, pero que no logra incendiar la pantalla con la intensidad que su título promete, ni ofrece una mirada renovadora sobre los temas que aborda, a pesar de las buenas intenciones y el trabajo técnico que la respaldan.
Crítica elaborada por Emma Castillo
