Cine y series

El coro de Praga

Ondřej Provazník

2025



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El cine checo ha encontrado en Ondřej Provazník a un narrador atento a las fisuras del alma humana, y con 'El coro de Praga' (originalmente 'Sbormistr') el director confirma su interés por las zonas grises de la memoria y el poder. Presentada en la competición principal del festival de Karlovy Vary, la cinta se aproxima a un episodio real de abusos sexuales cometidos por el director del célebre conjunto infantil Bambini di Praga, aunque Provazník prefiere la sugerencia y la elipsis al morbo explícito. La historia se sitúa a principios de los años noventa, cuando la antigua Checoslovaquia se desprendía de su pasado comunista y miraba con ansia hacia Occidente, un contexto que el realizador aprovecha para dibujar el retrato de una sociedad en transición, donde el deseo de libertad se confunde con la vulnerabilidad de sus jóvenes promesas. La película, producida por Endorfilm y distribuida internacionalmente por Salaud Morisset, se mueve con incomodidad entre el drama psicológico y el documental de denuncia, pero logra mantener el pulso gracias a una puesta en escena que nunca renuncia a la ambigüedad moral.

La trama sigue a Karolína, una cantante de trece años que ansía formar parte de la sección de conciertos del prestigioso coro Canticella, una versión ficticia del conjunto real. Su hermana mayor, Lucie, ya ocupa un puesto en esa élite, y la rivalidad entre ambas se convierte en uno de los motores narrativos más sutiles. El choirmaster, Vít Mácha, un hombre de mirada intensa y maneras seductoras, ejerce un dominio absoluto sobre las jóvenes, y Provazník construye su personaje con una ambivalencia calculada: por un lado, el maestro es un artista exigente que busca la perfección musical, por otro, un depredador que utiliza su carisma para aislar a sus víctimas. La película se toma su tiempo para mostrar el entorno de ensayos en un remoto complejo invernal, un espacio cerrado donde las jerarquías se tensan y la lealtad entre las chicas se resquebraja. Karolína, interpretada por Kateřina Falbrová con una mezcla de timidez y deseo de aprobación, se convierte en el blanco de las burlas y la envidia de sus compañeras, mientras su hermana Lucie, encarnada por Maya Kintera, oscila entre la protección y la traición, revelando cómo el abuso corroe incluso los vínculos familiares.

El núcleo de la narración reside en la progresiva normalización del acoso dentro del coro, un proceso que Provazník filma con una frialdad casi documental. Las jóvenes llevan un registro de las miradas que Mácha les dedica, un juego infantil que esconde una conciencia temprana de la sexualización a la que están expuestas. La cinta insinúa que el abuso no es un secreto, sino un mecanismo de control conocido por todas, aunque ninguna se atreva a nombrarlo abiertamente. En este sentido, la obra reflexiona sobre la complicidad pasiva de los adultos que rodean al coro, desde los padres, que ven en el viaje a Nueva York una oportunidad única, hasta la anciana consejera que detecta señales de peligro pero elige la inacción. Provazník evita el sensacionalismo y prefiere acumular detalles aparentemente insignificantes, como una bata de baño en una habitación de una de las chicas o la insistencia del maestro en sesiones privadas, que adquieren un peso abrumador conforme avanza el metraje. La película se convierte así en un estudio sobre la complicidad social y la ceguera voluntaria, donde el silencio de las víctimas y la indiferencia de los testigos refuerzan el entramado de poder del agresor.

La puesta en escena de Provazník se caracteriza por una paleta cromática que evoca los tonos sepia y los marrones de las fotografías de la década de los ochenta, creando una atmósfera de melancolía y distanciamiento. La elección del formato de 16 milímetros dota a la imagen de una textura granulada que refuerza la sensación de estar ante un recuerdo, un pasado que se reconstruye con fisuras y silencios. El director maneja con destreza los espacios cerrados, como el sauna del hotel o las habitaciones compartidas, donde la tensión se acumula sin necesidad de diálogos explícitos. La banda sonora, compuesta por Pjoni y Aid Kid, combina arreglos corales con matices electrónicos, subrayando la dualidad entre la belleza aparente del canto y la fealdad de los actos que ocurren en su sombra. Provazník se inspira en el cine de autor europeo, y su estilo recuerda al de la directora rumana Cristian Mungiu en su manera de filmar la opresión cotidiana, aunque con un lirismo más contenido que el del realizador de '4 meses, 3 semanas y 2 días'. La cámara de Lukas Milota se mantiene a menudo en primerísimos primeros planos de los rostros de las jóvenes, capturando sus dudas y sus miedos, pero sin caer en el patetismo ni en la victimización.

El desenlace de la película, que se sitúa en una habitación de un hotel de Nueva York, es uno de los momentos más discutidos por su tratamiento de la agresión sexual. Provazník opta por mostrar el acto reflejado en un televisor, mientras la ciudad bulliciosa sigue su curso ajena al drama interior, una decisión que enfatiza la desconexión entre la violencia privada y la vida pública. Este recurso, lejos de minimizar el impacto, subraya la banalidad del mal y la impotencia de la protagonista, que queda reducida a un objeto en el engranaje de una maquinaria de abuso. La película no ofrece un cierre catártico ni una redención para Karolína, sino que concluye con un gesto de solidaridad entre las chicas, un apretón de manos que se convierte en un símbolo frágil de resistencia. Provazník parece interesado en mostrar cómo el trauma no se supera, sino que se integra en la memoria de las víctimas, y su enfoque, aunque distante, logra transmitir la complejidad de unas relaciones donde el deseo y el miedo se confunden. El filme plantea una crítica a la cultura del silencio que permitió que el caso Bambini di Praga se prolongara durante años, y lo hace sin caer en el maniqueísmo, mostrando a las propias jóvenes como cómplices involuntarias de su propio destino.

El reparto, encabezado por una Falbrová que sostiene la película con una expresividad mínima, y un Juraj Loj que otorga a su personaje una ambigüedad inquietante, contribuye a la verosimilitud del relato. Los actores jóvenes, en particular, logran transmitir la tensión de un entorno donde la competencia y la envidia son monedas corrientes, y donde la búsqueda de la aprobación adulta se convierte en una trampa. La evolución de Karolína, desde su alegría inicial por ser elegida hasta su progresivo aislamiento, está trazada con pulso firme, y su caída en desgracia se siente inevitable pero no por ello menos trágica. El guion, escrito por el propio Provazník, introduce subtramas como la del camino peligroso que las hermanas toman a diario, una metáfora de los riesgos reales que ignoran frente al peligro que tienen en casa, y que refuerza la ironía de una crianza que vigila las amenazas externas mientras ignora las internas.

Crítica elaborada por Estela Schiaffino

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