La gira ibérica de Maria Reis tuvo su parada en el ciclo Mazo Madriz. La sala Juglar resultó ser el escenario idóneo para desplegar todas las virtudes del formato en trío que la artista lisboeta adoptó tras la publicación de 'Suspiro...'. Con un buen puñado de conciertos ya a sus espaldas junto a Tomé Silva y Francisco Couto, la complicidad entre los tres músicos roza hoy la telepatía. Esa compenetración permite que cada canción respire en directo con una libertad desinhibida y que incluso aquellas piezas de las que nadie esperaba un arrebato acaben subiendo de marcha sin previo aviso. No es ninguna novedad que las raíces de Maria Reis se hunden en la distorsión. Vienen de lejos, de aquellos años en los que compartía Pega Monstro con su hermana Júlia. En esta etapa ha sabido recuperar esa vena urgente para dar forma a la dimensión más confesional de su escritura.
Su gran virtud sobre el escenario consiste en endurecer las canciones sin traicionarlas, en dejar a la vista sus costuras para que el público aprecie cómo cada instrumento vertebra el conjunto. Quedó claro desde los primeros compases de 'T-Shirt', una apertura que ya dibujaba esa media sonrisa irónica tan suya y que, bajo su apariencia ligera, va desmontando capa a capa los comportamientos que la sociedad da por sentados. El engarce con 'Balúrdio' fue impecable. Se trata de otra composición marca de la casa, una radiografía afilada de las dinámicas tóxicas que se reproducen en cualquier ámbito, por cotidiano que parezca. A medida que avanzaba la velada, la comodidad del trío se hizo cada vez más evidente. Los temas se estiraban a través de pequeños interludios que funcionaban como una toma de aire, un modo de coger impulso antes de lanzarse sobre la siguiente pieza. Así llegó la flamante 'Idílico', un adelanto que confirma que su próximo trabajo seguirá aferrado a las guitarras eléctricas. El repertorio recorrió todas sus etapas y rescató composiciones más antiguas como 'Teoria da Conspiração', que sonó revestida de un brío renovado, como si acabara de escribirse.
Merece mención aparte 'Armageddon', una de sus piezas más recientes y quizá la mejor demostración de su talento como compositora. Maria Reis no necesita estructuras enrevesadas para emocionar. Le basta con dar con el puñado exacto de acordes y dejar que sobre ellos se asienten estados de ánimo difusos, difíciles de nombrar, pero que encajan a la perfección con esa sensación tan reconocible de que el tiempo se nos escurre entre los dedos. Ya en el tramo más agitado del concierto recuperó 'Resquício', de su magnífico 'Chove na Sala, Água nos Olhos'. Las líneas de bajo sonaron rotundas, casi físicas. Ese contrapeso hizo que el carácter juguetón de la melodía brillara todavía más. Sin embargo, los momentos más frenéticos, seguramente también los ejecutados con mayor rabia, llegaron con 'Metadata' y con una 'Odeio-te' despojada de su armazón electrónico. Desnuda de esos ritmos, la canción puso en primer plano un estribillo que no deja lugar a dudas sobre sus intenciones.
Otra de las grandes sorpresas la deparó la maravillosa 'Elefante na Sala', que sonó asfixiante y sentida, atravesada de principio a fin por un grito casi ahogado que parece contener todo aquello que no se dice. Resulta fascinante su capacidad para tomar canciones de épocas estilísticas muy distintas y unificarlas bajo un sonido que por momentos coquetea abiertamente con el grunge. Maria Reis no se limita a interpretar su repertorio. Lo moldea, lo resignifica según el momento y convierte cada concierto en algo más que una simple repetición. Con la sensación de que aquello no debía terminar todavía, llegó la hora de la despedida. Lo hizo primero con las necesarias enumeraciones de 'Coisas Do Passado', que sonaron a inventario íntimo compartido con toda la sala. Después llegó 'Lobisomem', una apuesta definitiva por la distorsión para cerrar la noche por todo lo alto. Salimos de la Juglar con una certeza difícil de sacudirse, la de haber presenciado quizá el mejor de todos los conciertos que le hemos visto a una artista única e irrepetible.
