Mac DeMarco seguramente sea el superviviente con más éxito de una escena musical que ya no existe como tal. Corría el año 2012 y la publicación de '2', su segundo trabajo, llegaba en un momento en el que la estética Tumblr se adueñaba de internet, los proyectos Lo Fi abundaban y tenían muchas cosas que decir, y obtener respuesta de alguna que otra estrella del rock alternativo en MySpace era bastante factible. Aquel mundo, que hoy parece casi utópico, no solo se distinguía por el dominio de una estética musical muy concreta, sino también por unas formas de consumir y descubrir música que ahora nos resultan lejanas. No vamos a negar que buena parte de este relato y de aquellos acontecimientos estén, lógicamente, edulcorados por el paso del tiempo. Sin embargo, al final quedan los discos de aquellos años dorados, publicados por sellos como Captured Tracks, Slumberland o Woodsist, que todavía conservan intacta buena parte de su encanto. Pues bien, basta con escuchar a Mac DeMarco para recuperar con una viveza casi idéntica a la del primer día todo lo que representó aquella época. La diferencia es que ahora han cambiado tanto las dimensiones de los recintos en los que actúa como el perfil de buena parte de su público potencial.
La era TikTok ha devuelto al músico canadiense a un primer plano, dando un nuevo impulso a su más que destacado último trabajo de estudio hasta la fecha, 'Guitar'. Por el camino, Mac ha protagonizado una historia de superación de ciertos hábitos, de asimilación de la pérdida de la figura paterna y de reafirmación de una identidad musical que ha sabido conectar a la perfección con un público muy joven que no vivió el contexto en el que aparecieron sus primeros trabajos. Si a todos estos condicionantes les sumamos un directo de lo más natural, planteado con la suficiente inteligencia como para mantener la atención y el interés durante más de hora y media, obtenemos uno de los conciertos más destacados de la temporada en la capital. Arropado por una banda que sabe conservar la calidez que caracteriza sus grabaciones, pero que también es capaz de seguirle el ritmo cuando aparecen los riffs y los estribillos propios de una estrella del rock, el canadiense consiguió difuminar cualquier diferencia entre su yo del pasado y el del presente. De este modo, logró despertar nuestro lado más tierno y, al mismo tiempo, hacernos disfrutar de todos los síntomas del buen momento que atraviesa, tanto en lo personal como en lo musical.
Para situarnos en el contexto de lo que supone asistir a un concierto de Mac DeMarco en pleno 2026, nos encontramos ante un músico en plena forma, capaz de capturar toda nuestra atención con sus movimientos espasmódicos cuando se desprende de la guitarra, sus equilibrios sobre los monitores de sonido y esa entrega vocal reposada, propia de un trovador que parece recitarnos las palabras adecuadas para hacernos sentir que todo va a ir bien. Recibido con fervor y una multitud de móviles en alto, 'For the First Time' abrió una velada en la que, desde el primer instante, el público ya estaba completamente de su parte. Con un sonido que se extendía con claridad por todo el recinto, las notas de los teclados fantasmagóricos del tema parecían recorrer juguetonamente la sala, hasta detenerse para dejar paso a 'Sweeter', toda una oda a la importancia de vivir el momento. No tardaron en llegar los temas de la vieja escuela, con una 'Salad Days' que sonó más enérgica que nunca y una 'Passing Out Pieces' que conservó ese toque excéntrico con el que el canadiense nos cautivó en su día. Sin embargo, uno de los grandes méritos de la actuación llegó al defender la vertiente más calmada y baladística de su repertorio, con pasajes como 'Home' o el abrazo que supuso la dulzura de 'Heart to Heart', precedida magistralmente por 'No Other Heart'. La sucesión de ambas canciones terminó conformando una cadena de emociones casi siempre reconfortantes, de esas que parecen recordarnos que, al menos durante unos minutos, todo puede estar en su sitio.
Entre los detalles que enriquecieron la actuación, destacó la presencia de Yuki Kikuchi, que participó activamente en el entramado vocal del directo y contribuyó a reforzar esa sensación de complicidad que siempre ha caracterizado a Mac DeMarco sobre el escenario. Lo suyo sigue yendo de compartir, de no necesitar acaparar todos los focos y de dejar que sean las canciones las que marquen realmente la tónica del concierto. Tampoco podemos olvidarnos de lo risueña que suena 'Ode to Viceroy' mucho tiempo después, especialmente en un contexto en el que el músico ha dejado atrás el mundo del tabaco, ni de ese riff mágico de 'Freaking Out the Neighborhood', que se extendió hasta provocar el éxtasis entre los asistentes. En medio de todo ello, se nos conectaron de golpe todos esos motivos por los que siempre hemos seguido de cerca al canadiense, desde su particular manera de entender el humor hasta esa capacidad para convertir sus canciones en lugares a los que siempre apetece regresar.
La recta final del concierto también estuvo a la altura de lo vivido hasta entonces, alternando el aire de crooner casi americano de 'Holy' con una 'Moonlight on the River' en la que todos parecíamos flotar, suspendidos en un tiempo distinto al de la frenética actividad que suele rodear a los grandes conciertos. Todo ello terminó funcionando como una demostración de hasta qué punto la escuela de Mac DeMarco ha influido en muchos otros músicos que llegaron después, sin que eso haya restado personalidad a una propuesta que sigue siendo difícil de confundir con cualquier otra. Porque, aunque su huella resulte reconocible en buena parte de la música que vino después, hay algo en su forma de desenvolverse sobre el escenario que continúa perteneciendo exclusivamente a él. Incluso cuando se atreve a interpretar 'Human Nature', de Michael Jackson, para cerrar los bises, lo hace de forma teatral, quitándose la camiseta y luciendo palmito ante un público entregado. Un desenlace tan desenfadado como coherente con todo lo que habíamos presenciado, que nos dejó con la sensación de estar ante uno de esos músicos irrepetibles a los que siempre merece la pena acompañar. Y es que, más allá de la nostalgia por aquella escena que ayudó a definir, Mac DeMarco sigue demostrando que sus canciones tienen vida propia y que su capacidad para conectar con el público no depende de ninguna época concreta. Si algo quedó claro al abandonar el recinto, es que todavía nos quedan muchos motivos para seguir celebrando que su música siga formando parte de nuestras vidas.
