Carminho pisó el Teatro Real convertida en la fadista más internacional del momento, una figura que encarna a la perfección la nueva sensibilidad de la música tradicional portuguesa sin renunciar a sus raíces. El concierto, incluido en el festival Revolution 65 y con el aforo casi agotado, reunió a la artista y a su excelente banda —Tiago Mala, João Gomes, André Dias, Flávio César Cardoso y Juan Viviente Gómez— para un recital de dos horas en el que no sobró ni faltó nada. La puesta en escena, concebida como un recorrido por distintos climas lumínicos, sacó el máximo partido a los recursos del teatro: una gran circunferencia desplegable y unos telares que evocaban amaneceres, atardeceres o incluso un eclipse. Ese juego visual acompañó a la perfección las fases del directo, que osciló entre la fiesta popular y el lamento más hondo del fado.
Carminho habló en un español impecable y se mostró extraordinariamente comunicativa a la hora de contextualizar cada tema, con anécdotas que facilitaban la inmersión en una propuesta ya de por sí envolvente. Nada más alzarse el telón, la fadista interpretó sentada 'Balada do país que dói', el mismo corte que abre 'Eu Vou Morrer de Amor ou Resistir', y con él estableció un tono de lamento y, al mismo tiempo, de reivindicación del pasado común de Portugal. Rápidamente quedaron patentes las cualidades de sus músicos: 'Diz agora que acabou' exhibió una solemnidad que los instrumentos arrancaban con maestría y nos sumergió en una de las dos vías que propone el título del disco, la de morir de amor. Pero no tardó en abrirse la otra senda, la de la celebración, con 'Marcha de Alcántara de 1969'. Carminho explicó la importancia de los concursos de canciones en los barrios de Lisboa y la alegría de una victoria, justo la que había alcanzado aquella canción. Y con 'Lá vai Lisboa' la ciudad cobró un protagonismo distinto, mostrando esas sensaciones clásicas que despierta la urbe, pero con una mirada ligeramente distinta.

Entre la celebración y el lamento, la artista abrió un paréntesis íntimo centrado en su vivencia como madre, con la balada 'À sombra do teu cabelo', que surgió serena y recogía todo lo que despierta la mirada a un recién nacido. Tras ese paréntesis, Carminho retomó el concierto con brío gracias al tema que da nombre a su último trabajo, enfrentándonos a los distintos derroteros de la vida, todos anclados en esa disyuntiva clásica: morir de amor o resistir.
La recta final del concierto trajo consigo 'Pedra solta', una canción que invierte los roles de género en el fado y demuestra que la renovación lírica también es factible. Casi sin respiro, se despidió momentáneamente con 'Dia cinzento', un tema hermoso que capta la planitud y la pesadez de esos días grises. Pero el concierto aún tenía mucho que ofrecer: los bises fueron generosos e incluyeron 'Memoria', su colaboración con Rosalía, que se convirtió en una de las sorpresas de la noche. Y las sorpresas no acabaron ahí: cogió la guitarra eléctrica para versionar 'Estrela' en un registro que evocaba las interpretaciones más desnudas de PJ Harvey.
Tampoco faltó un guiño al escenario que la acogía, con una versión del 'Madrid' de Agustín Lara que compartió con el público, dejando claro que no quería que la noche terminase. Luego, tras ofrecernos 'Simplesmente ser' y 'Meu amor marinheiro', llegó un momento que parecía improvisado: dejó el micrófono y cantó 'As minhas penas (Fado perseguição)' a capella, logrando que el tema se oyese en cada rincón del recinto gracias a la magnífica acústica. Carminho derrochó talento y cercanía, además de una pasión desmedida por su oficio, y supo hacer del público un cómplice de esa dualidad entre el amor que destruye y el que da fuerzas, exactamente la misma que atraviesa todo su repertorio.

