La comedia española contemporánea encuentra en el entorno laboral un filón inagotable para radiografiar las tensiones sociales, y el largometraje 'Gracias, equipo' se sumerge en ese territorio con la intención de diseccionar las dinámicas de poder que se desatan cuando la estabilidad se resquebraja. Dirigida por el cineasta argentino Diego Núñez Irigoyen, quien ya había colaborado con los guionistas Cristóbal Garrido y Adolfo Valor en la serie 'La vida breve', la cinta reúne a un elenco encabezado por Alexandra Jiménez, Maribel Verdú y Pedro Casablanc para narrar las peripecias de una plantilla sometida a un retiro corporativo que esconde intenciones muy distintas a las que se anuncian en un principio. La propuesta se apoya en un humor heredero de la tradición berlanguiana, ese que retrata costumbres y arquetipos con una mirada ácida pero comprensiva, para construir un fresco sobre la precariedad, la competencia feroz y la hipocresía que anida en los discursos motivacionales de las empresas cuando los recursos escasean y las decisiones empresariales amenazan con arrasar con todo lo que encuentran a su paso.
La trama se articula en torno a Tío Mochales, una compañía quesera que antaño lideró el sector y que ahora sobrevive a duras penas mientras intenta mantener una fachada de normalidad. Olga, interpretada por Alexandra Jiménez, regresa a su puesto tras disfrutar de la baja por maternidad con la ilusión de conseguir un ascenso, pero sus planes se topan con una realidad mucho más hostil de lo que imaginaba. La directora de la firma decide organizar una convivencia rural obligatoria en el pueblo donde se fundó la empresa, presentada como una oportunidad para reforzar los valores corporativos, aunque pronto los empleados descubren que el verdadero propósito es seleccionar a quiénes van a ser despedidos mediante una competición encubierta. Ese giro convierte lo que prometía ser una escapada motivadora en un escenario donde afloran las traiciones, las filtraciones interesadas y las estrategias más mezquinas para sobrevivir a la criba. La película retrata con precisión ese ecosistema humano en el que cada personaje encarna un estereotipo reconocible: la líder que finge cercanía, el adulador profesional, el veterano que acaricia la prejubilación como tabla salvadora, el joven ambicioso dispuesto a pisotear a quien haga falta y la trabajadora que debe demostrar constantemente su valía tras ser madre, enfrentándose a una carga adicional que sus colegas varones rara vez padecen.
La dirección de Núñez Irigoyen opta por un enfoque que huye de la estilización para mostrar las miserias cotidianas con un tono casi documental, subrayando lo grotesco de las situaciones mediante recursos sencillos pero eficaces, como ese ajedrez humano en el que los empleados se convierten en peones sacrificables. Esa elección formal conecta con la tradición de sátiras laborales que prefieren la fealdad de lo real a la sofisticación estética, en la línea de propuestas como 'El método' o 'División Palermo', aunque aquí el acento se pone en la mezquindad de unos procesos de selección que exigen la pérdida de la dignidad y del respeto por uno mismo. El guion de Garrido y Valor lanza dardos en múltiples direcciones: hacia los sindicatos y hacia quienes rehúyen de ellos, hacia los gobiernos que diseñan ayudas desconectadas de la economía real, hacia los emprendedores que prometen crear empleo y terminan vendiendo el negocio a un fondo de inversión, y hacia los propios trabajadores, cuyos comportamientos resultan tan censurables como los de sus jefes. La evolución de los personajes revela que nadie queda indemne, ni siquiera Olga, cuya supuesta condición de heroína se desmorona al mostrar sus propias contradicciones y su capacidad para actuar con la misma ruindad que el resto cuando las circunstancias aprietan.
El reparto sostiene con solvencia el entramado coral, con Maribel Verdú, Pedro Casablanc, Blanca Martínez y Raúl Tejón conformando el núcleo duro de la historia, mientras Pepe Viyuela y Saturnino García aparecen en momentos puntuales que aportan un contrapunto gamberro y memorable. La película aborda así cuestiones de rabiosa actualidad como la precariedad, el lenguaje engañoso de los departamentos de recursos humanos y la dificultad de conciliar la vida laboral con la familiar, y lo hace sin renunciar a una moraleja que apunta hacia la necesidad de reforzar la protección sindical y legal de los trabajadores, como demuestra el desenlace en el que la salvación de la empresa llega de la mano de una legislación laboral más garantista. El resultado es una sátira que combina el entretenimiento con una reflexión incómoda sobre las condiciones que el sistema impone a quienes dependen de un salario, y que invita a mirar con desconfianza los discursos que pretenden disfrazar los despidos con retórica motivacional.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
