Conociendo a

Bloodsports



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La historia de este cuarteto arranca en el interior del país, con Sam Murphy y Jeremy Mock forjando los primeros acordes en Denver, donde compartieron aula universitaria y primeras maquetas. Aquel embrión, que llegó a llamarse State Fair, apenas dura seis meses antes de que ambos decidieran trasladarse al este (a Nueva York) y recomponer la formación con Liv Eriksen y Scott Hale. Ella, bajista y voz, había crecido en Austin y coincidido con Jeremy en algunas tardes de cantautor en cafeterías texanas antes de emigrar a la gran urbe. Él, un batería que llegó en 2020 y que, entre clase de álgebra para octavo grado y estudios de derecho, ya seguía la música del grupo desde la distancia gracias a un amigo común de Memphis. Esa confluencia de orígenes, que suma las llanuras de Colorado, las colinas de Texas y las orillas del Misisipi, imprime al proyecto una geografía sentimental tan variada como sus influencias musicales: Swans, Iceage, Women, Unwound y The Breeders se cruzan en sus ensayos, aunque ninguno de ellos se siente cómodo encajando en una única etiqueta. Jeremy insiste en que algunos oídos cercanos los definen como slowcore, pero Sam prefiere hablar de teatralidad, y Liv secunda esa idea recordando las conversaciones iniciales sobre bandas que convierten cada actuación en un pequeño drama. Esa dualidad entre la parsimonia hipnótica y la puesta en escena, entre la repetición mecánica y el arrebato, se convierte en la seña de identidad de un cuarteto que, pese a su corta vida, ya ha logrado una cohesión que muchos grupos tardan años en alcanzar.

El proceso creativo de Bloodsports se ha democratizado con el tiempo, pasando de ser un vehículo para las composiciones de Sam a un laboratorio donde cada miembro tiene voz y voto, aunque eso implique frecuentes disputas en la sala de ensayo. La grabación de 'Anything Can Be A Hammer' en un estudio profesional, por primera vez, supuso un salto cualitativo, ya que hasta entonces Jeremy se encargaba de la ingeniería de sonido en sus propios proyectos. Contratar a Hayden Ticehurst como productor externo liberó al guitarrista de esa doble función y permitió al grupo concentrarse en la ejecución conjunta, en mirarse a los ojos mientras las canciones tomaban forma. La pieza que da título al disco, por ejemplo, se ensambló sobre la marcha en la sala de control, con los cuatro músicos dispuestos en círculo y un intercambio de miradas que guiaba cada crescendo. Otro momento decisivo fue la inclusión de un órgano gigante que el estudio albergaba y que Jeremy defendió con lágrimas, mientras sus compañeros dudaban de su pertinencia. Finalmente, el instrumento se coló en la mezcla, y la anécdota sirvió para bautizar con ironía aquella discusión como un auténtico deporte de sangre. Liv, por su parte, asumió por primera vez la voz principal en 'Rot', un paso que sus compañeros alentaron y que añadió una nueva tesitura al paisaje vocal del álbum. Esa mezcla de obstinación y camaradería, de peleas y abrazos, se refleja en cada surco, desde la urgencia de 'Come, Dog' hasta la calma engañosa de 'A River Runs Through It', pasando por el estallido de 'Calvin' y la progresión hipnótica de 'Themes', donde la banda demuestra que sabe dosificar la tensión como pocos.

El arraigo en la escena de Brooklyn y en particular en locales como trans-pecos, TV Eye y Nightclub 101 ha sido otro pilar de su identidad, pero también su gira de dos semanas por la costa este les abrió horizontes inesperados. En Akron, Ohio, encontraron una comunidad tan cerrada como acogedora; en Chicago, compartieron cartel con Stalled y ira glass, dos bandas que se convirtieron en favoritas del grupo; en Asheville, tocaron en el legendario Static Age y conectaron con Dish, unos músicos con los que acabaron compartiendo una noche de Waffle House en Carolina del Norte. Precisamente allí, el cajero del local, que también regentaba un espacio DIY en Raleigh, los reconoció y los invitó a tocar en su próximo viaje, una muestra de cómo la red de afectos y casualidades teje el entramado de una escena que trasciende las fronteras geográficas. Esa experiencia itinerante reforzó su convicción de que la música se construye en el intercambio, no en el aislamiento, y les devolvió una calidez que no esperaban encontrar en una urbe tan vasta. Cuando llegó el momento de editar el disco, la opción natural fue confiarlo a Good English Records, un sello recién nacido gestionado por amigos íntimos, personas con las que comparten veladas en conciertos y patios de cerveza y que creen en el proyecto con la misma pasión que sus creadores. Esa decisión, que descartó otras vías más convencionales, subraya su apuesta por el vínculo personal frente a la lógica industrial, una elección coherente con la filosofía de un grupo que prefiere la complicidad al cálculo.

Sam ha confesado que 'Rosary', el único corte que identifica como canción de amor, nace de la retrospectiva de una relación rota, aunque la vida, con su ironía, haya reavivado ese vínculo después de la escritura. Ese tono agridulce, que acepta que los planes rara vez se cumplen, impregna otras piezas como 'Themes', donde la placidez inicial se tiñe de una inquietud creciente hasta estallar en un magma de guitarras, o 'Rot', que transita desde una calma hipnótica hacia un clímax de gritos y distorsión, como si la descomposición sentimental encontrara su única salida en el ruido. La banda ha trabajado los contrastes como un recurso expresivo, sabiendo que los pasajes más despojados potencian la violencia de los que vienen después y ese equilibrio se percibe tanto en las dinámicas instrumentales como en las voces, que alternan el susurro y el aullido. El cierre del disco, con la pieza homónima, lleva esa lógica al extremo: un torbellino inicial que se desmorona en un largo apéndice caótico, apenas roto por un fugaz recuerdo de la melodía principal, como si el grupo quisiera sugerir que toda construcción puede derrumbarse y que, de ese derrumbe, tal vez surja algo nuevo. Esa visión, que no rehúye la aspereza ni el desorden, convierte el álbum en un testimonio sincero de un momento de transición, donde las certezas se diluyen y solo queda la confianza en la energía colectiva, forjada en las salas de ensayo de Brooklyn y en las carreteras de medio país.

Bloodsports ha conseguido que su primer larga duración sea la crónica viva de un grupo que aprende a conocerse mientras se enfrenta a sus propias contradicciones, con nombres y lugares que anclan cada canción a una experiencia tangible. La mezcla de fragilidad y arrogancia, de silencio y estrépito, de planes trazados y desvíos inesperados, compone un retrato que trasciende lo meramente musical para adentrarse en las coordenadas afectivas de cuatro personas que decidieron compartir su azar desde Denver hasta Nueva York, pasando por Austin y Memphis. El hecho de que hayan elegido un sello de amigos, que discutan con pasión sobre un órgano o que encuentren aliados en un cajero de Waffle House no son anécdotas menores, son la prueba de que su manera de hacer música es inseparable de su manera de estar en el mundo y que cada gira, cada concierto en trans-pecos o TV Eye, cada noche de cervezas en el patio de Union Pool, alimenta un ecosistema donde la música es solo el hilo conductor de una red de relaciones más amplia. Con esa combinación, han logrado que su presentación en sociedad sea también una carta de presentación de una escena que, lejos de mirarse al ombligo, tiende puentes entre lo local y lo itinerante, entre el sudor de la sala de ensayo y la complicidad de una noche de gira y que convierte cualquier superficie, ya sea una tabla de mezclas o una mesa de Waffle House, en un posible martillo para construir su propio relato.

Bloodsports forman parte del cartel de la próxima edición del festival Mucho Flow

Tratando de escribir casi siempre sobre las cosas que me gustan.