La figura de Mark Scott al frente de villagerrr ha pasado de ser un secreto de las salas de Ohio a una propuesta que despierta curiosidad más allá de su circuito habitual, sobre todo tras el revuelo generado por 'Tear Your Heart Out'. La particularidad de su nuevo trabajo, 'Carousel', reside en un proceso de creación pausado que se extendió a lo largo de dos años, un lapso inusual para un autore que solía volcar sus canciones de forma casi inmediata. Este periodo más largo permitió que las maquetas iniciales, nacidas en la soledad de un sótano, viajaran por correo electrónico hasta llegar a manos de otros músicos amigos, cuyas aportaciones fueron remodelando la estructura original de los temas. La motivación central de este álbum no se esconde: es un intento de construir algo significativo pinchando en la burbuja de la hiperexposición digital, abriendo la puerta de par en par a la colaboración como antídoto contra la parálisis que genera la vigilancia constante y la mercantilización de todo, incluido el arte.
En 'Locket', el grupo explora la incomodidad de mostrarse tal cual se es en un entorno que castiga la ingenuidad y premia la pose calculada. Temas como el mencionado funcionan como pequeñas trincheras sonoras donde Scott repite aquello de "Don't forget / We're on a team", una declaración de principios que convierte la lealtad en un acto de rebeldía silenciosa frente a la desolación externa. La escritura de Scott evita el enrevesarse líricamente para centrarse en la fragilidad de los acuerdos cotidianos, en la dificultad de procesar lo que uno siente sin recurrir a mecanismos de defensa destructivos. 'Swimming' aborda ese aprendizaje emocional con una honestidad que roza lo incómodo, describiendo el esfuerzo por comunicar sin estallar, mientras que la base de pedal steel añade un regusto agridulce que impide cualquier deriva hacia el dramatismo. La forma de narrar de Scott es deliberadamente modesta, como quien susurra un secreto al oído de un amigo en lugar de lanzarlo desde un escenario.
El sentimiento que impregna cada surco de 'Carousel' es el de buscar siempre la precariedad de las emociones, esa que florece cuando se asume que el mundo que te rodea se tambalea. No hay épica en las canciones, solo un temblor constante que las recorre, desde el rumor de fondo de 'Gleam', donde la distorsión amenaza con tragarse la voz sin conseguirlo, hasta el vaivén melancólico de 'Virginia', cuyo arreglo de cuerda, añadido por Alice y Elliot, despeja el camino para que la emoción respire sin estorbos. La desconfianza hacia la época actual se filtra en letras que observan con lupa la sensación de futilidad, de estar actuando para una audiencia que quizá ni siquiera escucha de verdad. El álbum captura esa paradoja moderna: sentirse más expuesto que nunca mientras la vida cotidiana, la de preparar hormigón con su padre o la de los alquileres que suben, permanece obstinadamente igual, ajena al número de reproducciones.
'Carousel' se mueve con una fluidez inusual, deslizándose desde la parsimonia del slowcore hasta texturas más ásperas sin que ninguna dominante anule a la otra. 'Crystal Ball' es un ejemplo claro de cómo Scott permite que la canción se transforme en manos ajenas: la guitarra original de cuerdas de nailon termina desapareciendo para dar paso a un sintetizador agudo y a una capa de guitarra distorsionada, creando un paisaje sonoro que resulta extrañamente acogedor. La presencia de colaboradores como Boone Patrello, que añadió partes a temas que Scott daba por terminados, demuestra que el control absoluto puede ser un lastre. Lejos de buscar la perfección de estudio, las canciones conservan las marcas de su origen casero, algo que Scott reconoce sin complejos. El resultado es un conjunto que respira con naturalidad, donde cada instrumento parece haber encontrado su sitio sin empujar al resto.
La sensación de circularidad que sugiere el título del álbum no es tanto un bucle del que no se puede salir como una danza pausada alrededor de un centro difuso. 'Indiana' y 'Virginia' utilizan los nombres de estados no como destinos turísticos, solo como señuelos emocionales que apuntan a conflictos internos y relaciones personales, un recurso literario que evita el anclaje geográfico para volverse universal sin perder concreción. La voz de Scott, que nunca forcejea por elevarse por encima de la mezcla, se integra en el entramado como un instrumento más, compartiendo espacio con las armonías de Carolina Chauffe o las de Ceci Sturman hasta el punto de volverse indistinguible. En 'Roadstar', la combinación de guitarras ondulantes, arpegios de banjo y una percusión laxa evoca ese momento justo antes del amanecer en una carretera secundaria, cuando la fatiga empieza a disolver las defensas y uno se permite ser sincero. Cada escucha revela pequeños detalles que se habían pasado por alto, como hilos de colores que se entretejen en una manta hecha a mano.
Conclusión
villagerrr nos dejan un nuevo disco donde hablan de todas aquellas cosas mundanas que realmente importan. Desde depender de trabajos anodinos y coches averiados, hasta reflexionar sobre amistades que se desmoronan, todo ello con su delicadez folk tan habitual.

