Maryam Qudus compuso la mayor parte de su segunda entrega como Spacemoth durante las largas travesías que realizaba con el grupo La Luz. Aprovechaba las horas de carretera para sentarse en la parte trasera de la furgoneta con un sintetizador portátil y dar forma a las piezas que acabarían conformando el álbum. Ese método de creación nómada se entrelaza con otra actividad paralela que Qudus desarrollaba en su hogar: la digitalización de las cintas de vídeo familiares, un proceso que mantenía un magnetoscopio funcionando ininterrumpidamente en el salón. La artista se encontraba así inmersa en un doble ejercicio de rescate temporal, observando instantáneas de su infancia mientras construía nuevos paisajes sonoros. Esa coincidencia terminaría por impregnar el carácter del trabajo.
Qudus parte de una concepción cíclica de la existencia, donde los patrones rítmicos y melódicos se enredan para reflejar el modo en que la vida se desarrolla en bucles constantes. La artista halla en las formaciones geométricas del arte óptico de Richard Anuszkiewicz una analogía visual para su propuesta. Adopta el título de una serie del pintor para bautizar su obra. Esa conexión entre lo plástico y lo sonoro se manifiesta en la manera de construir las canciones: cada elemento se va superponiendo y transformando progresivamente, como si se tratara de una figura que cambia de perspectiva según el ángulo desde el que se observe. La pieza de apertura, 'Do We Exist?', ejemplifica esa aproximación al partir de una línea de bajo que se repite y va admitiendo capas sucesivas hasta alcanzar una densidad casi abrumadora, para luego despojarse de nuevo de sus componentes en un movimiento perpetuo.
La dificultad de mantener la atención en el presente cuando la tecnología nos sumerge en realidades ajenas recorre los textos de Qudus, como ocurre en 'Internet Fantasy', donde la artista disecciona esa adicción de nuestros días que nos arrastra hacia mundos que no nos pertenecen. La canción despliega un órgano grave y voces procesadas que se balancean sobre una base rítmica precisa, creando una sensación hipnótica que se rompe cuando el sonido estalla en una explosión de texturas sintéticas. También encontramos un reconocimiento a los vínculos afectivos que persisten a través de la distancia y el tiempo en 'North Star', mientras que 'Flower Memory' evoca la luz tenue de los hogares en los que crecimos. Esas imágenes recuperadas de los vídeos familiares que Qudus observaba mientras daba forma al álbum funcionan como un espejo donde mirar hacia atrás sin nostalgia excesiva.
Spacemoth bebe de las estructuras repetitivas del rock germánico, aunque la artista reinterpreta ese legado desde una perspectiva más próxima a la canción pop, con melodías que se adhieren con facilidad y arreglos que nunca pierden su capacidad de sorprender. La producción captura esa tensión entre el control meticuloso y la fluidez orgánica. Ofrece un resultado que suena pulido pero vivo, como si las piezas estuvieran respirando en un espacio concreto. La elección de sintetizadores analógicos y el uso de un pedal de efectos que Qudus conserva desde la adolescencia aportan una continuidad entre su pasado y presente creativo, una línea temporal que se refleja también en las temáticas abordadas. El álbum se convierte así en un viaje que discurre tanto por carreteras reales como por los vericuetos de la percepción. El paisaje exterior se funde con el interior. Cada canción supone una parada en ese itinerario, un punto donde el eco de las cintas familiares y los sintetizadores portátiles se encuentran para recordarnos que el tiempo, en la música, nunca avanza en línea recta.
Conclusión
En su nuevo disco, Spacemoth parte de la observación de sus propios vídeos familiares para articular una obra que examina el modo en que las experiencias pasadas continúan modelando la realidad presente.

