Review

Kathryn Mohr - Carve

Kathryn Mohr

2026

8


Por -

Adentrarse en la música de Kathryn Mohr es como hacerlo en una extensión desolada donde el paisaje se convierte en un reflejo de las grietas afectivas que todas arrastramos. La artista californiana, vinculada al sello The Flenser, ha construido una trayectoria donde la crudeza sonora y la densidad lírica se entrelazan para explorar los recovecos de la aflicción entendida como un territorio cotidiano. ‘Carve’, su segundo trabajo de larga duración, nace de un retiro autoimpuesto en el desierto de Mojave, dentro de un alojamiento que emulaba una celda del viejo oeste y que funcionó como espejo físico de su encapsulamiento psíquico. Cinco años de escritura y varias semanas de grabación en solitario, armada con una guitarra acústica, una grabadora de campo y provisiones mínimas, dieron forma a doce cortes que documentan el esfuerzo por sostener la presencia en medio del dolor, tras un periodo marcado por el distanciamiento afectivo y la revisión de memorias infantiles que obstaculizaban su capacidad para vincularse. El álbum aborda el amor como una manifestación del duelo, no supeditado a la pérdida consumada, y examina de qué manera los recuerdos se alojan fuera de los individuos, incrustados en parajes y geografías concretas. El amor aparece aquí como una manifestación del duelo inherente a la propia cercanía.

El origen de las sesiones se sitúa tras una gira agotadora que culminó en Joshua Tree, momento en que Mohr decidió internarse por carreteras de tierra, atravesando el Mojave sin compañía. Esa determinación por aislarse perseguía reproducir las condiciones que ya habitaban su fuero interno: largos silencios, contención y una quietud que amplificaba cada herida. La soledad del desierto, con su aridez implacable, actúa como correlato de una psique que ha aprendido a esperar el sufrimiento como parte del pacto amoroso, y esta idea vertebra ‘Carve’ desde su primera nota instrumental. ‘Bone Infection’ abre con sintetizadores mareados y chasquidos fantasmales que recuerdan a ejercicios de música concreta, instaurando un clima de infección emocional donde el paisaje sonoro parece corroído por una enfermedad invisible, un presagio de las escenas de envenenamiento, fracturas óseas y malos viajes que poblarán las letras subsiguientes.

Las letras de Mohr operan mediante fogonazos visuales que rozan lo surrealista, con una economía verbal que potencia el impacto de cada imagen. En ‘Commit’ aparece la frase “I’m running around with my head cut off”, una declaración de desconcierto que la artista arrastra desde la garganta, como si las palabras estuvieran a punto de zafarse de quien intenta tocarlas. Esa escritura lacónica y afilada elude la narración lineal y prefiere yuxtaponer estampas de brutalidad doméstica: en ‘Cells’ describe a una mujer apuñalada dos veces en el cuello y arrojada sobre un montículo de hormigas rojas, una visión de pesadilla que, pese a su crudeza, construye el muro que separa a la voz protagonista de cualquier interlocutora. La opacidad calculada de los versos funciona como una celosía: deja entrever el espanto al tiempo que mantiene a raya cualquier intento de consuelo superficial. Esa tensión entre mostrar y ocultar genera una incomodidad que recuerda a la de artistas como Grouper en sus derivas más lóbregas.

La faceta compositiva de Mohr da un giro notable hacia texturas más ásperas que en su anterior entrega, ‘Waiting Room’, y varios cortes destilan una distorsión embarrada que los acerca al sludge. ‘Angle of Repose’, ‘Cells’ y ‘Property’ avanzan con una cadencia pesada, guiadas por riffs que retumban con la gravedad de Earth o BIG|BRAVE, mientras la voz abandona los susurros contenidos para transformarse en un alarido multiplicado que escupe la frase “I wrestle to belong” con una furia que contradice el “Who cares?” que repite acto seguido. Esa alternancia entre el desapego fingido y la exasperación genuina revela uno de los núcleos del álbum: la lucha por mantenerse conectada a alguien cuando el propio organismo interpreta la intimidad como una amenaza de desaparición. Los instrumentales dispersos, como el acuático ‘Chromium 6’ o el gélido cierre ‘Crow Eyes’, introducen fricciones disonantes y chapoteos metálicos que exponen la influencia de la experimentación concreta sin renunciar a la accesibilidad emocional, creando remansos de abstracción que conceden respiro antes del siguiente embate.

El álbum gravita alrededor de la idea de que el luto constituye la materia misma del querer, una postura que Mohr defiende durante todo el metraje con una convicción casi obstinada. En ‘Idiocy’, uno de los cortes más desnudos y cercanos al folk espectral, repite “I’m suffering the pain, it’s all I have” con una resignación que desconcierta: el padecimiento se convierte en la única posesión cierta, el asidero que demuestra que se sigue viva. El trabajo de mezcla, firmado por Richard Chowenhill, miembro de Agriculture, envuelve estas confesiones en una pátina de estática y suciedad que rara vez permite que emerja una melodía cristalina, obligando a quien escucha a escarbar entre capas de interferencia para hallar los destellos armónicos. Las piezas que adoptan estructuras más reconocibles, como ‘Doorway’ o ‘I Do’, donde la repetición del voto nupcial se desquicia progresivamente hasta rugir con desesperación, muestran que el diálogo verdadero solo sucede consigo misma, en un vaivén entre la esperanza de encontrar una rendija de luz y la certeza de que el derrumbe acecha en cada esquina.

Conclusión

Kathryn Mohr plasma en ‘Carve’ la certeza de que cualquier vínculo íntimo lleva inscrita su propia disolución, convirtiendo esa amargura en una colección de piezas tan ásperas como hipnóticas.

8

Álbum

Kathryn Mohr - Carve

Artista

Kathryn Mohr

Año

2026

Discográfica

The Flenser

Tratando de escribir casi siempre sobre las cosas que me gustan.