Quince años llevan Horse Lords perfeccionando un lenguaje propio dentro del rock experimental, un camino que arranca en la energía del ruido y el krautrock para desembocar en complejas estructuras microtonales. Su séptimo larga duración aparece en un momento de notable efervescencia para estos sonidos, aunque la propuesta de la banda siempre haya circulado por senderos menos trillados que los de sus coetáneos. La mudanza de tres de sus cuatro integrantes a Berlín ha modificado su método creativo y el resultado es un trabajo cocinado a medias entre dos continentes. Ese proceso en remoto, lejos de restar cohesión, parece haberles empujado a ensanchar su paleta sonora con nuevos colaboradores y por primera vez en su historia incorporan elementos vocales que dotan al conjunto de una textura inédita.
La espiritualidad que destila la tradición del 'shape note' sirve de punto de arranque, pero la banda desmenuza esa herencia hasta convertirla en materia prima para sus experimentos formales. Las armonías de las cantantes invitadas se convierten en un recurso más, al mismo nivel que cualquier instrumento y están sujetas a las mismas leyes de repetición y variación que rigen el resto de la composición. Ese tratamiento de la voz, que en ocasiones evoca los juegos de los dadaístas o las restricciones del OuLiPo, transforma una antigua plegaria en un bucle hipnótico que desafía la propia naturaleza del lenguaje como vehículo de significado. La pieza que abre el álbum sienta las bases de una obra donde la recurrencia y la permutación actúan como ejes narrativos.
La maquinaria rítmica que la banda pone en marcha a lo largo del repertorio asombra por su precisión, con patrones que se superponen y se desfasan como engranajes de un mecanismo mental. La energía del conjunto reside en ese punto justo donde la repetición obsesiva se encuentra con la variación imperceptible y de ahí nace una sensación de movimiento perpetuo. Temas como 'Brain of the Firm' o 'First Galactic Utopia' muestran esa habilidad para generar tensión desde la rigidez: cada músico se agarra a su propia línea melódica para construir un todo que supera la suma de sus partes. La irrupción del clarinete bajo y el trombón añade calidez y densidad a un sonido que, sin ellos, podría resultar más árido y cerebral y dota a los pasajes más intrincados de una cualidad casi orgánica.
Frente a la frialdad de algunos trabajos previos, el disco despliega momentos de una belleza poco habitual, como los arpegios de guitarra acústica que abren 'After the Last Sky'. Esta pieza, que podría acompañar a un oyente tendido en un prado, construye un diálogo entre la mecánica repetición y la expresividad de los metales y culmina en un clímax donde la percusión se desvanece y los instrumentos de viento parecen exhalar su último aliento. Es en esos espacios intermedios, donde las notas se aglutinan y se confunden, donde el grupo encuentra su verdadera voz: una voz que no aspira a la trascendencia celestial. Su voz se queda en el reconocimiento de un esfuerzo colectivo y terrenal. La sensación que pervive es la de estar ante un organismo vivo, compuesto por células que trabajan en aparente aislamiento pero que, de repente, confluyen en una masa sonora de una potencia arrolladora.
El autotune y la manipulación digital de las voces se integran con naturalidad en el discurso del álbum y despojan a los cantos de su función comunicativa primaria para convertirlos en un elemento más del collage sonoro. Ese tratamiento, lejos de ser un artificio gratuito, subraya la naturaleza construida de la obra y su reflexión sobre la búsqueda de un lugar ideal. La yuxtaposición de estilos, desde el funk hasta el minimalismo, se produce sin interrupción y crea un tejido complejo que exige una escucha atenta. Más que una fusión de géneros es un montaje que recuerda al 'found footage' cinematográfico, donde cada fragmento mantiene su identidad para contribuir a un relato mayor. La producción, clara y detallada, permite que cada elemento, por denso que sea el entramado, respire y ocupe su espacio en el espectro sonoro.
El tramo final del trabajo, con la extensa pieza que le da título, condensa todas las virtudes del conjunto: un ritmo insistente y bailable, una superposición de capas vocales procesadas y una estructura que se desvanece en un remolino digital. Esta canción, que cierra el círculo abierto por la obertura, plantea una reflexión sobre la naturaleza cíclica de la búsqueda y la construcción de un paraíso en vida. La obstinación del grupo por desafiar las convenciones del rock se mantiene intacta y su capacidad para sorprender sin traicionar sus principios sigue siendo su mayor activo. El resultado es un trabajo que, aunque arraigado en las complejidades del microtonalismo y el minimalismo, posee una vitalidad y una urgencia que lo hacen accesible sin necesidad de concesiones fáciles.
Las incursiones vocales, la presencia de nuevos instrumentistas y el guiño al folclore estadounidense confieren a la obra un carácter inconfundible dentro de su catálogo. La banda alcanza un punto de equilibrio entre la rigidez matemática y la calidez de un sonido más orgánico y envolvente, sin renunciar a su complejidad. Pero más allá de los logros técnicos, el disco habla de un viaje, de una búsqueda de ese paraíso terrenal que se intuye en sus bucles y que, al final, quizá no sea más que el propio esfuerzo colectivo de mantener la maquinaria en marcha.
Conclusión
Horse Lords configuran su nuevo disco como un mecanismo hipnótico donde la precisión rítmica y la variación sutil generan un estado de percepción alterada en el oyente.

