Fine nos deja en ‘Jazz dreams’ ante un estado de ánimo que se resiste a amoldarse a cualquier tipo de connotación positiva o negativa. La artista danesa trabaja en su nuevo disco con una lógica similar a la de que construye sus obras como collages: escenas que se pegan unas a otras sin un hilo argumental, guiadas por la intuición antes que por un plan cerrado. Esa forma de componer nace de una convicción que ella misma ha explicado: conviene acercarse a las situaciones sin afán de dominarlas, dejando entrar cierto asombro. El resultado es un álbum que se mueve entre épocas y registros con una soltura que parece improvisada, aunque detrás haya un trabajo minucioso. Lo raro entra sin estridencias y se queda a vivir en la escucha, y ahí reside buena parte de su encanto.
Esa libertad formal se apoya en un oficio que Fine domina desde su formación en el conservatorio de Copenhague, donde coincidió con nombres como Smerz o Erika de Casier. Las canciones pasaron por directos y sesiones de radio antes de fijarse en el estudio, y ese rodaje se nota en la naturalidad con que se suceden los temas. En ‘Sometimes I rush’ la cantante retrata la cercanía y el deseo desde una ensoñación que admite su propia demora: reconoce que se apresura y que aun así llega tarde, y ese reconocimiento se convierte en el eje de una pieza breve y luminosa. La melodía funciona como tejido que une las distintas escenas del álbum, y su voz, con un control casi microscópico, suena próxima y lejana a la vez, lúcida y neblinosa. Así consigue que lo misterioso resulte familiar.
El cuidado artesanal aparece también en la mezcla, que la propia Fine asumió, y en el acompañamiento de músicos como la guitarrista Lola Hammerich. Los arreglos dejan aire entre los instrumentos, de modo que cada aparición de cuerdas o teclados adquiere peso sin recargar el conjunto. ‘I could’ juega con la insinuación de un encuentro inminente y convierte esa promesa en materia narrativa, mientras que ‘Portal’ transforma una declaración amorosa en un reproche que se cuela bajo un vaivén somnoliento. En ‘Million years’ la pieza arranca como una balada de piano tormentosa y termina deshaciéndose hasta quedar en un susurro, como si la materia cambiara de forma. La artista dosifica estos giros con exactitud, y esa precisión hace que su mundo interior resulte legible sin perder rareza.
El álbum encuentra su sentido en los instantes previos a que el futuro ocurra, y la portada, un dibujo infantil que le regaló Jared Nangle a cambio de entrar a un concierto en París, condensa esa idea mejor que cualquier texto: triste, llena de mensajes escondidos y, sin discusión, la mejor portada del año. Fine convierte las casualidades más fortuitas en el centro visual de su obra, igual que convierte impresiones sueltas en canciones. ‘Much to say’ cierra el recorrido con un bajo y un piano que alisan las arrugas del conjunto, y en ‘Goodbye brain’ la cantante celebra la calma de una mente vacía: "I'm so hollow, I'm full of dreams". El conjunto se sostiene como una visita a un lugar que existe en las horas de sueño, con una verdad borrosa y honda, y la artista logra que ese lugar se sienta propio.
Conclusión
En ‘Jazz dreams’, Fine acepta todo lo extraño que nos puede ofrecer el azar como parte natural de su mundo, logrando al mismo tiempo que el disco se lea como un diario sin fechas donde cada escena tiene significado en sí misma.

