Review

Deep Purple - SPLAT!

Deep Purple

2026

5


Por -

Deep Purple afrontan su vigésimo cuarto trabajo de estudio con la incorporación asentada de Simon McBride, quien relevó a Steve Morse en 2022, y la producción de Bob Ezrin, artífice del sonido de la banda desde ‘Now What?’. Este nuevo álbum, que aparece apenas dos años después de ‘=1’, se presenta como una reflexión sobre el fin de la humanidad, aunque el cantante Ian Gillan lo reinterpreta como una metamorfosis hacia un estado etéreo, una suerte de crisálida cósmica. Sin embargo, esa ambición conceptual choca con un desarrollo musical que recurre a moldes excesivamente trillados, y el resultado se percibe más como un ejercicio de oficio que como una exploración genuina. La formación histórica, con Ian Paice y Roger Glover sosteniendo la base rítmica, junto a Don Airey en los teclados, ofrece una solvencia indiscutible, pero esa pericia no logra ocultar la sensación de que la creatividad se ha estancado en zonas de confort. La producción de Ezrin, que en trabajos anteriores aportó claridad y contundencia, aquí tiende a homogeneizar los matices, convirtiendo cada tema en un bloque sonoro de similar intensidad, lo que resta personalidad a las piezas más diferenciadas.

El arranque con ‘Arrogant Boy’ promete una descarga de energía directa, con un riff de guitarra y órgano que remite a los primeros setenta, pero la canción se resuelve en un formato demasiado breve y predecible, sin el desarrollo que merecería su estribillo pegadizo. ‘Diablo’, que cuenta con la colaboración de Keith Urban en la guitarra adicional, apuesta por un medio tiempo melódico que destaca por su ambiente más contenido, aunque la participación del invitado apenas se nota y el tema se diluye en una repetición de acordes manidos. ‘The Rider’ y ‘The Lunatic’ transitan por sendas similares, con la primera cayendo en un AOR genérico que podría pertenecer a cualquier grupo de los ochenta, y la segunda rescatando un groove oscuro que recuerda a pasajes de la época de ‘Machine Head’, pero sin la garra ni la sorpresa de aquellos años. Las letras de Gillan, que siempre han coqueteado con el absurdo y la ironía, alcanzan cotas de extrañeza en ‘The Only Horse in Town’, donde se desarrolla un diálogo entre un hombre y un caballo, una ocurrencia que pretende ser lúdica pero que resulta forzada y carente de la chispa que caracterizaba sus juegos verbales anteriores. La voz del cantante, aunque mantiene un timbre reconocible, se muestra más limitada en el registro agudo, y los ocasionales alaridos que intenta colocar suenan más a esfuerzo que a desgarro, lo que resta efectividad a los pasajes que requieren mayor intensidad dramática.

La sección central del álbum incluye ‘Sacred Land’, que introduce sintetizadores con un aire celta y un ritmo marcial, pero la pieza se queda en un esbozo de épica que nunca termina de despegar, y su duración, inferior a cinco minutos, impide que el oyente se sumerja en la atmósfera que pretende evocar. ‘The Beating of Wings’ se acerca al blues con un piano jazzy y una línea de bajo destacable, pero la canción se siente inconclusa, como si la banda hubiera preferido recortar su desarrollo para no alargar el metraje total. ‘Guilt Trippin’’, quizás el tema más ambicioso, comienza con una introducción pianística que sugiere cierta sofisticación, para luego derivar en un fragor de solos cruzados entre teclado y guitarra, aunque el resultado final es un batiburrillo de ideas que no llegan a cuajar en una estructura coherente. ‘Scriblin’ Gib’rish’ incide en la crítica a la tecnología moderna, pero su mensaje se pierde en una instrumentación atropellada y en un estribillo que apenas se diferencia del resto de cortes, mientras que ‘Jessica’s Bra’, cuyo título nace de un error tipográfico, pretende ser un ejercicio de humor procaz que envejece mal y que suena a chiste fácil de pub. La presencia de Airey es constante, con sus característicos solos de Hammond y sus incursiones en el Moog, pero su intervención resulta a menudo excesiva, saturando el espectro sonoro y restando espacio a las líneas de guitarra de McBride, que, aunque técnicamente impecables, adolecen de una personalidad definida y se mueven entre referencias a Blackmore y a Morse sin lograr una identidad propia.

El tramo final del disco incluye ‘Third Call’, donde la sección rítmica de Paice y Glover brilla con un patrón sincopado que aporta cierta frescura, pero la canción se apoya en un riff principal que parece extraído de algún catálogo de clichés del hard rock, lo que disminuye su impacto. ‘My New Movie’ y la homónima ‘Splat!’ cierran el trabajo con una energía similar a la del comienzo, pero la primera carece de un gancho memorable y la segunda, que pretende ser un manifesto de poderío, se queda en un ejercicio de pirotecnia vacía, con un bajo protagonista que no logra sostener el peso de la composición. En conjunto, el álbum adolece de una uniformidad que hace difícil distinguir unas canciones de otras, y la ausencia de temas extensos, que en el pasado permitían a la banda desarrollar sus improvisaciones y crear atmósferas únicas, se echa en falta, pues los cortes breves no dejan espacio para la sorpresa ni para la evolución dinámica. La producción de Ezrin, aunque limpia y potente, aplana las dinámicas y convierte cada tema en un muro de sonido donde los matices se difuminan, y la mezcla, especialmente en los agudos, resulta agresiva para el oído en sistemas de alta fidelidad. La decisión de priorizar la concisión y la accesibilidad, probablemente dictada por las tendencias actuales del mercado, termina por despojar a la banda de su seña de identidad más valiosa, esa capacidad para combinar la contundencia con la complejidad y la sorpresa.

Deep Purple exploran la extinción como tránsito hacia lo inmaterial, pero su lectura se antoja superficial y sus metáforas, como la de la mariposa, quedan desdibujadas por un exceso de ocurrencias disparatadas que no logran conectar con el oyente. El tono de las letras, que oscila entre lo críptico y lo jocoso, revela un deseo de mantener la esencia lúdica de la banda, pero la ejecución resulta torpe y los juegos de palabras, como el del sujetador de Jessica, parecen más un recurso para llenar espacio que una ironía afilada. La sensación que transmite el conjunto es la de un grupo que ha perdido el norte creativo y que se refugia en la repetición de fórmulas que en el pasado le dieron éxito, sin atreverse a arriesgar ni a profundizar en las posibilidades que sugiere su propia premisa conceptual. Los arreglos, aunque competentes, carecen de la chispa que caracterizaba a trabajos anteriores, y los diálogos entre el teclado y la guitarra, que antaño eran momentos de brillantez improvisatoria, aquí suenan mecánicos y ensayados, sin esa tensión eléctrica que surgía de la interacción en directo. La batería de Paice, siempre sólida y creativa, se ve constreñida por estructuras rígidas que no permiten sus característicos despliegues de fills y cambios de ritmo, y el bajo de Glover, aunque audible y con algún momento de lucimiento, permanece anclado en patrones funcionales que no explotan su capacidad melódica. En definitiva, el disco ofrece un puñado de momentos aceptables, como la citada ‘Guilt Trippin’’ o el arranque de ‘Arrogant Boy’, pero en su conjunto se percibe como una oportunidad desaprovechada, un trabajo que cumple con los mínimos exigibles a una banda de su estatura pero que no añade nada relevante a su legado, y que incluso empaña ligeramente la buena impresión que había dejado su predecesor.

Conclusión

Deep Purple abordan el fin de la humanidad con ironía y desparpajo, aunque sus composiciones resultan desiguales y la frescura brilla por su ausencia en la mayor parte del repertorio.

5

Álbum

Deep Purple - SPLAT!

Artista

Deep Purple

Año

2026

Discográfica

earMUSIC

Tratando de escribir casi siempre sobre las cosas que me gustan.