Review

Chanel Beads - Your Day Will Come

Chanel Beads

2026

8.4


Por -

Shane Lavers repite el título de su obra anterior para su segunda entrega bajo el alias de Chanel Beads, una decisión que arranca como una broma contra la segmentación comercial de la creación artística y que acaba cobrando un peso distinto al componer las canciones. El músico, que dejó atrás un empleo en una biblioteca para dedicarse por entero a la composición, afronta en este trabajo las contradicciones entre el pesimismo y la entrega amorosa, dos fuerzas que en su cabeza deberían anularse pero que conviven de forma paralela sin que una domine a la otra. La mudanza a la costa este y el salto a escenarios de gran aforo, como las aperturas para figuras del pop, mantienen la esencia casera de sus grabaciones, realizadas en un estudio reducido con los altavoces pegados a la cara, lo que imprime a las cintas una cercanía física que contrasta con la abstracción de sus textos. Este segundo 'Your Day Will Come' surge de un período en que Lavers tiene más tiempo para rumiar, y esa holgura se traduce en piezas que alargan sus desarrollos y afinan sus ganchos, aunque conservan la querencia por los sonidos manchados y las transiciones bruscas. La repetición del título, que podría interpretarse como un guiño provocador, acaba funcionando como un recordatorio de que el paso del tiempo altera la percepción de una misma frase, y ese juego con la identidad y la repetición impregna cada surco del disco.

En las letras, Lavers construye personajes que navegan entre la autodestrucción y la promesa de permanencia, como en 'Silver Cup', donde la voz de Maya McGrory impone una certeza que el propio Lavers matiza con sus murmullos. La canción 'Tyler Richard' aborda la sensación de reencontrarse en sueños con alguien ya desaparecido, y cuando Lavers canta 'In a dream they beat the shit out of you', la brutalidad de esa imagen se yuxtapone a la suavidad de las teclas que envuelven el verso; ese instante de lucidez al despertar, cuando la razón restaura la pérdida, se convierte en el motor de una tensión que recorre todo el álbum. El estribillo de 'The Coward Forgets His Nightmare' contiene una duda sobre si la música pudo salvar el alma, y esa duda sobre el oficio elegido aparece como un fantasma recurrente, sobre todo cuando Lavers admite que los recuerdos felices pueden ser reconstrucciones voluntarias. La ambigüedad de sus frases, a menudo susurradas o procesadas digitalmente, impide fijar un relato lineal; cada corte funciona como una estampa de un estado anímico más que como un capítulo de una historia cerrada. Los episodios de mayor crudeza, como el grito que irrumpe en 'Opening in the Gate' o las muestras de sollozos que aparecen hacia el final, rompen la placidez superficial de las armonías y obligan a reajustar la escucha constante. Lavers maneja el lenguaje con una economía de medios que deja espacios en blanco, y esas elipsis invitan a completar los vacíos sin que el oyente pierda el hilo de una emoción dominante, ya sea la rabia, la melancolía o un afecto desmedido que se aferra a lo que se escapa.

La construcción sonora del trabajo privilegia la superposición de capas orgánicas y electrónicas, con el violín de Zachary Paul como un hilo conductor que tiñe de melancolía incluso los pasajes más rítmicos. Lavers programa sus bases en un ordenador y luego invita a amigos a grabar tomas espontáneas, de modo que las piezas adquieren una textura de jam session domesticada, donde los errores se conservan como parte del diseño. Ese método, que elude la fase de maqueta, imprime a las canciones un carácter de obra en proceso, aunque la estructura final resulte más convencional que en el primer volumen. Los arreglos de guitarra acústica y pedal steel aportan un calor que contrasta con los sintetizadores brillantes y las percusiones saltarinas, mientras que los coros de varias voces femeninas disuelven la frontera entre el protagonista y sus acompañantes. Las referencias a cierta tradición folk estadounidense aparecen tamizadas por un tratamiento digital que desdibuja las coordenadas temporales, como si los instrumentos sonaran a la vez antiguos y recién fabricados. Este equilibrio inestable entre lo tangible y lo artificial genera una atmósfera donde cada escucha puede destacar un detalle distinto, ya sea un bajo pulsado con insistencia o un sample de voz distorsionada que emerge por un instante y se desvanece. La cercanía de los micrófonos y la elección de un equipo limitado refuerzan la sensación de estar dentro de la sala de grabación, y esa inmediatez choca con la complejidad de los arreglos superpuestos, creando un diálogo constante entre la crudeza del directo y la precisión del estudio.

La elección de mantener el mismo título que el disco precedente provoca una confrontación inevitable entre ambas entregas, y Lavers parece consciente de esa sombra. Las canciones de esta edición presentan una mayor definición en sus estribillos, como ocurre en 'Song for the Messenger', cuyo centro melódico se graba con facilidad a pesar de la letanía desencantada que la envuelve. En 'Drunk Stupid in the Structure', la guitarra desafinada y las voces entrelazadas sugieren un desorden controlado, mientras que 'JBL in the Fireplace' despliega una intimidad magullada que recuerda a ciertos trabajos de la escena alternativa norteamericana, aunque preserva su propia identidad. Los momentos más experimentales, como 'Profane Break' o 'Beaten With Sticks', prescinden de la voz principal para explorar paisajes instrumentales de suspense, pero incluso en esos tramos la pulsión melódica subyace como un ancla. Lavers maneja con oficio la tensión entre lo accesible y lo extraño, y logra que los pasajes más ásperos encajen como válvulas de presión dentro de un recorrido que alterna la calma y el estruendo. La colaboración de Isaac Eiger en 'Dust in the Wind' aporta una nueva dinámica, y la presencia de Anastasia Coope y Bella Litsa en los coros ensancha el espectro vocal, aunque el centro de gravedad sigue siendo la voz procesada de Lavers, que se retuerce y se multiplica en varias pistas. Esta proliferación de capas vocales produce un efecto de desdoblamiento, como si el autor pudiera estar en varios lugares a la vez, y esa sensación de ubicuidad refuerza la atmósfera onírica que impregna el conjunto.

El cierre del álbum, con 'Boss' y 'Spirit Showing', refuerza la idea de un ciclo que se repliega sobre sí mismo, ya que la primera retoma el título del disco en un susurro que parece una advertencia y la segunda se desvanece entre teclados fantasmagóricos. Lavers ofrece una claridad expositiva parcial, y se mantiene en un punto medio que elude tanto la transparencia como el hermetismo; sus letras, aunque crípticas, apuntan a conflictos reconocibles como la pérdida, la culpa o la duda sobre el valor de la creación artística. La repetición del nombre del disco, lejos de ser un capricho, se convierte en un mecanismo que invita a comparar las dos versiones y a observar la evolución de un proyecto que gana en solidez formal sin perder su querencia por lo impredecible. Las grabaciones capturan esa energía de lo improvisado, y el oyente percibe que cada tema podría haber tomado otro rumbo en cualquier momento, lo que dota al conjunto de una vitalidad que desmiente su aparente fragilidad. En definitiva, Chanel Beads entrega un trabajo que asume sus contradicciones y las convierte en su principal argumento, sin buscar resolverlas ni adornarlas, y que se sostiene por la fuerza de sus imágenes y por la coherencia de un mundo sonoro que se reconoce a sí mismo en cada giro. La ambición de este segundo 'Your Day Will Come' reside en su capacidad para habitar el mismo espacio que el primero sin repetir sus movimientos, y esa paradoja se convierte en su mayor acierto, aunque sin caer en la autocomplacencia.

Conclusión

'Your Day Will Come' de Chanel Beads envuelve al oyente en una atmósfera de inquietud constante, con letras que describen relaciones tóxicas, pérdidas irreparables y la fragilidad de los recuerdos.

8.4

Álbum

Chanel Beads - Your Day Will Come

Artista

Chanel Beads

Año

2026

Discográfica

Jagjawugar

Tratando de escribir casi siempre sobre las cosas que me gustan.