La cinematografía de Nadav Lapid siempre ha funcionado como un artefacto incendiario contra las estructuras de poder de su tierra natal, y con 'Yes' el realizador israelí afincado en París eleva esa pulsión destructiva hasta cotas hasta ahora inexploradas en su filmografía. Presentada en la sección Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2025 y ahora proyectada en el Atlàntida Mallorca Film Fest, esta obra de dos horas y media de duración supone una evolución natural desde la furia contenida de 'Synonyms' o la desesperación artística de 'Ahed's Knee' hacia un territorio más ambiguo donde la rendición y la complicidad se convierten en mecanismos de supervivencia. Lo que distingue a 'Yes' de los trabajos previos de Lapid es su decisión de abandonar la postura del que golpea contra el muro para abrazar la del que se arrastra a través de la rendija abierta, una mutación ideológica que impregna cada fotograma del relato y que convierte al espectador en testigo de un espectáculo tan seductor como repulsivo.
La historia sitúa a Y y Yasmin, una pareja de artistas treintañeros que malviven en un piso modesto de Tel Aviv mientras crían a su hijo recién nacido, en el centro de un torbellino hedonista que les exige sacrificar cualquier atisbo de integridad moral a cambio de asegurar su futuro económico. Y, pianista de formación clásica y performer ocasional, y Yasmin, instructora de danza urbana, aceptan trabajos que progresivamente los degradan: animan fiestas privadas de la élite militar y financiera israelí, participan en orgías con ancianas millonarias que buscan satisfacer sus fetiches y libran batallas de baile contra generales del ejército que exigen ser derrotados para alimentar su ego. Esta primera parte, titulada 'La buena vida', destila una sátira despiadada sobre la clase dominante de un país que, según la visión de Lapid, ha convertido el disfrute obsceno y el nacionalismo exacerbado en las únicas respuestas posibles a una realidad cada vez más insostenible. El cineasta filma estas secuencias con una cámara que se mueve al compás de la música electrónica, creando una coreografía visual que refleja el vértigo existencial de unos personajes que han interiorizado la sumisión como única vía de escape.
El momento catalizador de la trama llega cuando un oligarca ruso vinculado a las esferas de poder israelíes encarga a Y la composición de una canción que sirva como himno oficioso para la "generación de la victoria" en el contexto de la guerra contra Gaza. Las letras que debe musicalizar, extraídas de una composición real del grupo activista Civic Front, proclaman sin ambages la aniquilación de la población palestina y la apropiación de sus tierras para el cultivo, un material tan explícitamente genocida que trasciende cualquier posibilidad de caricatura. Lapid introduce aquí una reflexión venenosa sobre el papel del artista en sociedades que perpetran crímenes masivos: Y acepta el encargo no por convicción ideológica, sino por la necesidad económica de mantener a su familia, y su viaje hacia el desierto para encontrar inspiración se convierte en un descenso a los infiernos de la complicidad pasiva. La segunda parte del filme, 'El camino', abandona el frenesí de las fiestas para adentrarse en un paisaje desolado donde las explosiones y el humo que asciende de Gaza se convierten en telón de fondo de las cavilaciones del protagonista, acompañado por su antigua amante Leah, una traductora que trabaja para el ejército israelí y que justifica la devastación mediante la enumeración obsesiva de las atrocidades cometidas por Hamás el 7 de octubre de 2023.
El tratamiento de las consecuencias de aquella fecha fundacional constituye uno de los aspectos más controvertidos y, al mismo tiempo, más logrados de la película, porque Lapid evita cualquier posición maniquea para sumergirse en la complejidad moral de quienes se ven atrapados entre la memoria del trauma y la perpetración de nuevos horrores. Leah, en un monólogo de una sola toma que dura varios minutos, enumera con precisión clínica los crímenes de Hamás mientras conduce por la carretera que bordea la valla de separación, y su discurso funciona como una justificación perversa de la respuesta militar israelí que Y escucha con incomodidad creciente. El protagonista, sin embargo, permanece en una posición equidistante que el filme no juzga tanto como disecciona: su deseo de crear una música grandiosa para un mensaje abyecto revela la desconexión entre el ideal artístico y las consecuencias políticas de su trabajo, una tensión que Lapid explora mediante la superposición de bandas sonoras contradictorias y la inclusión de alertas en teléfonos móviles que informan sobre el número de víctimas en Gaza mientras los personajes continúan con su rutina cotidiana.
La tercera parte, titulada 'La noche', completa el arco de Y llevando su proceso de autodestrucción hasta sus últimas consecuencias, aunque Lapid evita ofrecer una catarsis redentora o un castigo ejemplar para su protagonista. El músico, transformado físicamente tras teñirse el pelo de rubio y vestir con prendas inapropiadas para el desierto, se enfrenta a la posibilidad de abandonar el proyecto o de continuar colaborando con un régimen que él mismo reconoce como criminal, y su indecisión refleja la parálisis colectiva de una sociedad que ha normalizado la violencia hasta convertirla en paisaje cotidiano. Las escenas finales, rodadas en la colina de Golani desde donde se divisa la franja de Gaza envuelta en humo, adquieren una potencia visual que trasciende el relato individual para convertirse en alegoría de la mirada israelí hacia el territorio palestino: una contemplación a distancia que mezcla fascinación, culpa y deseo de aniquilación. Lapid, a través de una voz en off que se entrelaza con los diálogos, articula la paradoja central de la película: los israelíes que crecieron preguntándose cómo se puede vivir con normalidad mientras se perpetra el horror se han convertido ellos mismos en la respuesta a esa pregunta, una constatación que el realizador no formula como acusación sino como diagnóstico clínico de una enfermedad que afecta a todo el cuerpo social.
El estilo narrativo de Lapid se aleja deliberadamente del naturalismo para abrazar una estética de exageración constante que convierte a 'Yes' en un objeto cinematográfico difícil de clasificar, situado a medio camino entre la sátira política, el musical desquiciado y el drama existencial. La decisión de incluir números musicales completos, como la versión extendida de 'The Ketchup Song' que acompaña una escena doméstica, o el himno final cantado por un coro de niños cuyos rostros han sido alterados digitalmente, responde a una voluntad de desfamiliarizar al espectador de cualquier identificación cómoda con los personajes. Los intérpretes, especialmente Ariel Bronz en el papel de Y y Efrat Dor como Yasmin, asumen con entrega física total las exigencias de unos papeles que requieren tanto destreza en el movimiento corporal como capacidad para transmitir la progresiva erosión de su dignidad. La fotografía de Shaï Goldman subraya esta dualidad mediante el contraste entre la saturación cromática de las secuencias festivas y la palidez desértica de los paisajes del sur, mientras que el montaje de Nili Feller mantiene un ritmo que oscila entre la aceleración frenética de la primera hora y la parsimonia casi contemplativa de los tramos finales. La distribución de la película en España, a través de Kino Lorber, plantea además un interrogante sobre la recepción de un filme que no duda en señalar con dedo acusador tanto a las élites políticas israelíes como a la complicidad pasiva de una ciudadanía que prefiere el hedonismo a la reflexión crítica.
Crítica elaborada por Marina Rivas
