A sus 94 años, Yôji Yamada acumula una filmografía que supera las nueve décadas de producciones, una longevidad profesional que pocos cineastas pueden igualar en la historia del séptimo arte. Con 'Un taxi en Tokio', el director japonés retoma la colaboración con Chieko Baisho, actriz de 84 años con quien compartió decenas de entregas de la saga 'Tora-san', aquella serie que se convirtió en el fenómeno cinematográfico más longevo con un mismo protagonista. Esta nueva propuesta, que adapta el filme francés 'Un paseo con Madeleine' de 2022, traslada la premisa original al contexto nipón y sustituye las calles parisinas por los barrios de una capital que ha sido testigo de las transformaciones sociales y urbanísticas más radicales del país. La cinta, presentada en el Festival de Tokio donde su realizador recibió un galardón por su trayectoria, plantea un recorrido físico y cronológico que entrelaza el presente de un taxista agobiado por las deudas con el pasado de una anciana que decide visitar los lugares que marcaron su existencia antes de ingresar en una residencia. La estructura narrativa, aparentemente sencilla, sirve de vehículo para abordar cuestiones vinculadas con la memoria colectiva, la posición de la mujer en la sociedad japonesa de la posguerra y las dificultades económicas que atraviesan las clases trabajadoras en el Japón contemporáneo.
Koji Usami, el conductor protagonista, interpretado por Takuya Kimura, trabaja el turno de noche para mantener a su familia y afrontar los gastos de la educación musical de su hija, una oportunidad que amenaza con desbordar sus limitados recursos. La llegada de Sumire Takano, su pasajera octogenaria, transforma lo que debía ser un trayecto rutinario hacia Yokohama en una excursión de un día entero por los rincones más significativos de su biografía. Yamada construye el relato alternando el viaje en tiempo real con analepsis en tonos sépia que reconstruyen los episodios más traumáticos de la vida de Sumire: la pérdida de su padre durante el bombardeo de Tokio en 1945, el abandono de su primer esposo, un coreano japonés que repatrió a Corea del Norte, y su posterior matrimonio con un oficinista violento y dominante. Estos fragmentos del pasado no funcionan únicamente como exposiciones sentimentales, sino que revelan las condiciones de opresión que padecieron las mujeres japonesas en las décadas posteriores a la guerra, cuando las leyes dificultaban el divorcio y la autonomía femenina se hallaba severamente restringida. La venganza que Sumire ejecuta contra su segundo marido constituye el giro más oscuro del argumento y proporciona un comentario punzante sobre la violencia doméstica y la falta de protección institucional que sufrían las esposas en aquel período histórico.
El planteamiento de Yamada se alega del realismo social que caracterizó sus obras más reconocidas, como 'El ocaso del samurái' o 'La espada oculta', para abrazar un melodrama de factura clásica donde la emotividad se dosifica con generosas dosis de música incidental y planos que enfatizan la reacción de los personajes. La dirección de actores destaca especialmente en el trabajo de Baisho, cuya interpretación transita desde la rigidez inicial hasta una vulnerabilidad que nunca deriva en ñoñería, mientras que Kimura encarna a un hombre atrapado entre sus obligaciones paternales y la imposibilidad material de cumplirlas. La química entre ambos intérpretes se sostiene sobre un guion que concede espacio a las confesiones mutuas, aunque el personaje del taxista carece de la aspereza que sus equivalentes franceses poseían, lo que reduce el contraste generacional y social que enriquecía la película original. La fotografía de Masashi Chikamori opta por una claridad expositiva que subraya los cambios urbanísticos de Tokio, mostrando cómo los edificios modernos se superponen a los escenarios donde ocurrieron las desgracias de Sumire, una metáfora visual de la difícil convivencia entre el progreso económico y las heridas históricas.
El tratamiento de la vejez y la muerte atraviesa todo el metraje sin caer en el patetismo facilón, aunque la previsibilidad del desenlace resta impacto a las últimas secuencias, donde la moraleja sobre el valor de compartir la propia historia con un desconocido se presenta con excesiva claridad. La película alcanza sus momentos más inspirados cuando aborda las consecuencias del nacionalismo coreano en la diáspora zainichi o cuando describe las estrategias de supervivencia de las mujeres en un entorno patriarcal que las relegaba a un papel secundario. Estos apuntes sociológicos, sin embargo, quedan diluidos por la estructura de road movie sentimental que privilegia la conexión interpersonal sobre el análisis estructural de las desigualdades sociales. Yamada, consciente de su posición como cronista de varias generaciones japonesas, introduce referencias a los cambios demográficos, la precariedad laboral y el envejecimiento poblacional, pero siempre desde una perspectiva que prioriza el consuelo afectivo frente al cuestionamiento político. La elección de convertir a Sumire en una mujer resiliente que ha superado las peores adversidades mediante su entereza individual refuerza una lectura conservadora de la historia, donde la agencia personal se presenta como el único antídoto contra las injusticias sistémicas.
La banda sonora de Taisei Iwasaki acompaña las transiciones entre pasado y presente con una orquestación que enfatiza los momentos de mayor carga dramática, aunque su uso reiterado termina por restar sutileza a las escenas más contenidas. El montaje de Hiroshi Sugimoto mantiene un ritmo pausado que permite la digestión de los saltos temporales, pero alarga innecesariamente el tramo final, donde las revelaciones se acumulan sin el espacio necesario para que la audiencia procese su significado. La producción de Shochiku, celebrando su 130 aniversario, ha dotado al proyecto de unos medios técnicos impecables que evidencian el oficio de un realizador que domina los códigos del cine popular japonés, pero que en esta ocasión sacrifica la complejidad en aras de una accesibilidad que roza lo didáctico. La comparación con la obra de otros autores contemporáneos dedicados a la memoria histórica resulta inevitable, aunque Yamada se distingue por su fe inquebrantable en la capacidad redentora del diálogo y el encuentro fortuito, una fe que sostiene toda su filmografía tardía y que aquí alcanza cotas de optimismo que contrastan con la dureza de los hechos narrados.
Crítica elaborada por Emma Castillo
