Cine y series

Las corrientes

Milagros Mumenthaler

2025



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El movimiento inicial de 'Las corrientes' (2025) sitúa a su protagonista, Lina, en una gélida Ginebra, donde acaba de recoger un galardón. El gesto de desprenderse del trofeo y arrojarse a un río establece el tono de una narración que Milagros Mumenthaler teje con una paciencia casi artesanal. La cineasta, de origen suizo argentino, construye un relato que prefiere la sugerencia a la exposición directa, y que encuentra en el espacio doméstico y en el laboral un campo de batalla para la psique de su personaje. La película, que ha circulado por certámenes como Toronto y San Sebastián, no se presenta como un drama al uso, sino como una disección de una fractura interna que se manifiesta en síntomas físicos y en una desconexión progresiva con el entorno. La cámara de Gabriel Sandru se convierte en un aparato de observación minucioso, capturando la textura de una vida que se resquebraja desde su interior, sin necesidad de subrayados melodramáticos.

La vuelta a Buenos Aires de Lina, una diseñadora de moda con una carrera floreciente, no supone un retorno a la normalidad, sino el inicio de una convivencia con un malestar que ella misma no acierta a nombrar. Su hogar, compartido con su esposo Pedro y su hija Sofía, se transforma en un escenario de extrañamiento donde las rutinas se ejecutan con un automatismo que oculta una ausencia. La aversión al agua que desarrolla la protagonista opera como un símbolo tangible de un rechazo más vasto, una incapacidad para sumergirse en las corrientes de su propia existencia. El filme examina con minucia los pliegues de esa cotidianidad, mostrando cómo las pequeñas obligaciones y las miradas ajenas, como la de su suegra o la de la hija que le reprocha no cocinar, se convierten en estímulos que amplifican su desasosiego. La directora utiliza el sonido ambiente y la música de Gustav Holst no como un adorno, sino como un canal para la turbulencia interna de Lina, haciendo que lo doméstico adquiera una dimensión casi opresiva.

En este retrato, la identidad de Lina se revela como una construcción frágil, sujeta a las exigencias de su rol como madre, esposa y profesional. Su nombre mismo, que muta de Catalina a Lina, apunta a una renuncia a su pasado y a una reinvención que ahora se muestra insostenible. La película aborda las implicaciones sociales de esta situación, mostrando a una mujer atrapada en un entramado de privilegios y deberes que no le proporcionan satisfacción. Su relación con su asistente Julia, con su amiga peluquera Amalia o con su madre esboza distintas facetas de una red afectiva que Lina observa con una mezcla de distancia y anhelo. Mumenthaler no juzga a su protagonista, sino que la presenta como un ser cuyas decisiones y su posterior deriva responden a una lógica interna que el espectador debe descifrar a través de fragmentos y elipsis. La presión de clase, la exigencia de un desempeño perfecto en todos los ámbitos, se muestra como un peso que la protagonista ya no puede sostener, y que la lleva a una especie de parálisis existencial.

La dirección de Mumenthaler se caracteriza por una elegancia formal que esquiva el efectismo para sumergirse en la subjetividad de su personaje. El uso de planos que aíslan a Lina, la recurrencia a encuadres que la muestran como una figura diminuta en espacios amplios, y las secuencias oníricas donde observa desde las alturas la vida de otras mujeres, son recursos que traducen su estado de disociación. La película se permite incursiones en lo fantástico, como la visión de su doble en un escaparate, que funcionan como destellos de una mente que se repliega sobre sí misma. El encuentro con su pasado, a través de una amiga que la reconoce como Cata, introduce una dimensión de memoria y trauma que la narración maneja con una ambigüedad calculada. Aunque el filme, en su tramo final, busca un origen más concreto para el malestar de Lina, el interés principal reside en la descripción de un proceso, en la manera en que la rutina y el éxito pueden convertirse en una cárcel invisible.

La evolución de los personajes secundarios, como el de Pedro, que oscila entre la perplejidad y la impotencia, complementa la soledad de Lina, subrayando la imposibilidad de una comunicación genuina en medio de la crisis. El retrato de la infancia a través de Sofía añade una capa de vulnerabilidad y una crítica a la maternidad como un ideal incuestionable, mostrando cómo la hija percibe el cambio en su madre sin alcanzar a comprenderlo. 'Las corrientes' se inscribe en una tradición de cine de autor que indaga en los estados anímicos con rigor formal, y se distancia de cualquier costumbrismo fácil. La fotografía de Sandru, con su paleta de tonos fríos y su atención a las superficies, y el montaje de Gion-Reto Killias, que privilegia los silencios y las pausas, construyen una atmósfera que es, en sí misma, un reflejo de la mente de la protagonista, una geografía de la incertidumbre.

Crítica elaborada por Marina Rivas

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