La carrera de Karol Klementewicz, forjada en el audiovisual polaco con un puñado de cortometrajes y series de escaso recorrido, encuentra en 'Proud' su primer gran escaparate internacional. El realizador, que comparte tareas de guion con Monika Pecikiewicz, sitúa su relato en una Varsovia contemporánea donde la noche y el día pertenecen a dos mundos que apenas se rozan. La serie, producida por la división europea de Warner Bros. Discovery y estrenada en HBO Max tras su paso por el festival Series Mania, propone un retrato de la juventud hedonista que se ve abruptamente interrumpida por las responsabilidades familiares. Ocho episodios conforman esta primera temporada que disecciona, con una puesta en escena cuidada y un tono que oscila entre la comedia negra y el drama costumbrista, la fragilidad de una identidad construida sobre pilares de cristal.
Filip Raczyński, interpretado por Ignacy Liss, encarna al modelo que vive sus últimos años de veintena como una sucesión de excesos: vodka con refresco de cola al despertar, sesiones de fotos que empieza con resaca y noches de club donde el sexo anónimo y la cocaína marcan el compás de sus decisiones. Klementewicz muestra a este personaje como un torbellino de energía que apenas repara en el daño colateral que provoca a su alrededor, desde su atribulado asistente Olek hasta su hermana Anka, madre soltera que soporta el caos doméstico con estoicismo. Cuando la muerte de Anka lo sitúa como tutor legal de su sobrina Tosia, la serie activa su mecanismo principal: la confrontación entre un individuo que ha convertido la autonomía en religión y la exigencia de asumir un rol que desconoce por completo. El guion acierta al no endulzar esta transición, mostrando a un hombre que llega tarde a las citas con los servicios sociales, que olvida comprar pañales y que mantiene sus adicciones mientras aprende a cambiar biberones.
El conflicto se enriquece con el contexto de una Polonia donde la adopción por parte de personas homosexuales sigue siendo un campo minado legal y cultural. Los asesores legales advierten a Filip sobre la necesidad de ocultar su orientación sexual para no perder la custodia, un consejo que el protagonista recibe con la misma irritación con la que acepta la ropa que le prestan para las visitas de los trabajadores sociales. Esta presión externa se suma a su propia batalla interna, porque Filip no desea reformular su identidad, sino encontrar un equilibrio entre sus impulsos y la estabilidad que Tosia necesita. Klementewicz convierte el hogar de su hermana en el escenario principal, un espacio pequeño donde las conversaciones sobre el futuro se mezclan con las discusiones sobre la basura y la lavadora. La serie evita el sentimentalismo fácil y prefiere mostrar cómo el cuidado de una niña transforma los hábitos de Filip sin borrar sus contradicciones: sigue siendo un hombre que huye del silencio con música alta y que responde al estrés con dosis extra de su estimulante favorito.
Los personajes secundarios refuerzan esta idea de una comunidad improvisada que sostiene a Filip mientras él mismo se desmorona. Olek, interpretado con una vulnerabilidad contenida por Kamil Studnicki, ejerce de vigilante silencioso, un amigo que encubre sus ausencias y que oculta su propio desamor tras una fachada de cinismo. Por su parte, Kiki, la maquilladora con una hija adolescente a la que cría casi como si fuera su hermana pequeña, aporta una nota de torpeza maternal que contrasta con la inexperiencia paternal de Filip. La serie dedica tiempo a estas vidas periféricas, porque su papel en la historia no se limita a apoyar al protagonista, sino que refleja una realidad polaca donde las familias elegidas sustituyen a las biológicas que han desaparecido o se han desvanecido. Sin embargo, Klementewicz no idealiza este grupo; sus miembros también cometen errores, juzgan a Filip con dureza y, en ocasiones, parecen más interesados en preservar su propia estabilidad que en salvar la de él.
Desde el punto de vista formal, el director opta por una fotografía que privilegia los contrastes lumínicos, con los interiores de los clubes teñidos de azules y rojos eléctricos que se apagan frente a la luz grisácea de las oficinas burocráticas o el blanco frío de los pasillos hospitalarios. Esta elección estética subraya la división que Filip intenta reconciliar, aunque Klementewicz evita los subrayados excesivos y prefiere que sean las acciones, y no los encuadres, las que marquen las diferencias entre sus dos vidas. Las secuencias de mayor tensión, como el momento en que Filip debe identificar el cuerpo de su hermana en el depósito, muestran una contención que contrasta con las escenas más dinámicas de su vida nocturna. El realizador maneja esta dualidad con un pulso firme, intercalando el humor negro en diálogos donde los personajes bromean sobre sus desgracias con la misma naturalidad con la que discuten sobre el alquiler o la comida congelada. La música de Lukasz Targosz, que combina sintetizadores atmosféricos con piezas de piano, acentúa esta sensación de fragilidad sin caer en el melodrama, manteniendo una distancia crítica que permite al espectador observar los errores de Filip sin aprobarlos ni condenarlos.
La evolución de Filip no se plantea como una redención, sino como un aprendizaje forzoso que deja cicatrices y no garantiza ningún triunfo final. Cada avance en su capacidad para cuidar de Tosia viene acompañado de un retroceso en otros aspectos de su vida, como la relación con sus amigos o su carrera profesional. Klementewicz muestra a un hombre que aprende a decir adiós a su antigua vida con la misma torpeza con la que aprendió a vivir en ella, sin grandes discursos ni momentos de iluminación. La serie construye su relato en torno a esta tensión permanente, donde la responsabilidad no anula el deseo ni el pasado desaparece por arte de magia, sino que ambos elementos coexisten en un equilibrio inestable. Esta aproximación realista al drama familiar, enriquecida por las implicaciones sociales de la Polonia actual, convierte 'Proud' en un producto que trasciende su premisa inicial para ofrecer un retrato generacional sobre los límites de la libertad en un mundo que exige compromisos.
Crítica elaborada por Emma Castillo
